Tijuana, Baja California, 5 de octubre de 2026 (Neotraba)

1

Sus ojos azules se concentraron en mirar como insertaba la aguja en el brazo, una vez dentro los desviaba y sentía como la heroína entraba en su cuerpo, al ritmo de alguien que subía las escaleras eléctricas o al menos eso imaginaba ella, que estaba rumbo al paraíso al que le urgía ingresar, para sumergirse entre la vigilia y el adormecimiento que le permitiera sobrellevar el paso de los días muy parecidos el uno al otro, pero esto no lo hacía sola, una paloma vigilaba su paso efímero por una oleada de euforia. La mujer al verla se rio y le preguntó ¿qué hacía ahí?

En este paraíso no había palabras secretas, cuotas de membresía, ni siquiera alfombra roja, solamente reinaban las penumbras del pasado en forma de basura acumulada, vidrios rotos, algunos muebles viejos en un picadero que anteriormente fungía como una tienda de abarrotes dentro de una casa abandonada desde hace más de treinta años.

Alguna que otra habitación techada mostraba el grafiti inexplicable en las paredes que, como lienzos soportaban trazos ininteligibles que expresaban presencias que deseaban perdurar, aunque sea en forma de marcas, nombres y siluetas en tinta negra y roja. El único sonido que permanecía era la conversación de las palomas que de vez en vez con su gorgojeo entorpecía cualquier intento por conciliar el sueño e ignorar lo penetrante de su aroma al dejar sus heces en cualquier rincón que se dejara.

–Con una chingada dejen dormir o les parto su madre –dijo la mujer amenazando con una botella de vidrio a las aves que apenas distinguían el día y la noche. Tras la amenaza, quedó el rastro de las palomas, alas sacudiendo de miedo o no saber que hacer, más que huir.

La mujer obtenía el placebo de la heroína al revisar el interior de los autos estacionados en centros comerciales. Les echaba un vistazo a las ventanas, les pasaba el detector de metales y cuando tenía suerte, las rompía y dejaba caer la lluvia de vidrios que dejaba ver que el motín en esa ocasión fueron computadoras portátiles, perfumes caros, dinero en maletines (lo que lo llevaba a pensar que los dueños se dedicaban a una actividad sospechosa o estaban por hacer una compra numerosa) Lo que sea, mientras fuera de valor podía ser útil.

Lo que nunca consideró fue la tristeza y coraje que pudiera resultar la pérdida de un objeto de valor, más allá del costo, el significado que tuviera o más bien, la información que guardara en el caso de algún aparato que llevara dentro de sí como: las fotografías de unas vacaciones en la playa, una boda, o documentos sin respaldo que guardaran algo importante.

Consigo lo único que llevaba, era un medallón con la fotografía de su madre cuando era joven. Una imagen redonda en blanco y negro que destacaba sus cejas gruesas, que enmarcaban ojos redondos y boca pequeña lo que daba una impresión de una gesticulación molesta, cuando en realidad pudiera ser incomodidad por lidiar con los llantos de su hija y constantes gritos de su padre, acompañado de empujones hacia la pared que atestiguaba en silencio toda clase de hecatombes que dibujaban permanentemente tristeza o dolor sin resolver.

No podía deshacerse del único recuerdo de su madre, por más flaqueada y ansiosa que estuviera por volver a sumergirse en esa sensación entre paraíso e infierno. Prefería ordenar a un mandadero de la cuadra a que la surtiera de heroína y crack. No quería ser expuesta a ser vista como un monstruo dispuesto a devorar lo que encuentra o una loca que no sabe lo que hace, más que conversar o atacar a las palomas.

–Y dime, ¿qué se siente volar?

–Yo lo hago pero sin alas y se siente muy bien, aunque al principio duele…

Empezó a escuchar unos pasos que se acercaban hacia ella. Sentía que la seguían las siluetas rojo con negro estampadas en la pared que no lograba comprender. Comenzó a gritar algo ininteligible que ni ella misma sabía que significaba. Tenía la sensación de que en cualquier momento la podrían atrapar.

–¡Lárguense de aquí, esta es mi casa! ¡Este es mi hogar!

