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Ciudad Ojeda, Venezuela, 6 de mayo de 2024 (Neotraba)

La noche anterior había llovido con tanta fuerza, que todavía el agua seguía corriendo por las calles, acumulándose en charcos y fangales luego que la tierra seca de la estación recién culminada ya no podía absorberla más con la misma voracidad de los primeros días del invierno. En mayo, de pronto, tras la calma encendida de un cielo luminoso colmado de colosales nubes blancas, una tempestad atolondrada sin que antes se le vislumbrara, podía precipitarse en cuestión de minutos, a veces en segundos, desde cualquiera de los puntos cardinales, acoquinando con la fuerza de sus vientos, los árboles que han esperado seis meses por esa caricia invisible preludiando la temporada. Sus tallos, entonces, resistiéndose al embate estacional, se doblarían hasta casi besar el suelo que los sostiene, mientras que, volando por los aires, sus hojas, se enroscarían en grandes torbellinos junto al polvo seco amontonado en las calles. Las personas, así, alarmadas, como en todas las temporadas anteriores, verían como los techos de sus viviendas podían desprenderse pareciendo hojas de papel flotando en el ventarrón. Más tarde, el agua por unas calles sin pendiente, sería tragada por la tierra, mientras la restante formaría unas charcas similares a las que ahora, desde el umbral retraído de su casa, el hombre mira tratando de conseguir el modo de salir esta mañana. Después de unos minutos pasajeros, lo conseguirá finalmente, burlando al mismo tiempo el asedio tierno de su mujer, y, como si llevara sigilosamente tomados por las puntas de sus dedos el par de viejos zapatos que posee, raudo emprendería su fuga hasta siempre. Se había hecho, entonces, de una muda de ropa y de los ahorros que, celosamente guardados, permanecían escondidos entre unos cacharros arrinconados de la destartalada cocina. Se marcharía así, azorado por las culpas amontonadas de la vida en común, sin mirarle la cara a su mujer.

Al año siguiente, cuando nuevamente tornan las lluvias, durante la víspera, apenas cerrándose la espesura nocturna, un temporal desde el cielo cegado de estrellas, se precipitó precedido de un viento recio haciendo trepidar los cristales de las ventanas, sacudiendo el resto de la casa y acobardando a sus residentes, como si fuese un castigo divino lanzado con particular violencia. La luz de las bombillas, parpadeando como si pretendieran hacer señales en clave Morse, se apagaban y encendían tan súbitamente, que temiendo terminasen dañándose, enseguida fueron tras los interruptores para cortarles el suministro eléctrico. Toda la intimidad interior de la vivienda quedó así sujeta a los centellazos relumbrantes que se dibujaban en la oquedad nocturna. Si no fuera por el estruendo aterrador con el que se anunciaban, si acaso fueran truenos mudos, la noche les habría resultado menos atemorizante, pero tal cosa no existía, y bien ella lo sabía. Después de aquellos minutos angustiosos, el agua comenzó a caer sobre el techo, desplomándose con la fuerza que la furia centelleante había presagiado. El ruido que producían las gotas, sonaba como si una andanada de piedras se descargara iracunda sobre sus cabezas. Odiaba aquellos instantes prolongándose por minutos que parecían horas; a ella la ponían particularmente nerviosa, en un estado de excitación que, luego, cuando cedía la tormenta, y una fina lluvia permanecía latosa, esta vez durante varias horas, le recordaban el ruido que hacían girando sobre el plato, los discos de vinilo hincados por la punta de grafito encima del área donde ya no reproducían música.

–Este año nos mudaremos, Ónix… –dice con determinación, con ese tono pausado con el que se expresan las palabras queriendo asegurarse su certeza; las dirige en la penumbra a su única compañía. Es la misma afirmación que llevaba tiempo escuchando de Faustino, por eso ahora suena como una promesa incumplida. Al principio pareció que continuaría la idea, quizás pretendiendo una de esas conversaciones que surgen repentinamente anudándose posteriormente a otras, pero claramente sabía que no tendría el modo de encontrar interlocutor para ella, por eso, en su lugar, ayudándose con una de sus manos apoyadas en la pared de la sala, tanteaba buscando una silla para situarla próxima a la puerta principal, mientras con la otra, se zarandeaba uno de los bolsillones debajo de la cintura, a su costado derecho, donde, enseguida, el entrechoque metálico de un juego de llaves agitándose entre sus dedos, se escuchaba timbrando en el ambiente, pareciendo querer decirle que ahí estaban, sin embargo, no era eso lo que buscaba, era la cajetilla de cigarrillos hundida hasta el fondo de la faltriquera la que procuraba con afán.

