Puebla, México, 1 de junio de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 11 minutos

Ante el infinito bochorno de la primavera veraniega,

la juventud robada del rocketo: https://youtu.be/DqL4iseYDus?list=RDDqL4iseYDus

“Pregúntele a la presidenta mexicana y a los mexicanos[1]: ¿Qué hay en la calle Guatemala 24 en Ciudad de México? ¿Qué hay bajo tierra[2]? ¿Cuál es el pasado de México[3] antes de que nos uniéramos en mestizaje, que es lo que ha defendido mi gobierno[4], porque es la verdad y la historia de todos[5]? […]”.

Hace poco más de una semana me levanté con este fragmento en la televisión antes de ir al trabajo. Quizá sea un ignorante por ello, pero hasta este momento de mi vida, nunca supe que el cargo de “Presidente de la Comunidad de Madrid” existiera simplemente porque, como mexicano, sería como exigirle a un español que supiera el nombre de un gobernador mexicano. Y, aunque entiendo la razón del por qué causó tanto revuelo la opinión de una partidista de la derecha en un país históricamente unido a políticas de izquierda, más allá de lo obvio y errático de sus observaciones sobre el país, no hay más qué comentar sobre su visita a México.

Pero su visita me hizo pensar en la razón subyacente del cisma cultural que significó su rechazo político. Para nada es el hilo negro, cientos de miles de artículos describen el fenómeno de la colonización de México después de la independencia, sobre la orfandad de una identidad nacional coherente con la proyección del mundo que lo rodea y las interminables campañas de reivindicación hispana en la conformación de la actualidad del país.

México, posterior a once años de guerra civil, detrás del barco de Juan de O’Donojú, quedó atrapado en el proceso de consolidar una identidad propia o mejor dicho, de consolidar una identidad unificada y suficiente porque, ya sin una autoridad europea en territorio nacional, no pasó mucho tiempo hasta que la población conspirase para traer un poder similar en 1862.

En una postura muy freudiana –y probablemente errónea– de la historia nacional, podríamos decir que el poder fáctico en México coquetea con un complejo edípico muy marcado en la sucesión de cargos, pues buscamos esa imagen materna, de la corona española, en las figuras que reconocemos como una autoridad, y como muestra: los héroes nacionales.

Muchos de los hombres y mujeres que reconocemos como las personas cruciales en el proceso independentista de nuestro país, no corresponden con una manifestación étnica completamente europea ni completamente indígena, eran lo que eran: mestizos. Pero para la historia oficial, este hecho no fue reconocido hasta décadas recientes o bien, en casos como José María Morelos, quién en sus representaciones tiene un semblante más cercano a la población de la Nueva España, era suavizada, por decirlo de alguna forma, la relación del personaje con sus raíces étnicas. Óleos de mestizos con piel muy clara, patillas o barba bien poblada, ojos claros, posturas de reyes, cargos honoríficos imitando a la nobleza, en pocas palabras: expósitos en la búsqueda de una identidad desconocida. El origen de este fenómeno viene desde mucho antes, creo yo.

Hubo un semestre que padecí, con mucho afecto para el Doctor Héctor, la lectura, bien hecha y a consciencia, de los textos producidos durante el virreinato de la Nueva España: Historia de la Nación Chichimeca de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, es el ejemplo de esta búsqueda paternal posterior a la conquista. Considero que se trata de un rezago en este espíritu de búsqueda de aceptación por parte del imperio, hacia el nuevo territorio en la geografía del mundo occidental, lo que condujo al rechazo de lo mestizo en la identidad nacional. El texto es en todo momento propaganda: un símil entre la historia previa a la llegada de los españoles en América, con la historia previa a la conquista Omeya en la península Ibérica. Pero plantea el precedente más importante para comprender la visión del mexicano sobre sí mismo: así como España tiene la historia de nobles familias y sus caballeros, México, en su diversidad del territorio, tiene también historias de nobles familias.