Para tratar de salvarse, acercó su cabeza a la pared. Le gritó hasta sentir hartazgo y empezó a golpearse hasta dejarla manchada de rojo y estamparse en el suelo como una silueta más que decoraba un espacio sin nombre.

2

A pesar de limpiar la casa una y otra vez, Úrsula y Rubén se topaban con el arrullo de las palomas a los tres días de irse. Apenas se mudaron, no entendían que sucedía, aunque decoraran la sala con una tira de cd’s que alcanzaba a mirarse a la distancia, porque las tercas no le huían a la luz y reflejo de los compactos. Intentaron colocando una escultura de gato y hubo una tregua. Después la resguardaron en algún otro lado y volvieron.

Encontraron en ruinas ese terreno –alguna vez fue refugio de quienes huían de la realidad– pero tenía mucho potencial y ambos ahorraron cinco años para poder adquirirlo y decir que finalmente tenían una casa, aunque se toparan con esas aves que solo venían a dejar huella con sus excrementos.

–¿Qué habrá sido antes aquí? Dicen que era un cine, luego demolieron y pasó a ser un picadero –dijo Úrsula en lo observaba una serie de manchas rojas difíciles de quitar, era como si esa cubierta amorfa se resistiera a huir de la pared.

Cerca de la casa se ubicaba un parque al que acudían las aves para alimentarse, a veces en exceso por la generosidad de los visitantes al arrojarles migajas de pan, frituras de maíz o cualquier golosina que estuviera a la mano.

Al regresar creaban su nido insaciablemente en lo que fuera la sala de la pareja recién casada que solo deseaba terminar con esa plaga con alas que les dejaba como regalo y registro de su presencia un excremento tan lleno de poder como de peligro al tener buena consistencia, mal olor, parecido a una clara de huevo verde que reflejaba un arrojo pastoso proveniente de un trastorno intestinal o una posible infección.

En una de las vueltas a llevar cosas al nido, Úrsula se topó con una publicación de Instagram que llamó su atención: un video de palomas que volaban y hacían parada obligatoria en el parque, de fondo una voz masculina decía: Las palomas poseen un ciclo reproductivo en el que realizan cuatro o cinco puestas al año. Son monógamas. El macho se encarga de recoger material para fabricar el nido. Protege a la hembra.

Las caprichosas aves iban y venían. Dejaban rastro y una noche, la pareja se quedó a dormir en sleeping bags. Querían saber cómo se sentía estar en lo primitivo con escasos muebles, apenas una cortina lisa para tapar las ventanas, una mesa para el comedor y un refrigerador. Encendieron una lámpara que les proporcionó un refugio en las penumbras. Para descansar, escogieron la sala, aunque persistía el olor a mierda, a pesar de que las palomas huían por las noches a volar por los cielos de la ciudad y la pareja se deshacía del excremento. La esencia ahí quedaba. Eso no fue impedimento para que, a mitad de la noche, él despertara con una erección dispuesta a dejarla ser. Rubén acarició a su esposa, comenzando por su rostro, hasta bajar a su cuello y pasear sus dedos entre sus senos. Una maroma sutil que poco a poco comenzó a surtir efecto. Pecho levantado, pezones que destellaban una excitación involuntaria. Úrsula abrió los ojos y comenzó a besarlo hasta que las manos de ambos se perdieron en los secretos de su piel.

Lograron hacer el amor como si fuera la última vez.

A la mañana siguiente, Rubén amaneció con náuseas y dolor de cabeza. Le costaba respirar. Una agitación lo carcomía, tosía con frecuencia. Cualquier postura le incomodaba. Se movía de un lado a otro. El piso seguía rastreado con manchas de heces difíciles de quitar, parecían siluetas que atestiguaban el paso del tiempo, descomponiéndose.

El transcurso de una noche resumió toda una vida acompañada de un aroma que persistía en forma de amenaza.

Rubén echó un vistazo involuntario a esa mancha hasta que ya no pudo más y vomitó. Estaba confundido. Hace unas horas, Él y su mujer emitían sonidos tan primitivos que soltaron el punto máximo del placer en medio de un desecho que insistía en adentrarse de una u otra manera, hasta dejarlos tumbados en un ensueño que los separaría para siempre.

