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Guatemala, 28 de abril de 2024 (Neotraba)

Desde el fondo del corazón de un leño, pareciera ser una sola danzarina que sube al escenario, en medio de una nube gris que le otorga expectación a su entrada. Luego de alzar finamente un bracito curvo y en alto; alzarse con sus dos piecitos en puntas y girar tres veces en sí misma; convoca a sus amigas a escena. Aparecen como en un arrebato; en un allegro vivaz, todas al mismo tiempo, abusando de los grand jeté desde el borde del leño hasta lo más alto de su capacidad; unas bajan mientras las otras suben, y las otras suben para que las unas bajen, se tornan coloradas de danzar con tanto ahínco: es el fuego en el poyo.

Alrededor de la danza, casi pasándola inadvertida, se concentran los dos en su afán: mama Chita, con sus manitas pequeñas y finitas, reúne la leña y las chikuyas para atizar la lumbre; papa Mon, con manos del doble de tamaño y fuerza, las extiende hacia las llamas para soportar el frío, y le pide:

–“Hacéte un buen pinol”, yo te compro lo que necesités”.

A manera de respuesta, coloca agua en una olla grande en el fuego; tan grande que pareciera superarla en tamaño, a resistencias de Papa Moy que insiste en que no es necesario tanto para dos personas. –“Nos va a servir, va a ver”, fue su réplica.

De la quietud cristalina, pronto emergen múltiples y pequeñas nadadoras que coordinan sus salidas velozmente: una arriba y una abajo; una arriba y una abajo, en un movimiento cálido listo para comenzar la deliciosa hazaña: ya está hirviendo el agua.

Tras un buen rato de hervor, llama a sus hijos por ayuda: a las cuatro niñas, que vayan al mercado por las verduras y la harina del pinol, con el dinero que dejó Pamoy. De dos en dos parten: pie derecho devant y caminan; pie izquierdo devant y caminan, y derecho devant e izquierdo devant

A uno de sus hijos, que ponga los ingredientes en el poyo y al otro que traiga el pollo para cocer. En traspiés nada delicados, persiguen ambos al pollo equivocado, mientras los dos hijos grandes comprenden la tarea y llevan las piezas de gallina al poyo para colocar en la olla. Sí, cambia de opinión porque presiente una ocasión especial: amerita gallina.

Con el perenne concierto de fondo, compuesto por un ritmo de chasquidos de fuego, la melodía de las aves, la armonía ocasional del viento rozando las hojas y el hervor del agua que no da lugar a lo silencios, continúa su labor mientras a su alrededor cada quien acude a su propio concierto.

Como recorren las gotas de agua a través de los ingredientes que ha de lavar y posteriormente tostar para el recado, así caen a través de su rostro las lágrimas que enjuagan su tristeza, a la espera de noticias de sus hijos que emprendieron la dolida y parsimoniosa danza hacia el Norte soñado. En enjuagues salados de incertidumbre escoge y desinfecta el miltomate… llegó el primero; lava los tomates… llegó la niña valiente; limpia el chile pimiento… llegó el tercero; faltaba el chile guaque… uno más, su hijo que en realidad es nieto, pero no es nieto porque es hijo. Lo lograron.

Cuando ya los ha tostado, el tomate, miltomate, cebolla, los chiles pimiento y guaque y multitudes de cilantro, tomados de la mano, giran en la cúpula blanca en movimientos comunes que, a pasos paulatinos, se unen en una danza homogénea: está listo el recado.

En sentido contrario, por caminos no tan homogéneos, parte el resto de sus hijos: el grande, en un brinco un tanto más cercano, parte a la ciudad; le sigue la más chiquita, con unos petit allegro que pretenden igualarlo. Una de ellas ya bailaba diversas danzas: una más complicada que la otra y finalmente, la última niña. Sin darse cuenta, ya ninguna era petit y seguían sus propios movimientos.

Entre tanto desplazamiento abrupto, Papa Mon siempre fue la personificación del andante. Sabía que todo estaría bien y le apoyaba cual adagio, irradiándole su calma. Emulando un ensamble de danza, fue incorporando lentamente el recado a la olla de burbujas que dan giros perennes.

Así, se incorpora mama Chita en ocasiones al movimiento que sus hijos la inviten, algunos compartiendo vida con sus compañeras (o ñeros), y hacia donde Pamoy extiende su raíz. Deja la olla en el fuego, esperándola; su eterna compañera, junto a su hijo que enraizó en el pueblo. Algunas danzas asemejan una eternidad, y otras son más bien efímeras, en ocasiones el escenario principal espera un poco más.

Al volver, da lugar al bailarín principal tan ansiado: el pinol se escurre agraciadamente, haciéndose espacio entre las gotas de agua fría que dan preámbulo a su gran entrada. Entre vueltas finas, abarca el espacio completo hasta eliminar de la vista al agua para destacar en solitario. Imitando el movimiento de los grumos en el agua, roban su atención sus nietos abrazándola: cinco hacia la derecha; dos intercalados en ventanas; otros cinco a la izquierda; dos que surgieron de la raíz del pueblo; uno en lo más alto, pues nació en el Norte; cuatro que danzaron en temporadas alejadas; una, y dos que acompañan al que en realidad es hijo, y que también fueron como hijos.

Dirige al bailarín principal al ensamble y el concierto se completa en un enérgico movimiento de múltiples sabores, instando a todos a no abandonar el chaîné, para que el pinol no se abodoque. Finalmente, caen pequeños sazonadores con pasitos de principiante en el escenario de la vida: una, dos, tres pizquitas de sal y una pizquita más y una, dos, tres pizcas de consomé. Siete pequeños bisnietos ocupan los últimos asientos. Quién sabe, para tan buena obra, quizá lleguen más, en lo que termina de hervir la gran olla.

Cuando la roja danzarina subió al escenario, eran solo dos espectadores. Ahora, alrededor de las intensas llamaradas y envueltos en el olor de la sazón de ternura que acompaña al pinol, disfruta un público de cincuenta, al llamado de mama Chita: ¡Ya está listo el pinol!


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