Baal
"Todos vamos a morir" no es una advertencia, es un hecho y en el cuento Baal de Evelina Iniesta nos enteramos del por qué

"Todos vamos a morir" no es una advertencia, es un hecho y en el cuento Baal de Evelina Iniesta nos enteramos del por qué

Por Evelina Iniesta
Ciudad de México, 27 de mayo de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 6 minutos
“Todos vamos a morir”, decía el señor de abrigo negro a punto de salir del elevador en que él, Dorian, estaba a punto de ingresar. Un escalofrío recorrió su larga espalda. Levantó la vista del celular para ver al dueño de la voz; las miradas se cruzaron con un reconocimiento fugaz. El hombre salió, Dorian entró, y la puerta se cerró automáticamente.
La aceleración de sus latidos le confirmaba que no se trataba de una confusión. Se había cruzado con el mismísimo Maestro. La casualidad (¿había sido una casualidad?) los había hecho encontrarse. ¿Había sido de veras una casualidad? ¿Después de tantos años tranquilo en esta ciudad? Tras una búsqueda de quince minutos, logró encontrar su coche en el enorme estacionamiento del mall.
Camino a casa, el cerebro le explotaba mientras regresaba en oleadas el recuerdo: la feligresía hincada, ojos cerrados, los rosarios balanceándose, las voces repitiendo rítmicamente como un cuerpo con muchas cabezas: “Todos vamos a morir, todos vamos a morir, todos vamos a morir…” La nota en los periódicos sobre el hallazgo de cabras y chivos sacrificados, se presumió, en un ritual extraño… Reportes de personas desaparecidas… Aún ahora no sabría decir cómo escapó, su memoria permanecía bloqueada.
Era muy buen cocinero y le hizo bien concentrarse en la preparación de la lasagna, una versión especial con albahaca, pues habría invitados. Eran los tres compañeros de la oficina con quienes trataba más: Raquel, una güera atractiva siempre muy propia, Rodrigo, algo tímido y Jorge, respecto a quien tenía sentimientos ambiguos.
Sirvió la cena poco después de que llegaron, con una carraspera nerviosa y un tanto taciturno. Sin notarlo, los demás departían jocosamente disfrutando la pasta.
Jorge, levantando sus cejas enormes para acentuar sus palabras, decía mientras mojaba su trozo de focaccia en la mezcla de aceite y balsámico:
–Dorian, en tu caso la maldición obra al revés: tu retrato se va de parranda y tú eres el de las ojeras y la cara de crudo, blanco como un papel. Mira que es malo pactar con el diablo, que ni madre tiene. Todos rieron. Dorian volvió a sentir los vellos en la mitad de su espalda.
Levantando la mano para suavizar el comentario, Rodrigo añadió:
–No te pases, durmió sólo cuatro horas para cumplir hoy. Y ya en serio, es peligroso pactar con el diablo. A Güicho, el de inventario, cuando iba en la prepa lo invitaron a una ceremonia de una secta diabólica y regresó mal de ahí. Casi no hablaba y tenía la mirada perdida. Platicaba puras incoherencias de lo que le pasó. Le diagnosticaron estrés postraumático. Sus papás se volvieron locos buscando el lugar y a los responsables: nunca se supo nada y él perdió el semestre.
Dorian se levantó bruscamente por más vino y trajo de una vez el postre.
Jorge, todavía haciéndose el chistoso, retomó la palabra:
–Se me ocurre algo, ¿Quién quiere explorar la casa? Ofrezco cien pesos por cada amuleto que encuentren y quinientos por el retrato oculto. A mí, Baal y toda su corte me hacen los mandados.
El vino español de Raquel hacía a Jorge más imprudente que de costumbre, pero al mismo tiempo le sirvió a Dorian como refugio de su nerviosismo. La panna cotta de postre permitió terminar la cena con una nota positiva.
–Pasen a la sala mientras yo recojo, –dijo Dorian. No, no hace falta que me ayuden –respondió a una seña de Raquel, quien con sus manos siempre manicuradas indicó que quería intervenir. Voy a meter todo esto en el lavavajillas, no es gran cosa.
Al tomar el primer plato de la mesa vio las sobras repartidas en él de una forma curiosa, como un rostro, como unos cuernos. Estoy alucinando, pensó. El chorro de agua previo a meterlo al lavavajillas deshizo la ilusión. Lo mismo ocurrió con los platos siguientes. Vino entonces un destello a su memoria: se vio de niño, escondido bajo el largo mantel de una mesa de ceremonias, atisbando hacia el gran salón. Ahí, cuerpos humanos transfigurándose: les aparecían patas, pezuñas, pelo y ya convertidos en animales, caían inanimados. Una figura mitad humana, mitad macho cabrío, en quien todavía se reconocía la fisonomía del Maestro, presidía erguido la escena.
Tuvo que detenerse de la mesa. Deseó que terminara la tertulia. ¿Qué hora era? Dio un salto atrás al voltear a ver el reloj en la pared. Sobre un fondo claro, el 10 era un ojo que permanecía abierto, el 2, le hacía guiños. El 11 y el 1, ante su mirada, se transformaron en pequeños cuernos.
Permaneció inmóvil hasta que Raquel entró preguntando si había ya terminado o si podía ayudarle.
–Estás más pálido que hace rato, ¿te sientes bien? Siguiendo la vista de él, la aterrizó en el reloj, un reloj normal en ese momento.
–Sí, –respondió con voz apagada –aunque creo que me está afectando la falta de sueño. Nada de cuidado.
Cruzaron el pasillo hacia la sala, él pegadito a ella, a quien le causó gracia esta cercanía forzada.
La felicidad etílica se fue adueñando del grupo. Se burlaban de la suerte del conocido que casi había enloquecido: imitaban becerros, parodiaban decapitaciones, hacían mucho ruido. Dorian, al principio permanecía ensimismado, pero ayudado por más y más bebida, acabó uniéndose a las pantomimas.
Al vaciar en un coctel de guayaba, muy de moda, la última botella de agua mineral. Raquel le pidió a Dorian traer más.
–Claro, ahorita voy por otra caja.
A medio camino hacia la cocina, sintió que se le bajaba el entusiasmo a los talones. ¿Por qué se había ofrecido a ir él? Todavía podía volver y pedir que alguien le ayudara a cargar, y así regresar acompañado. Pero, ¿a qué le temía? Era imposible que esas alucinaciones suyas fueran un peligro real. Bastaba con no voltear a ver al reloj. Sacó el pecho, respiró hondo y siguió adelante.
Al prender la luz, el reloj había cambiado de lugar, estaba justo frente a él. Los ojos ya no guiñaban, eran de color rojo y muy reales; los cuernos sobresalían del marco del reloj. El segundero era la única manecilla, en la posición vertical y en pausa. Se oyó clarito que la puerta de la entrada se abría. El segundero empezó a girar. En el número 12 apareció la leyenda: “ÚLTIMO ALIENTO”. Dorian tardó un poco en comprender. Cuando lo hizo, giró en redondo y se lanzó por el pasillo a advertir al grupo. Tropezó y se cayó, se levantó en cámara lenta, siendo consciente del tiempo que transcurría veloz. Quería avisarles, pero su garganta trabajaba con mucha lentitud; al acercarse a la puerta de la sala, finalmente salió el grito: “¡Vamos todos a morir, vamos todos a morir!” Ese grito, al final, era un balido.
Nadie respondió. Antes de caer, Dorian vio dos chivos y una cabra exánimes sobre los sillones y la alfombra y, más allá de la sala, en la sombra, la silueta de un macho cabrío erguido que lo miraba fijamente con sus ojos rojos.
