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Por José Luis Domínguez

Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, 5 de agosto de 2020 [00:43 GMT-5] (Neotraba)

Las rayuelas, como casi todos los juegos infantiles,

Son ceremonias que tienen un remoto origen místico y

 religioso. Ahora están desacralizadas, por supuesto, pero

conservan, en el fondo, algo de su antiguo valor sagrado.

Julio Cortázar.

En un gran manipulador de palabras, deben estar latentes, por cierto,

todas las pasiones, los crímenes, oficios, animales, estrellas, Dios,

sexo, el pasado, el poder, espacio, metales y todo lo demás, porque

estas son las palabras, quien no es esto juega con una lengua

extranjera, recurriendo impotentemente a diccionarios y autoridades.

Walt Whitman.

Los niños juegan a la ronda. Cantan mirándose al rostro:

—¡Rueda, rueda, San Miguel, San Miguel, todos traen camote y miel, a lo maduro, a lo maduro, que se voltee! ¡Angelita de burro!

Gritería. La niña se coloca, en solitario, de cara al mundo, de espaldas al interior del círculo. La fórmula se repite y un deseo más se cumple. Los niños ejercen el ritual; giran tomados de las manos, con la mirada puesta hacia la calle, más que hacia las casas. En ellos, ningún acto, por mínimo que sea, tiene su origen en la casualidad; intuyen muy borrosamente que en el ser humano hay distintas realidades, la cara del anverso y del reverso. Rescatan, sin saberlo, la antigua devoción por Janos, el dios bifronte, disímbolo, el de los rostros diurno y nocturno; el pasado y el porvenir; el guardián de las puertas de entrada y de salida cuya morada predilecta es el umbral, donde impera el más grande de todos los misterios.

Cuando los niños se aburren de este juego, se sueltan de las manos y se rompe el hechizo. Se escinde el círculo. Se revierte el proceso y todo vuelve a la normalidad. Se forman dos hileras: una el reflejo de la otra. Su canto alterno lleva siempre una misma solicitud:

—¡Retobe, retobe, que se venga Angelita!, ¡Retobe, retobe, que se venga Tino!

Este juego habrá de fortalecer en cada uno de los niños el sentimiento de pertenencia; cada uno tomado de la mano de un segundo a la izquierda y un tercero a la derecha, así, en forma sucesiva, deseando transmitirle a los otros su propia energía, apretando lo más posible sus dedos a los de los demás. La consigna principal será resistir el embate de un cuerpo que habrá de desprenderse de la hilera contraria, o en su defecto, tomar la postura del atacante, el cuerpo propio utilizado como ariete, e intentar romper la cadena por su lado más débil; derribar la muralla, el puente levadizo, para hacerse de dos aliados. Embestir y resistir al máximo. Dos reinos medievales luchando por sobrevivir. El grupo como masa, un solo cuerpo hecho de varios. Las niñas, en su óptica, se ven a sí mismas, avanzando, intentando romper la cadena, envueltas en ese binomio involuntario de sadismo y masoquismo. En cambio cada uno de los niños es como un guerrero, como un centauro, y al mismo tiempo como un arma. Pero en ambos, la sensación ambigua de adquisición y pérdida, de crecimiento y de mutilación. Se preparan con este juego cruel, para soportar sentimientos contradictorios a lo largo de sus vidas. En sus actos, en apariencia inocentes, los niños esconden los grandes momentos de la historia de la humanidad que se han venido repitiendo siglo tras siglo: Los juegos del poder.

Voces de nueva cuenta se alzan y sugieren. Hay acuerdos. Vuelven a girar, luego se detienen y baten palmas. Un nuevo conjuro:

–¡Oh, cheque, cheque, cheque, aprenda a bailar el cheque, la mera señorita su mamá lo fue…!

El contoneo del cuerpo y las palmas batiéndose resultan ser una dura prueba para quienes siempre han sido tímidos o retraídos, porque la crueldad disfrazada de pequeñas risas de los otros hacia el ejecutante en turno está casi siempre asegurada.

De pronto surge en ellos una segunda intuición, nada es gratuito ni nada se hace en esta vida al azar o en solitario, por eso cantan:

–¡Arroz con leche, me quiero casar, con una viudita de la capital, que sepa coser, que sepa bordar, que sepa la tabla de multiplicar…!

La educación hacia el interés, hacia la ganancia, es una excelente escuela. El quid pro quo es un término que la utopía del progreso viene arrastrando inútilmente hace cientos de años, colándose hasta en los juegos infantiles.

El tiempo avanza. De pronto una de las niñas exclama:

–¡Juguemos al diablo y la monja!

–¡Sí, sí, sí! ¡Al diablo y la monja! –corean las demás voces.

Curiosamente, los niños son como los ángeles, no distinguen sobre géneros, no saben de sexo, nunca dicen a la monja y el diablo, sino al diablo y la monja. Quizás también ocurra que su inconsciente los traicione y les haga saber que el diablo es, a todas sombras, más poderoso que la monja.

–¡Que Angelita sea la monja y Tino el diablo!

Breves y apagadas protestas. La sabiduría de la alquimia se impone. Se forma aquel círculo de pequeñas manos entrelazadas. La monja está dentro del círculo, el diablo no. Se inician los giros. Sólo se detienen para que la palabra reine:

–¿Qué está haciendo la monja?

