Ciudad de México, 7 de junio de 2026 (Neotraba)

Insensatos lectores: resulta que minuto a minuto se me escurrió la semana. El tiempo es cruel y despiadado. Nuevamente es viernes y como ya es una bella costumbre meshica no he escrito ni madres. Ni siquiera un miserable renglón.

La verdad es que necesito que me pasen cosas para poder escribir mi columna semanal.

Para mí, es necesario que el mundo ponga en marcha sus engranes para ser fiel testigo de algunos hechos cotidianos y poder narrarlos.

Siendo más concreto: regularmente suelo escribir sobre asuntos personales como comprar un colchón, ir al gimnasio o sobre una de las tantas pendejadas que suelo cometer a diario.

El problema, damita, caballero, es que últimamente no me ha sucedido gran cosa. Salvo el hecho de perder una toalla por dejarla secando en el balcón, no me ha ocurrido nada interesante.

Así que pensé que tal vez valdría la pena subirme al metro como a eso de las 7 pm y dirigirme a Pantitlán o, en su defecto, encaminar mis pasos rumbo a Indios Verdes y escribir lo sucedido en el trayecto.

Seguro sale una crónica mucho más álgida y puntillosa que cualquiera que hubiera podido escribir Carlos Monsiváis.

Después recapacité un poco y me pareció que sería preferible inscribirme como voluntario para ir a la guerra en Medio Oriente o leer un libro de Paulo Coelho.

Gracias a Dios, no tuve que hacer ninguna de las dos cosas; sin embargo, lo que sí tuve que hacer de nuevo fue ir al dentista.

No sé ustedes, pero yo no conozco a nadie que se despierte una mañana y, levantando los brazos al firmamento, decida exclamar: qué ganas de averiguar si tengo caries. Ojalá y me hicieran una endodoncia hoy mismo.

Francamente el simple hecho de pronunciar la palabra “dentista” es suficiente para que se me erice la piel y sentir escalofríos hasta en los juanetes.

El día de ayer caí en cuenta de la gravedad del asunto hasta que estaba en el banquillo de los acusados. Salí de mi casa bastante apurado con la idea de tener una cita importante a las 12. Cuando me di cuenta tenía una manguerilla en la lengua que me succionaba la saliva y unos inmensos ojos que me observaban detenidamente el hocico.

La verdad es que la cosa no fue nada grave. Sólo me limaron un poquito las esquinas de una muela para poder hacer un molde para, a su vez, colocarme una pequeña incrustación en un molar. Prácticamente es como hacer talacha y ponerle un parche a una llanta ponchada.

El tema es que siempre me llena de terror ver a alguien con un micro-taladro en los dedos manipulándome la boca. Lo peor de todo es escuchar el puto sonido del mini-rotomartillo o como chingados sea que se llame. No sé bien, pero creo que le dicen fresa.

Por fortuna, me enteré de que mi doctora también les tiene miedo a los dentistas, luego entonces, ella es increíblemente paciente y comprensiva. Por mi parte, reconozco que como paciente soy peor que un calambre en el glúteo.

Recuerdo que hacía frío, incluso estaba lloviendo, y yo durante toda la consulta no dejé de sudar como mixiote.

En mi defensa he de decir que pasé por las manos de varios sujetos que se hacían llamar dentistas, pero cada vez que los veía tenía la impresión de que se habían equivocado de lugar. Siempre me pareció que en realidad eran mecánicos o cuando mucho, hojalateros.

Hace ya algunos años, conocí a un sujeto con quien me arreglé una muela. Se llamaba Roberto. Yo me dirigía hacia él como el doctor Roberto Manos de Piedra Durán. Era más tosco que un pinche rinoceronte en celo. Gracias a Dios no sé nada de él y no quiero volver a saber.

En fin, que al parecer tengo consulta con mi doctora la próxima semana. Francamente le estoy muy agradecido, es bastante delicada y sensible, aunque a veces las personas que se ven inofensivas suelen ser las más peligrosas.

Los mantendré al tanto.

Por otra parte, les diré que el Down Town es un cagadero. Cortesía del CNTE. Tienen secuestrada la vialidad en el Centro Histórico, y como bien sabrán, este tipo de acciones afectan a miles de personas y comerciantes.