Desde que, como un territorio conquistado y adherido a un imperio, se nos obligó a asumir una identidad ligada a otra que, dicho sea de paso, tampoco era homogénea ni estable, la relación que hemos tenido con este concepto antropológico ha sido caótica y dispar. Porque mientras los imponentes murales de la posrevolución muestran la imagen del prototipo nacional como el indígena o mestizo, que carga con el progreso el país, dentro de los templos religiosos, los óleos de gente muerta y la imagen del éxito que nos vende la televisión, son más cercanos al extranjero que al nacional.

El mismo día que escuché la postura de Díaz Ayuso, en el pensamiento que me arrastró a mi escritorio para sobrevivir la jornada docente, creo reconocer el argumento más importante de su discurso: es una extranjera opinando sobre nuestro país, y la gente que valida su opinión como una máxima de la asertividad política es presa –y algunos otros, solo detestan su condición como mexicanos– de esta contrariedad en la descripción de su persona. Huérfanos en busca de una imagen paternal a la cual correr para llorar.

Y no culpo a la gente que, siendo latinoamericana, se nombra “hispanista”[6], y tampoco defiendo la postura de quién, con un sentido de justicia ideal, deciden arrojarse a la etiqueta “indigenista”[7], porque ambos conceptos surgen como respuesta al mundo que tenemos ahora: uno que parece oscilar virtuosamente entre el apocalipsis y la indulgencia plenaria.

Los primeros permanecen intoxicados de una nostalgia hacia un mundo que no les pertenece, con la esperanza de que la intervención de alguien más pueda solucionar problemas sistemáticos y muy añejos en nuestro país. Los segundos, en la búsqueda de la reivindicación de voces que pocas veces hemos escuchado en este país, deciden expulsar para siempre al occidental, como si el contacto entre ambos hubiera sido la causa de los problemas que tenemos.

Y ese es el problema real en prestarle mucha atención a lo que puede decir o no una autoridad extranjera sobre nosotros: más allá de que su postura política nos sea agradable –que es evidente, no va conmigo–, su participación debería contribuir a la mejora de nuestro país. Pero en su lugar, opone dos perspectivas con la esperanza de generar conversación en torno a su labor en su administración.

Realmente no importa mucho qué hay debajo de Guatemala 24, o las matanzas que hayan hecho los españoles hace 500 años, porque todo lo que ha pasado en el mundo no es más que el resultado de muy pocos apoderándose de muchos, importa que las conversaciones que tomen lugar en el podio nacional sean para discutir la mejora en las condiciones que un mexicano dispone para su vida. Poco nos debería importar quién hizo la mayor barbarie –porque para empezar no deberían pasar– o quién le debe disculpas al otro, si dentro del país una empresa de cruceros puede atentar con una parte vital del ecosistema mexicano, o si una empresa minera puede expropiar montañas enteras, o si la administración desea practicar fracking en un suelo que por sí solo tiene gran actividad sísmica frecuente. Por mí, podría haber una paella servida con tortillas debajo de Guatemala 24, y sería más productivo hablar de ello que sobre alguien muy lejana a nuestro país.

Vista desde el Diván

Como dije en una columna anterior: hace falta democratizar nuestro consumo cultural. Creo que la mejor forma de hacer esto es mediante la lectura entre los inquilinos de Neotraba, y aquí incluyo algunas notas sobre lo que he leído desde mi última columna, con la amplia invitación, claro está, al resto de inquilinos a repetir este ejercicio.

Una ventana inmensa: Félix Suárez

No conozco a Manuel Parra Aguilar. Más allá de ser un rejunto de pixeles que imitan el abecedario, no tengo una imagen del rostro de quién coordina esta sección. Sin embargo, siempre plantea algo nuevo en su selección de poemas. Me agrada este departamento de ventanas inmensas.