Su acompañante, impasible ahora cuando la lluvia comenzaba a transformarse en tediosa garúa, apunta sus pupilas radiantes sobre ella, la observa desplazarse con cautela entre las sombras, como jamás podrían hacerlo los ojos de gata mansa de la mujer sobre su entorno. A él no pareciera importarle aquella oferta, el sonido de aquellas palabras, apenas concita en él una tímida oscilación en su semblante, un dejo de impotencia que podría interpretarse como: “yo qué puedo hacer, Albertina, no tengo modo de decidir sobre ello”.

El año pasado, quizás por estas mismas fechas, entre abril y mayo, cuando arrancaban las primeras lluvias de la temporada, y entonces las tempestades se anunciaban con ese bramido fantasmagórico del viento golpeando como siempre los cuatro costados de la vivienda, Faustino le repitió la misma promesa de cada invierno: “Albertina, este año nos mudaremos”. Fue tan convincente que nuevamente volvió a creerle, se quedó mirándole a los ojos sin pronunciar palabras, simplemente asintiéndole con aquella sonrisa discreta que apretaba sus labios conteniendo la emoción, mientras el humo del cigarrillo que ambos se compartían, les nublaba los rostros como si estuviesen dentro de una nube. Algo le decía en su interior, en sus corazonadas de mujer ya entrada en edad que, ahora, por segunda vez, después de veinte años atrás, cuando llegó a creerle devotamente, sí parecía de verdad que se mudarían. Esta ocasión no la apreciaba como las veces anteriores, como cuando le repetía el propósito conyugal sin que nada al final sucediese. Por eso llegó a creerle de igual modo en que lo hizo hace tanto tiempo. No llegaría a imaginarse que sería la última oportunidad en que lo hiciera. De eso hacía justo ahora un año. “A lo mejor fue sólo por hablar, como todas las veces anteriores, sabiendo de antemano que nunca cumpliría la promesa de cada año”. Pensó, mientras raspaba la cerilla para encender el cigarrillo que poco antes se requería de entre el bolsillón.

–Ónix… ¿Qué sería de las promesas, si no hubiera quien las creyera? –se preguntó en voz alta sin pretender respuesta.

La andanada de relámpagos ya se había ido, también la abrumadora violencia de las gotas desplomándose sobre el techo, en su lugar, sólo quedaba una llovizna con su chinchineo persistente, fastidioso, que se prolongaría, como siempre ocurría, por varias horas. Era ella la responsable principal del río de agua corriendo por las calles. Pudiendo encender ahora las luces, sin embargo, prefería mantenerse a oscuras, sentada a un costado de la puerta sintiendo caer el agua con su lacónico afán, y con la vista puesta en el paisaje que Faustino acariciara aquella mañana del invierno pasado. Aspiraba hondo, como si el aire fuese a acabarse, y en cada fumeteo, lanzaba al aire frío de la noche las bocanadas que se perdían en la penumbra. Un año atrás, ahí mismo, en la víspera, Faustino, le renovaba su promesa sempiterna.

–Si uno supiera, Ónix, si pudiera uno ver un poquito de futuro, qué cosas no evitaría y qué otras no haría. En qué creería y qué no. No andaría uno a ciegas, como estamos ahora –dijo de pronto, hablando como si Ónix la comprendiera, como si fuera capaz de descifrar aquella reflexión inspirada en la noche de hace un año. Éste la miraba, la seguía en sus gestos; en las bocanadas que lanzaba perezosas al recuerdo flotando en las tinieblas; en el gemido que se contenía en su pecho cuando expresaba aquellas palabras laceradas por el engaño. Él, contrario a ella, sí podía verla en aquella lobreguez con razonable claridad.

–Este año nos mudaremos, Ónix –volvió a repetirle, como si de aquel modo Faustino, desde quién sabe dónde, le dijera nuevamente, como durante veinte años estuvo prometiéndole.

Ónix, entonces, ladeó su hocico, sacudió su trompa gruesa y lanzó un ladrido ronco que ella corrió a celebrar acariciando el lomo de su cuerpo.

–Yo sí tengo palabra, Ónix, nunca sería capaz de engañarte.


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