Guatemala, 5 de agosto de 2026 (Neotraba)

Trago tierra seca. / Traga mi cuerpo abierto / arena negra. Y nada nace. Escribe la poeta Mariana Manrique en su libro Nocturnos, crepusculares y solares, y nos recuerda el interés que profesa por la relación entre naturaleza y literatura.

Nocturnos, crepusculares y solares fue publicado por la Editorial Toská en 2025 prologado por Arturo Hernández González. Jeimy Ríos platicó con ella y abordaron temas como su relación con el agua como símbolo en su poesía, sobre la belleza hiriente y otros temas.

Tu libro se divide en tres partes: «Nocturnos», «Crepusculares» y «Solares». ¿Es este un viaje que va de la oscuridad a la luz, o más bien un ciclo que se repite una y otra vez en el cuerpo y en la escritura?

Se trata, sin duda, de un tiempo cíclico. El título del poemario se refiere a una experiencia interior del tiempo ligada a la presencia o a la ausencia de luz. Contrario al tiempo cartesiano (matemático y fragmentado), aquí éste se traduce en las edades del día. Al final, Nocturnos, crepusculares y solares cuenta el retorno de la luz. El tiempo cíclico contiene esta esperanza. El amanecer se quiebra y la luz vuelve.

El poemario está atravesado por la luz y el agua. La luz se convierte, desde el título del libro, en un artificio que representa el paso del tiempo. Está es una experiencia óptica y distanciada. Allí se hace visible la enajenación de la voz poética. En Nocturnos, crepusculares y solares, no es posible hallar un tiempo encarnado y tangible. La voz poética sirve en cambio de testigo a la furia o a la belleza del mundo, sin participar del todo en él.

En «Nocturnos» tocas las palabras con las manos para que no vuelen, y tu boca aparece amoratada o llena de cal. ¿Por qué el lenguaje se vuelve algo casi mineral, casi muerto, en esa primera sección?

En la primera sección, «Nocturnos», la voz poética se enfrenta a la reificación y a la muerte. El lenguaje mineral, que señalas, corresponde a una ontología de lo sólido. Lo pesado, lo arenoso, lo seco atraviesan la primera parte del poemario. Esta ontología de lo sólido introduce temas y texturas más propias de lo muerto que de lo viviente y sangrante.

El poema que citas, en particular, relata la pérdida de un ser amado. Más la pérdida no está figurada como una fractura productiva entre el yo poético y el mundo. La pérdida no engendra nada vivo. No es compartida o común. Y no conduce a nada noble. Es vivida, en cambio, como algo pesado e infértil.

Mariana Manrique. Foto por cortesía de Jeimy Ríos
Mariana Manrique. Foto por cortesía de Jeimy Ríos

En el poema «Ídolo» escribes sobre una belleza hiriente que te abre el camino a una oscuridad espesa, más cercana a la muerte que a la locura. ¿Qué es ese ídolo? ¿El amado, la poesía, o algo que no se puede nombrar?

Un ídolo, en Régis Debray, es una imagen que es presencia, que hace de la divinidad presencia (aquí me refiero a las “Tres edades de la mirada”). «Ídolo» es un poema, en realidad, sobre la experiencia de la divinidad. La verdad aparece, en el poema, como revelación: una visión. En una edad atravesada por lo visual, como la nuestra, «Ídolo» hace de la imagen del amado un camino hacia lo trascendente, incluso lo místico. En otras palabras, la imagen del amado se transforma en ídolo.

Una vez más, la voz poética es distante y optocéntrica. El amor no es figurado como algo orgánico. Tampoco como algo cotidiano. Es un pasaje hacia la trascendencia. Más es vivido en soledad, en una adoración muda. El poema se erige a partir de la contradicción entre la intimidad del sentimiento amoroso y la distancia de lo adorado.

En «Iguales» dices que quieres descansar, al fin, sinvergüenza, como su igual. ¿No se trata entonces de fundirse con el otro, sino de alcanzar una especie de silencio compartido y horizontal?

«Iguales» retoma un lugar común en la poesía: la muerte como aquello que hace de lo distinto, igual. Esto “compartido y horizontal” se contrapone, en el poema, a la soledad de la voz poética. La muerte es, allí, esperanzadora, capaz de resarcir la terrible experiencia de lo individual y lo diferente. El ego me hace lo que soy, pero también me separa de otros y me encierra (como un laberinto). La muerte, indiferenciada e inmensa, hace de los amantes iguales.

Se trata de un deseo.

Mariana Manrique leyendo. Foto por cortesía de Jeimy Ríos
Mariana Manrique leyendo. Foto por cortesía de Jeimy Ríos

El agua aparece una y otra vez: como río que ahoga, como sueño húmedo que transforma, como lluvia que purifica. ¿El agua es para ti la figura del tiempo, del inconsciente, o acaso de la escritura misma?

Yo pienso con el agua. Como dice Gastón Bachelard en “El agua y los sueños”, quien escribe sueña con materias. El agua trae en sí, sedimentadas, alusiones a lo que mencionas: el ‘fluir’ del tiempo, la ‘profundidad’ del inconsciente, la escritura ‘líquida’. El poeta se parece allí al escultor. Las imágenes poéticas bellas emergen de materias primarias, en este caso del agua oscura.

Pienso que el agua recurre en mi escritura debido a un tipo de afinidad: con los lagos, los ríos, la lluvia, el océano. Encuentro en ella algo común, que es común a otros seres también.

El agua es elemental. Sin duda hace pensar en el vientre materno, en la propia humedad del cuerpo. Creo que hay algo de universal en las imágenes del agua en la poesía.

¿A quién le debes la escritura como presente? ¿A quién le debes este libro como lugar, punto de encuentro?

El equipo editorial de Toská ha sido central en la edición y divulgación del libro. Pese a que se escribe en soledad, los poemas se deben a quienes los leen o los acogen. Arturo Hernández González ha sido central en la génesis del libro. Autores colombianos, como Sergio Chiappe y Luna Vera, han resultado grandes interlocutores del poemario.

Lo debo, sobre todo, a mi padre. Mi padre fue mi primer editor. Y siempre amo mi escritura. Fue un punto de encuentro para nosotros.


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