Opodepe, Sonora, 3 de septiembre de 2026 (Neotraba)

La estrella
Hoy he mirado a los cielos, y brillando como lentejuela en negro ropaje, he descubierto una estrella, grande, grande, parpadeante, inquietamente esplendorosa. ¿O es que también las estrellas sienten frío?
¡Qué majestuosa serenidad la de la noche! Si escuchamos con atención van atenuándose los ruidos de la calle y se percibe una melodía distinta: la melodía de los astros que ruedan incansables con su misteriosa y acompasada serenidad. ¡Qué bueno es saber que en el cielo hay siempre una estrella brillando para nosotros!
Abajo la tierra convulsa e insomne no encuentra su rumbo. Las tendencias contrapuestas chocan, y los países, enfermos de avaricia, enseñan los dientes al sonreírse, y con la elegancia de la inclinación diplomática se encubren los más ruines designios. ¡Y cómo es bueno, por las noches, abrir la ventana y pensar que, a pesar de todo, hay sobre el cielo una estrella que brilla para nosotros!
Fiat
¡Hágase la luz! Y la luz se hizo. Y rasgando la obscuridad una ráfaga luminosa fue esclareciendo la bruma espesa que como un velo de luto envolvíalo todo. ¡Fiat! Y se hizo. Y conocimos el contraste.  
Desde los tiempos bíblicos fue preciso conocer la luz que, al conjuro de ese Fiat inmenso, eternamente grande brotó de la nada, para saber que se vivía en tinieblas. Y hoy sabemos que reímos porque hemos llorado; y hoy sabemos que la alegría es, porque hemos probado el dolor. Y huimos de las tinieblas, del dolor y de las lágrimas, cuando por ellas aprendimos que hay claridad, alegría y risas.
¿Qué habrá más allá?
¿Qué habrá más allá, detrás del monte? Traspuesta esa sierra, ¿qué habrá más allá? Después de la fatiga del ascenso debe haber una gran alegría de descender al valle soleado y tranquilo que sin duda será después de traspuesta esa sierra. Debe haber una brisa pródiga en perfumes y una alfombra muelle que invite al descanso. Debe haber un cielo muy azul y un silencio rumoroso que invite a pensar.
¿Qué habrá más allá?
Quizá haya rocas escarpadas y voraces abismos que acechan a los que se aventuran, o negras simas que atraen a los incautos, o huracanes que furiosos arremeten contra todos los obstáculos que osan oponerse a su paso, o extensos desiertos de abiertas fauces y ojos incandescentes que engañan formando oasis ondulantes.
¿Qué habrá más allá?
¡Cómo quisiera agigantar mi paso, trasponer esa sierra, atravesar lagos y llanos y desiertos, y sentir que el huracán me ciega y que el sol arde sobre la caldeada arena, que las lianas del bosque ciñen mi cuerpo para no dejarme escapar, sentirme empapada por la lluvia, temblar ante el horrísono estruendo del rayo que desgaja el árbol corpulento, sufrir y gozar con auras fugaces y con el dorado milagro de los ocasos, para al fin no tener que preguntarme constantemente: ¿Qué habrá más allá?
Gracias
Hoy que tengo una pena es día de dar gracias, pues están luchando en mí dos fuerzas que latentes, no habían tenido oportunidad de mostrarse.  
Ayer que tuve una gran alegría fue día de dar gracias, por haber sabido del supremo privilegio de gustar un momento de felicidad. ¿Por qué odiar el dolor si te da ocasión de hacerte fuerte? Sé como la mariposa que, primero larva, dichosa y apacible vive encerrada, ciega y sorda a todo reflejo, a toda nota tierna, y que una mañana ávida de luz abre sus alas –maraña de colores increíbles– y asciende soñando tocar el sol.
Si hoy has tenido una pena, hoy fue día de dar gracias; si ayer fue la vida para ti más blanda, si con faz risueña llegó a tu vera, alégrate; si la recibiste con los brazos abiertos y fuiste feliz, apaciblemente feliz, ayer fue también día de dar gracias.
Docilidad
Te hieren y te has atrevido a responder con un gesto de desafío. Te injurian y has osado contestar también con injurias.  
Eres una masa informe, pero moldeable. Las manos de ese gran artista que se llama dolor han de apretujarte haciéndote gritar; han de amasarte y modelarte en medio de indecibles torturas para llegar a ser al fin el busto que desde lo alto, mira las pequeñeces que como alimañas se arrastran allá, muy abajo.
Sé dócil al dolor que hará brotar de la materia burda y vulgar, el espíritu fuerte pleno de serenidades, que se levanta majestuoso ante toda adversidad.
Como tú
Cómo quisiera ser como tú, montaña amiga: inconmovible y fuerte. Cómo quisiera ser como tú. Afrontar las tormentas imperturbablemente, sin experimentar emoción alguna, sentir que se desencadenan horribles tempestades sin que logren estremecerte ni el relámpago ni el trueno que sobre tus flancos multiplica sus ecos.
Cómo quisiera ser como tú, montaña amiga. Diariamente el sol coquetea contigo irisándote con sus reflejos y le llena de luz; se cansa, se aburre de su asedio, y la noche viene con su enorme ojo luminoso, y tú sigues siempre igual: imperturbablemente serena.
Cómo quisiera ser como tú, montaña amiga. Ni te cansa la monotonía ni te aburre la rutina; no hay en ti impaciencias por avizorar esos celajes que son a tus espaldas, ni te esfuerzas por ver más allá de donde tu vista alcanza. Eres una dama siempre joven y serena que desafía los años; tu sonrisa igual no degenera en carcajada ni tu placidez en torbellino. Cómo quisiera ser como tú, montaña amiga.
Confesión
Vida, yo te amo. Con la unción inmensa de la fe repito la oración que te brindo: “Yo te amo”. “Confío en ti”. Sé que no has de darme más de lo que necesito. Sé que mis manos pueden fundirse en tu esencia y emerger radiantes de tu luz. Vida, creo en ti. Confío en ti. Eres sabia hasta en tu propia rudeza; eres buena hasta en tus golpes hirientes; eres grande hasta en tus mínimos detalles cotidianos, hasta en tus cantos rodados, humildes y tenaces. 
Vida sabia, vida sabia, déjame que crea en ti.

Armida de la Vara (Opodepe, Sonora, 1926 – San José de Gracia Michoacán, 1998) fue una profesora, escritora y poeta mexicana que colaboró con la Secretaría de Educación Pública en la redacción, adaptación y diseño de los libros de texto gratuitos. A los 21 años, con el libro de poemas Canto rodado ganó el Concurso del Libro Sonorense (1947). Armida publicó una variada obra literaria que comprende cuento, ensayo, poesía y una novela, La creciente (1979).


¿Te gustó? ¡Comparte!