Con el paso de los días sus reflejos disminuyeron poco a poco. Le costaba moverse y comunicarse. Su mujer no entendía que estaba pasando, pensó que sería una cosa de días, una parálisis por estrés que ya le había ocurrido antes, pero solo en el rostro y no podía hablar bien, pero comenzó a preocuparse cuando ya perdió movilidad y parecía que convivía con un muerto en vida.

De las paredes con algunas manchas de excremento y las siluetas amorfas, se mudó a su nuevo hogar: el cuarto de un hospital. Le pusieron una sonda en la cabeza para drenar lo que había respirado: el excremento de las palomas que habían tratado de deshacerse y le provocó la presencia de dos bacterias, que consumieron parte de sus pulmones y llegaron hasta el cerebro. Una rigidez en el cuello lo aquejaba.

Sus ojos apenas reconocían el espacio donde se encontraba. Buscaba a Úrsula como un niño busca a su mamá cuando se pierde en el supermercado, Ur, Ur, pronunciaba. Ella habló con el médico para ver que se podía hacer, además de echarle la culpa a las palomas. ¿Quién invadió a quién?

Las persianas turquesas cubrían la ventana de la habitación. El sol lanzaba sus rayos de mediodía. Las hojas de los árboles mecían lentamente. Los edificios de cristal alrededor se reflejaban en las ventanas del hospital. En el pasillo se escuchaban pasos y las ruedas de carritos de comida o medicina. Afuera, una paloma desafió las condiciones, detuvo su vuelo, caminó en el marco y liberó sus heces con calma. Rubén buscaba las siluetas, en la pared de su casa, esas manchas que lo desplazaron de este mundo. Rubén buscaba refugiarse en Úrsula le hacía falta su calidez, la llamaba como podía: Ur, Ur, Ur. Alcanzó a escuchar el gorgojeo de una de ellas e insistía en hablarle, Ur, Ur, Ur, decía hasta que comenzó a cerrar los ojos, aflojar el cuerpo y despedirse del mundo.

3

Quien sabe cuánto tiempo permaneció ese espacio como una casa en la que el aroma a paloma bravía insistió en permanecer con las aves que formaban su nido.

Las mismas paredes tardaron en brindar un lugar apenas habitable. Hombres y mujeres que estaban de paso en busca de un refugio hicieron de este caos su hogar. Su patrimonio era un carrito de supermercado y un montón de colchas sucias. Acostumbraban a diferentes horas, a sumergirse en el placebo de cualquier sustancia que los sacara de sí mismos. No les importaba hacerlo frente a los niños. El piso de la casa no se distinguía entre jeringas y cigarrillos tirados.

Las palomas insistían en hacer su nido y cohabitar con humanos que probablemente olvidaron quienes eran y se reproducían seis veces al año.

Después de que las aves insistieran en habitar un espacio que supuestamente no les pertenece, la ingeniería humana como dueña soberbia de todo espacio que pisa, decidió convertir ese hábitat, en un rincón de privacidad en el que coincidían desconocidos que dejaban esparcidos uno o varios secretos de acuerdo a lo que sus esfínteres expulsaran: baños públicos que a la entrada cobraban cinco pesos para ingresar en una rendija que abría las puertas con barrotes giratorios dispuestos a llevarlos del otro lado.

A los sanitarios los seguían rodeando palomas. De vez en vez hacían su parada en el techo, o a veces se metían con los usuarios a acompañarlos unos minutos en lo que se lavaban las manos.

Puertas metálicas rodeaban ese lugar tapizado en sus paredes de biografías abstractas en forma de jeroglíficos que mostraban romances con sus iniciales, oferta de servicios sexuales que incluían número telefónico real o ficticio o un Juanita was here como registro de su presencia en el mundo.

Una mujer ingresó a un sanitario. Consigo llevaba un Ziploc transparente que al cerrar la puerta del baño abrió para colocar el polvo blanco en el dorso de su mano, embelesarse en ese ardor y alivio. Frente a ella una paloma liberaba sus esfínteres. Ambos se sumergían entre el adormecimiento y la vigilia, esperando que algo pasara.


¿Te gustó? ¡Comparte!