La gran Mónica Ojeda, Mariana Enriquez y mi amigo el poeta
Gabriel Duarte le escribe una profunda carta a su amigo el poeta y de paso nos recomienda a dos autoras latinoamericanas imprescindibles

Gabriel Duarte le escribe una profunda carta a su amigo el poeta y de paso nos recomienda a dos autoras latinoamericanas imprescindibles

Por Gabriel Duarte
Ciudad de México, 16 de agosto de 2026 (Neotraba)
Insensatos lectores: había acordado con ustedes presentar aquí dos columnas, una escrita por su humilde napkin y otra más escrita por ChatGPT. La idea era que descubrieran qué texto creen que pude haber escrito yo y cuál la IA.
El problema es que tendremos que postergar nuestro experimento para la próxima semana.
El motivo es sencillo, el jueves recibí un mensaje que me llenó de alegría. Se trataba de un amigo lejano. Desafortunadamente en ese momento estaba en el trabajo y no pude darle la atención debida.
Verán: este sujeto vivía en Costa Rica y decidió venir a México a estudiar Literatura. Lo conocí hace unos 15 quizás 20 años. Estudiamos en SOGEM (Sociedad de Escritores de México).
Pasó el tiempo, acabamos la escuela, nos seguimos viendo, nos distanciamos, nos vimos de nuevo y lamentablemente algún tiempo atrás se fue a vivir a Querétaro. En verdad es lamentable, pues estoy muy justo de amigos.
Él es poeta. Y digo que es porque me parece que uno nunca deja de cargar lo que en el fondo está destinado a ser.
Según entiendo, mi amigo, por el momento, ha decidido dejar la poesía.
Lo anterior me dejó pensando mucho. Pareciera que en este desquiciado planeta ya no hay sitio para reflexionar, para escribir unos cuantos versos y poder compartirlos, pero sobre todo para poder ganarse el pan con ello.
Creo que con el tiempo nos hemos convertido en seres vacíos cuya única finalidad es el consumo.
Tenemos demasiada prisa por conseguir una felicidad instantánea misma que después de comprar lo que sea que compremos desaparece. Y nos vemos obligados a buscar con desesperación el siguiente estímulo que en un instante nos robe de nuevo nuestra efímera felicidad.
No entiendo. ¿En qué momento este mundo loco se volvió loco? ¿Qué va a ser de nosotros sin poetas?
Querido amigo: me gustaría que supieras que aún hay gente que necesita leer para combatir el insomnio. A los locos nos vienen bien los libros de poesía. Nos gusta saber qué fue de Rimbaud y aún nos emociona visitar Tabaquería de tanto en tanto.
Me gustaría decirte que quizás valga la pena replantearse el asunto.
Tal vez escribir no tenga ningún sentido y tal vez nadie lea ni escuche lo que hacemos, pero al menos nuestro mundo interior tiene un pequeño respiro y podemos recuperar la certeza de sentirnos vivos.
Pero como sé que no eres tan cursi como yo y que tal vez te enfade un poco el tema, sólo te diré que yo escribo porque nadie me explicó nunca las reglas del juego. Encontré bastante tarde mi vocación, en un tiempo donde tenía ya muy avanzada la vida y un largo recorrido andado.
Cuando te conocí no tenía la menor idea de que existieran Mallarmé, César Vallejo o Fernando Pessoa.
De sobra sé que no soy un tipo talentoso, pero sí soy muy necio. Te diré que me encantaría dedicarme de lleno a la literatura y vivir de escribir libros policíacos, pero los años y la vida me han llevado por otro camino, aun así, te confieso que vivo en paz y soy feliz.
Desgraciadamente soy un animal social y me duele ver cómo se desmorona el mundo que habitamos y la estructura de la sociedad en nuestro país. No puedo evitar cuestionarme todo y buscar explicaciones donde simplemente no las hay.
Amigo mío, no lo sé, pero a mí me urge escribir casi a diario tan sólo para dejar en silencio la extraña voz interna que me pide a gritos documentar las cosas que pienso y las cosas que observo cada día.
Te diré que tengo tres libreros en mi departamento y chingos de cajas llenas de novelas que aún no leo. Tengo libros por todas partes, en los cajones de la cocina, en mi clóset y en el cuarto de visitas.
Sin embargo, hay dos que conservo con especial nostalgia y gratitud. No me desprendería de ellos ni siquiera porque me ofrecieran una pequeña fortuna. En realidad, son dos libros breves de esos que concentran mucho en pocas páginas.
Son tus libros, los libros que escribiste. En uno de ellos hay un poema de opción múltiple que decidiste dedicarme. Te confieso que los hojeo de vez en vez y me siento orgulloso de ti y eso me hace feliz.
Luego entonces, pienso que, si el simple hecho de escribir unos versos puede hacer feliz a un tipo tan extraño como yo, quizás escribir sí tenga algún sentido.
Querido amigo, espero verte pronto. Te abrazo.
Por otra parte, y dándoles una buena noticia, debo decirles que por fin terminé de leer Nuestra parte de noche de la gran Mariana Enriquez.
