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Por Ramón I. Martínez

Hermosillo, Sonora, 08 de julio de 2021 [03:20 GMT-5] (Neotraba)

Me sentí enfermo el día que te fuiste, mariposas negras se posaron en mi frente y se me ocultó la luz del Sol. El agua corría por las aceras, cuesta abajo fluía, formaba charcos espejos del cielo y mojaban mis pies. Desde que te fuiste, una lanza ha traspasado mi costado y tiene por respuesta un sacramento de sangre que brota de mi corazón.

Él todavía recuerda cuando andaba descalzo, los claros días de la infancia y de la espina que se clavaba en el pie, cálida punzada en la pobreza sin zapatos.
      Él todavía recuerda cuando descalzo andaba a la caza de la sombra, la pisada quemante del sol al ir al mandado a la tienda en la arena de la calle –arroyo seco sin pavimentar.

Era tan fácil ser niño, salir a jugar e inventarse otra vida de las cosas donde el baldío no era baldío, pedir permiso y vivir donde la pelota de esponja era más que una simple pelota.
      Vivir de los objetos sencillos la finura de simplemente estar abiertos como una flor al sol y al viento y a los embates de la lluvia. Gozar de la hornilla el siempre congregarnos en el disfrute de la carne con chile y las tortillas de harina. Vivir y gozar se conjugaban cotidianos en presente. No había más instante que éste donde el niño era poeta y estaba ebrio de salud.

Una voz me llama, me pide que inicie de una vez a cantar insomnios por la herida, a caminar de vuelta al pozo para apagar la sed cotidiana, a amasar cerca del horno donde la hogaza se inflamará dorada y crujiente, a ver el fuego del hogar siempre esperando mi regreso de la otra orilla.
      La otra orilla me espera cada mañana, me pide que termine lo que empecé, que entienda la otra voz llamando desde el cantar de las aves, que vuelva mis pisadas sobre los orígenes. La otra orilla me llama con la más dulce de las voces, me inquiere acerca de mi caminar entre cardos, me pregunta mi destino y al mismo tiempo me lo muestra.

¿Crees que es lo mejor para ti? Levantarse temprano con las ganas que casi no tienes --o mejor, no tienes-- respirar el smog de la puta ciudad para ir al trabajo de siempre a arrear ungulados semovientes que están porque sí robando el aire.

Porque hay sitios de la casa indomables.
      La casa es un animal enfermo y su salud no está en nuestras manos, tantos son sus habitantes. Desde unas sencillas agruras hasta un peligroso tumor la aquejan y no se sabe por dónde empezar la curación. Por eso resignado miro mis manos inútiles y elevo una plegaria a Hestia, la diosa del hogar; ella tal vez me socorrerá.
      ¿No es acaso el mismo fuego que nos llama con su voz ancestral desde la ofrenda? ¿La voz que nos llama y todo lo purifica al contacto y la caricia de su esencia elemental? ¿El fuego que cura y que hiere, que carboniza la víctima y que en su nombre nos redime?

Miro el rosal: No tienes mayores aspiraciones que ser rosal y dar espinas es sólo parte de sus hábitos. No se esfuerza por nada sino por crecer. Así, a su semejanza muchos espinan no por vocación, sino que al igual que la rosa es parte de su naturaleza.

Ramón I. Martínez (Hermosillo, Sonora, 1971). Poeta y ensayista. Libros: Cuerpo breve (2000, 2009) y Las canciones de Eve (2021)


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