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Muro
Muro

Por Juan Jesús Jiménez

Puebla, México, 3 de agosto de 2019 (Neotraba)

Pienso que hay pocos lugares tan nobles para redactar una columna como el transporte público, es por eso que suelo escribir en mi trayecto a casa cuando el sol anda enojado y quema si vas pegado a la ventana.

Es entre el sonido del motor, el caos urbano y el movimiento que provocan los baches, que veo a detalle los lugares por donde pasa mi camión. Precisamente, fue a principios de esta semana que me percaté de una oficina de recursos humanos y no pude evitar recalcar la palabra “recursos” en mi mente. Es algo que sinceramente me dio miedo.

Porque me hizo pensar, ¿en qué momento el hombre se convirtió en recurso?, ¿es que acaso somos producidos en masa para ser empleados?, ¿debería existir esa oficina en primer lugar? y ¿qué implica su existencia?

Resulta que, a principios del siglo XVI en plena revolución industrial el hombre dejaba de tener valor por sí mismo y lo intercambiaba por el valor de lo que tenía o podía adquirir. Quienes controlaban los métodos de producción y la materia prima tenían la parte ligera del trabajo hecha, la parte pesada habría de hacerse mediante trabajadores que en la mayoría de casos no contaban ni con un buen salario.

Aquellos pobres diablos que no contaban con lo suficiente para tener un valor social, debían ofrecer su trabajo, al hacerlo dejaron de tener un valor en el solo hecho de ser humano –algo así como letras chicas en ese contrato social– e incluso, su valor no residía en lo que tenían como las personas que los contrataron, residía en lo que podían producir.

Es por ello que los campos se vaciaron y las ciudades se infestaron de gente que se apresuraba a llegar a su cacho de modernidad para vivir mejor –al menos en Europa y Estados Unidos– dejando atrás pueblos enteros que pasaron a ser olvidados o discriminados por no encajar en un mundo de capital humano. La frase “Teme a quien tiene pero no a quien el negocio mantiene” se hizo una realidad más que un simple refrán.

Y de cierta forma, la mala educación ofrecida por los gobiernos financiados por el interés privado apoya a esta farsa cósmica de forma activa, donde si naces hijo de obrero, tendrás menos oportunidades que el hijo de un empresario; se te alienta a esforzarte pero no a superarte y de esa forma se ahorran competencia. Somos bloques pesados en toneladas apilados en un muro, como diría Pink Floyd.

Quizás es por eso que una oficina que te nombra como recurso y no como simplemente humano nos parece algo completamente normal, tal vez sea eso lo que nos obliga a ponerla en primer lugar, para asegurar algo que se supone debería estar dado por hecho. Tener valor por uno mismo y no por lo que puedes adquirir o producir.

Esta vez no dejaré una posible solución puesto que no creo que sea posible dar marcha atrás a una idea que lleva más de un siglo en funcionamiento, dejaré en su lugar un cuestionamiento que me parece necesario para entender el mundo que nos tocó vivir y que a largo plazo puede cambiar para mejor; una pregunta ya muy vieja pero vale la pena tratar de contestar, ya no solo por el ansia de conocimiento, sino, por un fin mayor, el entendimiento de si el humano es sustancia o sujeto.

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