Esta semana llegaron algunos poemas de Félix Suárez, poeta con un currículum enorme con un par de premios nacionales y uno internacional. El material seleccionado valdría un análisis más académico, pero, a grandes rasgos, podemos hablar de una poesía sumamente visual y dicotómica.

La sangre de las plantas

Solo he conectado con Lorena Rojas vía digital. Hay un capricho en la geografía por apartarme de muchos espacios en el mundo. Dirigía un taller de cuento en el que participé –cuando tenía la loca idea de dedicarme a la narrativa– y desde entonces me quedé enganchado a su trabajo.

Esta breve reseña de Amanda Pereira recoge algunos aspectos generales, pero no por ello menos importantes, de lo que hace tan especial la lectura de La sangre de las plantas, libro al que personalmente le tengo un cariño inmenso por su fatalidad para describir el mundo.

El polifacético Artur Lundkvist en la concesión del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez

Me declaro fanático del Gabo, mis alumnos y amigos lo saben mejor que nadie, pero me reconozco pecador, pues nunca he pensado en la base de los reconocimientos que obtuvo a lo largo de su vida. Javier Claure C., en una prosa académica envidiable, nos acerca al hombre detrás del hombre del Nobel de Literatura de 1982: Arthur Lundkvist. Lectura indispensable para aventarse a leer Cien años de soledad con nuevos ojos.


[1] Me parece curioso hacer esa distinción tan rígida entre la gobernante y los gobernados. Obvio, esto es una postura completamente política sobre aquellos que concuerdan con ella y aquellos otros, como la presidenta, que no. Es irónico, y agradable, que una española muy española como se ha hecho saber Díaz Ayuso, use el término “presidenta” y no “presidente” para desgracia del discurso de políticos como Lili Téllez. La pista del circo no es la misma en México que en España, supongo.

[2] Comentarios así me hacen pensar que Díaz Ayuso no visitó mucho de la Ciudad de México, o de México en general, porque no hay que buscar debajo de la tierra para ver evidencia de las culturas anteriores a la colonia. Incluso si quisiera evidenciar lo que para ella es resultado de la barbarie, el Templo Mayor está a unos minutos del Zócalo caminando. Habría que preguntarle qué pasó ahí en 1520, dispuestos a preguntar por catástrofes descontextualizadas.

[3] Uno muy parecido, ahora que lo pienso, a lo que era la Península Ibérica antes de la Conquista Omeya. Pueblos unidos por un frágil lazo de vasallaje que, cuando vino sobre ellos una guerra contra pueblos mejor organizados y con mejor desarrollo militar, fueron sujetos al mestizaje cultural que dio como resultado, para bien y mal, la identidad del Estado-País actual de España y México, respectivamente.

[4] Porque, claro, Díaz Ayuso hace todo el trabajo dentro de su administración: desde sacar las copias hasta limpiar la oficina, organizar su agenda y ocupar la dirección de cada uno de sus departamentos administrativos, tratar con el organismo burocrático, medios, sindicatos… Al poder, en cualquier país, se le suele olvidar que antes de una administración, son la representación de todos los escaños que permiten la gobernabilidad.

[5] “Solo un Sith hablaría de absolutos”, o una cosa así diría Kenobi, el punto es que: ni es la verdad, ni la historia de todos. En ambos conceptos se exige rigor para ser evaluado y, a la perspectiva de Díaz Ayuso, evadir detalles y obviar procesos para obtener generalidades no corresponde a lo solicitado.

[6] Etiqueta que por sí misma es mezquina y miope para abordar el desarrollo de la identidad en torno al uso de la lengua española. Me parece, esa gente prefiere condonar la miseria humana a cambio de aliviar la flagelación del ego.

[7] Otra etiqueta que me parece insuficiente para explicar todos los procesos detrás de la conformación de una comunidad. En ese aspecto, la insignia del luchador social que parecería estar unido a la etiqueta, empaña la labor real de alguien interesado en la inclusión de una perspectiva ajena a la occidentalidad.


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