3 minificciones
Presentamos 3 minificciones de Ismael Glaf publicadas en su libro Montículos detectados (La tinta del silencio, 2025), el cual se divide en 3 grandes montículos. Disfruten la selección

Presentamos 3 minificciones de Ismael Glaf publicadas en su libro Montículos detectados (La tinta del silencio, 2025), el cual se divide en 3 grandes montículos. Disfruten la selección

Por Ismael Glaf
Ciudad de México, 1 de septiembre de 2026 (Neotraba)
Descendemos a velocidad supersónica. Estoy prensado al cuerpo de Nana. Ella me hace cariños en la nuca, me anima a ver por la ventana de la cápsula transbordadora. Con el rabillo del ojo noto la bruma detrás del cristal. No es como la de Niebla, la ciudad invisible a donde emigraron mis padres, en donde nací.
Regresamos a la cabina de control. Nana pulsa los botones de presurización del tablero, me ajusta el cinturón de seguridad. Estamos en la última fase del aterrizaje.
Entre las vibraciones causadas por la turbulencia, fijo mi atención en el cielo de este planeta que llamaban Tierra antes de la época de los éxodos. Su color no se parece al de las imágenes táctiles que Nana me ha presumido a escondidas de mis padres.
Cesa el ruido de los motores. Nos revestimos con las escafandras y ajustamos los cascos. Nana abre las puertas de la cápsula transbordadora. Antes de adentrarse en la nube de polvo, me pide que la espere. Verificará que el territorio esté libre de riesgos.
La veo pequeñita cuando llega al muro. La explosión que provoca para derrumbarlo oscurece el visor de mi casco. Lo limpio. Grito. Es imposible que Nana me escuche a esta distancia. Mis piernas se niegan a obedecerme para alcanzarla e impedir que termine de quitarse su escafandra sin haber ejecutado el protocolo que verifica los niveles de toxicidad.
La luz natural se debilita. De mi cabeza no desaparece el cuerpo desnudo de Nana adentrándose en el lugar de su planeta que millones de veces me describió en sus cuentos. Debí reconocerlo desde el principio. Aquí jugaba con fantasmas y astillas de huesos cuando tenía mi edad.
Nunca debí pedirle que me ayudara a robar la cápsula de mis padres para conocer su luna.
Ella es la única superviviente. Mete el mandril del tamaño de un llavero en su bolso y con toda la urgencia abandona la casa de seguridad. Ni siquiera repara en que ya no existen las cerraduras ni los candados.
Llega a la estación. Baja al andén. Espera el metro.
–¡Límpiame!
Ella obedece a la voz que proviene de su bolso. Con excesivo cuidado introduce su mano. La criatura hinca sus colmillos en su pulgar.
Ella ahoga sus gemidos y con la solapa de su gabardina se da a la tarea de retirar los coágulos que al mandril le apelmazan el pelaje.
El tren se aproxima.
–¿Algo más?
–Aborda –asido del elástico de su sostén, el primate señala el vagón–. Entrégame allí, como acordamos.
Durante el trayecto, ella localiza a la persona que está por recibir al mandril.
Cumplido el trato, baja en la siguiente estación: Ciudad Invisible. Al dar el segundo paso las emociones acumuladas se desbordan y siente que le derriten el esternón. Por instinto se presiona el pecho con el bolso, pero el desplome es inminente. Tumbada sobre la línea de seguridad del andén, rememora una a una las caras de sus secuestradores y de las otras chicas. Hasta ahora se pregunta quién de todos le habrá traspasado al demonio liberador.
El dedo que le mordió el mandril alcanza a palpar la menta en el bolsillo de la gabardina, pero se ha acabado el tiempo para saborearla.
Entretanto, a bordo del tren en curso, la niña con un ojo de vidrio se ha sentado en una esquina del vagón. Acaricia la cabeza del mandril, que ocupa su bandeja de limosna.
–¿Estás segura de tu deseo?
Ella nunca ha dudado de lo que acaba de pedir.
La niña besó la trompa de la mula. Tanto se había encariñado con ella, que se despidió como si se tratara de un ser vivo, no materia prima. Contuvo sus ganas de llorar al inyectarle la sustancia de minimización.
Al otro día, la niña acomodó con esmero a la mula en una cajita. Anexó el certificado de autenticidad y la garantía de protección espiritual.
El turista destrozó el bello envoltorio y examinó a contraluz su encargo. Segundos más tarde, le entregó su tarjeta de crédito a la niña, quien confirmó el cobro y agradeció la compra en el idioma de las ciudades invisibles.
Con seca indiscreción el cliente le preguntó en dónde podía conseguir “los otros amuletos”.
La niña giró la cabeza hacia su madre. La anciana en silla de ruedas no dejó de grabar con plumilla láser el conjuro sobre la resina contenedora de un mamífero en extinción.
En cuanto el turista desapareció al doblar en la esquina, la anciana pausó su trabajo para abanicarse con el extremo del chal. Sin cruzar la mirada con su hija, preparó una jeringa con una sustancia lechosa y la deslizó sobre la mesa.
La niña alcanzó al cliente y lo pinchó por la espalda. No pudo anticiparse a maldecirlo “tú serás otro amuleto inservible” porque el hombre, en reacción, la tiró de una bofetada.