Lo más curioso de este desmadrito fue ver a la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, haciendo un video con motivos del Mundial de Fútbol. Se encontraba exactamente sobre Paseo de la Reforma.

“La ola más grande del mundo”

Mientras eso sucedía, a unos cuantos metros, los integrantes del magisterio despedorraban media ciudad.

Es curioso, hacen un plantón, dejan un desastre a su paso, se manifiestan, secuestran autobuses y choferes, bloquean casetas, desmamonan y pintarrajean lo que encuentran a su paso y seguramente el premio será:

Un cuantioso aumento salarial, compensaciones al esquema de jubilación y la creación del PENSIONISSSTE como la única Afore pública del país. Bravo!!!

Y los ciudadanos de a pie, ¿a quién tenemos que darle las gracias?

Eso sí, que no se me ocurra subirme a una banqueta en mi acuamotito o invadir el carril del metrobús porque si me apendejo hasta termino en la delegación: sin motito, sin licencia y todo madriado.

Por otra parte, me puse a pensar: ¿hasta dónde y en qué grado es válido el uso de la fuerza pública? Seguramente sería necesario desalojar a los maestros con balas de goma y gases lacrimógenos, pero lloverían las demandas ante Derechos Humanos y seguramente las redes sociales explotarían.

Lo peor es que estoy seguro de que todo se arreglará en breve. Los maestros regresarán por donde vinieron y la ciudad seguirá con su caos habitual, pero sin bloqueos y sin casas de campaña obstruyendo las calles y la ola más grande del mundo será mayor que la ola de Kanagawa.

Mi México Mágico

¡Qué viva el Fan Fest!

Por otro lado, les diré que estoy pensando muy seriamente darle baje con su novia a mi amigo Alberto. Él cree que Mariana Enriquez tiene una relación con él, pero le diré que está rotundamente equivocado.

Me parece que sólo tenemos dos opciones, querido Alberto: enfrentarnos en un duelo a muerte por el amor de esa mujer o llevarle juntos serenata hasta Buenos Aires. Tú la guitarra y yo maracas. Ella 15 y nosotros 16.

La verdad es que Nuestra parte de noche es un novelón. Me tiene hipnotizado y hecho un verdadero pendejo. Mariana Enriquez, la ex mujer de mi amigo Alberto, escribe biendepocamadres.

Lo mejor es que el libro tiene más de 600 páginas y es una historia que puede leerse con calma, como si uno fuera un emperador romano mientras come uvas y disfruta de un vinito tinto.

Les diría de qué va, pero quizás sea mejor que lo descubran ustedes mismos. Si quisieran leer un gran libro denle un vistazo. Tiene de todo: intriga, suspenso, dictadura, invocaciones diabólicas, abusos de autoridad, represión y mucho más.

Hagan de cuenta Ciudad Juárez, pero con Pampa y argentinos.

Para finalizar les diré que intenté tomar calzada de Tlalpan después de salir del trabajo. Tom Cruise es un bebé con pañales en Misión Imposible comparado con lo que uno tiene que hacer para salir del Centro Histórico.

Hay que meterse por todos lados y hasta debajo de los coches, pero después de unos 35 minutos lo logré. Avancé dos cuadras.

Lo que me parece más grave es pensar que quizás en vez de fútbol tendremos un mundial de waterpolo. ¿Ya vieron cómo está lloviendo?

El jueves es la inauguración y tengo ganas de quedarme encerrado en mi casa: el CNTE aún no se va y aunque se vaya tendremos Munidal en la CDMX, Fan Fest, inundaciones, manifestaciones, obras inconclusas y vialidades cerradas. Se antoja el plan, ¿no?

En fin… Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros.

Me voy. Pienso cenar algo ligero: un consomé de birria, cuatro tacos dorados y dos quesadillas. A ver qué me rifo de postre. Se me portan bien, no quiero quejas.

Cualquier duda o sugerencia con esta mundialista columna, que le tiene pánico al CNTE y a los dentistas, favor de enviarnos sus comentarios, temeraria damita, audaz y osado caballero.


Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.


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