Les diré que es un libro importante. Pero no pasaré por alto que por momentos la historia se cae un poco y, desde mi austero punto de vista, le sobran páginas. Creo que bien hubiera podido contar lo mismo de un modo más condensado y con mucho mayor potencia.
¿Cómo explicarlo? Hace poco leí Cometierra de la inigualable Dolores Reyes. El libro es brutal, incluso encuentro una conexión muy profunda entre ambas historias.
La gran diferencia son nada más y nada menos que 500 páginas. Y me parece que Cometierra con 170 cuartillas gana por un contundente knock out, mientras que el libro de la Enriquez con más de 600 páginas no ganaría ni siquiera en una decisión dividida.
Pero, dejando de lado las referencias cortazarianas y boxísticas, les diré algo que me parece más importante que cualquier otra cosa: los dos libros tratan de darle una explicación al terrible fenómeno de las personas desaparecidas.
Alguna vez escuché que tanto la literatura fantástica como el realismo mágico tuvieron un fuerte auge en América Latina. La explicación es simple: el ser humano necesita entender algunos asuntos que no tienen mucho sentido.
Digamos que hay ciertos movimientos sociales, experiencias históricas y culturales que no caben fácilmente dentro de una explicación puramente racional. Luego entonces, la literatura nos atempera un poco las cosas. Tal vez sólo sea un desahogo o un simple ejercicio de memoria.
Sin embargo, es importante tener a la mano los sucesos acontecidos años atrás para poder darle un sentido al presente y comprender por qué somos lo que somos como sociedad y como individuos.
En cuanto a Nuestra parte de noche les diré que me recordó a Faulkner, pues a cada corte de la historia hay un cambio de narrador y un punto de vista distinto.
Lo anterior me produjo una sensación un tanto extraña: por un lado, la historia se volvió un poco más dinámica, pero, por otra parte, en ciertos momentos era un tanto confuso reconocer la voz de quién estaba narrando la historia.
Me parece que este recurso lejos de elevar la novela le restó puntos.
El libro tiene un gran arranque y pareciera estar contando una extensa novela de terror. Que, de hecho, en cierto sentido así es. El asunto es que entreteje la realidad con un tanto de ficción y terror fantástico.
Pero como les comentaba con anterioridad lo importante es lo que subyace en la trama y hacer un ejercicio de memoria.
La última dictadura en Argentina comenzó con un golpe militar el 24 de marzo de 1976 y terminó el 10 de diciembre del ‘83.
No fue simplemente un gobierno militar autoritario. La gente en el poder desarrolló un sistema clandestino de secuestro, tortura y asesinato de personas, acompañado por una maquinaria que impidiera a las familias saber qué había ocurrido con las desapariciones.
Para el año de 1984 los organismos de derechos humanos sostuvieron una estimación de 30,000 desaparecidos. Esta cifra terminó convirtiéndose en un número emblemático para la memoria argentina.
Después aparecieron movimientos sociales como las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, que tuvieron un papel enorme. La vocación de este grupo puede resumirse en una sola oración: querían saber dónde estaban sus hijos.
Por lo anterior, Nuestra parte de noche encuentra una gran relevancia, pues a través de una historia de terror, de familias poderosas, de iniciados, médiums y ritos satánicos, el libro busca explicar de algún modo qué pudo haber sucedido con muchas de las personas que simplemente desaparecieron.
En fin, que si pueden y quieren, pero sobre todo si tienen tiempo, no dejen de leer el Libro de Mariana Enriquez, aunque les diré que esta semana comencé a leer Mandíbula y la cosa pinta espectacular.
El libro lo escribió Mónica Ojeda y va de una adolescente que se encuentra obsesionada con las historias de terror. Por otra parte, una de sus amigas es secuestrada. A partir de este punto, la novela retrocede y avanza en el tiempo para reconstruir cómo es que llegaron a esa situación.
La trama se centra básicamente en Fernanda, Annelise, su grupo de amigas y la secuestradora, que resultó ser la maestra de literatura (hijadesupinchimadre).
Lo interesante es que al parecer el asunto del secuestro es un mero pretexto para hablar de algunos temas importantes como la adolescencia, el despertar sexual, la relación madre-hija, la necesidad de pertenecer a un grupo y la fascinación por lo prohibido.
Llevo algunas cuantas páginas y el libro se ve biendepocamadres. Espero terminarlo pronto, ya les diré qué tal.
Por ahora por fin llegó el final. Me voy, pues se me antojó una torta al pastor con chingos de queso y harto guacamole, creo que no estaría mal acompañarla con una poderosa Negra Modelo.
Se me portan bien, no quiero quejas.
Cualquier duda o sugerencia con esta columna que extraña a los poetas y que sigue leyendo, favor de mandarnos sus comentarios, inigualable damita, sensacional caballero.

Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.