Esta fórmula se repite para obtener cada vez una respuesta distinta:

–Me estoy poniendo las peinetas… me estoy poniendo la blusa… me estoy poniendo el vestido… las calcetas… los zapatos…

Ella teme el final de su responso, al momento en el que esté ataviada por completo, porque sabe que la persecución será implacable. Le punzan las sienes. Su ritmo cardiaco ha aumentado, la adrenalina comienza a fluirle como un torrente por todo su cuerpo, concentrándose en sus piernas. Se estremece.

Los niños son puertas y al ponerse en pie se están abriendo, las puertas de los sentidos son las de los hombres que anhelan, muy en el fondo, ser invadidos por el mal.

Angelita se echa a correr. Detrás de sí escucha una respiración jadeante, entrecortada. Mira por el rabillo del ojo mientras huye. No es Tino, no, no es el niño quien la persigue. Es el diablo quien pudre hasta lo más hondo el corazón del ser humano. Por mucho que ella lo disfrace, él conoce su secreto.

Solloza. No sabe en realidad a dónde va, pero no cesa. Piensa en la carne, que es tan débil, en la tentación, cuya fuerza suele ser irresistible. Corre y a la vez eleva su miserere nobis. Recordar es un triple salto mortal hacia atrás, y otro hacia adelante, un movimiento casi perpetuo que puede resultar tan sencillo y a la vez tan atroz. Y ella creía que su pecado jamás regresaría; que habría de seguir oculto donde alguna vez lo arrojara, en el fondo de los mares.

Angelita sabe que, tarde o temprano, el remordimiento hincará sus dientes. La culpa es como un látigo que siempre enseña, premonitorio, sus siete colas de acero, antes de estallar en esa epidermis transparente e invisible que se llama conciencia…

Y aquel hombre solitario, apacible, juguetón, capaz de conmoverse hasta las lágrimas ante el espectáculo trivial de la cabecita blanca de una anciana, y cuyo sueño recurrente es el de ir con una niña de la mano, atravesando siempre por un lote baldío, con sus dientes tan pulcros, tan brillantes, y sus labios tan gruesos, y su aliento con sabor a menta, y sus palabras suaves, deslizándose por el oído de ella, murmurando oscuridades, invitándola a pasar, sonriendo, siempre sonriendo, ahí, a pocos metros de su casa. Con pequeños regalos que después a ella le quemarán los dedos, las manos, la memoria. Tan pequeña, inocente, curiosa y vulnerable. Con esos blancos y delgados dedos de su diestra, guiados, en vaivén, por aquella enorme mano hacia aquella también enorme y morena y tibia rigidez, saliéndosele a él desde su cremallera. Y siempre sonriendo, con pequeños regalos que otra vez a ella le quemarán los dedos, las manos, la memoria, murmurando, con cierta vehemencia, oscuridades; pidiéndole, suplicándole casi, que le diga “Papito”; y ella escuchándose a sí misma, como si fuera otra, repitiendo aquel vocablo, para después, de gozo, verlo a él languidecer. Y por eso, por su culpa, ese siempre detestar toda clase de sombra, de línea oscura; por eso siempre amando el alba, la claridad, la luz. ¡Qué hermosa, pensaba ella, podía llegar a ser la luz a veces!

…Y veinticinco años más tarde, Ángela, topándose, en una calle céntrica, casi a bocajarro, a aquel hombre solitario, quien ahora ya camina enjuto, deformado el rostro, doblada la cerviz; haciéndola sentir algo así como un baño de agua fría. Y luego ella alejándose a toda prisa, llorando, huyendo, como siempre, de ese horrible símbolo de su pasado.

Pero la cosa no puede detenerse ahí, tres días después, ambos coinciden en un supermercado. Él, ya anciano, está de pie, mirándola obsesivo, sin importarle la gente que al pasar lo empuja, sin cuidarse de aparentar que aquel segundo encuentro sea casual, aunque Ángela crea exactamente lo contrario. Y eso la inquieta. Parece comprobarlo cuando, saliendo de un antro con dos tipos, lo descubre justo en la acera de enfrente. Un turbio e insano deseo le ha cruzado a ella entonces por un brevísimo instante, como un relámpago, la oscura noche del pensamiento. Entonces Ángela, coqueta, insinuándose, secreteándose con su par de acompañantes, y luego, de pronto, exclamando:

–¡Ese es!

Y esos dos rostros duros como el granito, esos dos filos en sus respectivas diestras, brillando, presuntuosos, bajo la luna llena, haciendo saltar, como a niñas juguetonas casi a mitad de la avenida, del viejo aquel, dos grandes borbotones púrpura. Y sin embargo, él, otra vez, paradójico, sonriendo, más ahora, derrumbándose. Y luego ella, aproximándose, mirándole a los ojos, murmurándole al oído soledades, exclamando, cruel, ansiosa, como envuelta en un suspiro entrecortado, un irónico:

–¡Adiós, papito!

Y luego ellos, impunes, arrastrando el cuerpo inánime hacia un terreno baldío (quizás el mismo con el que aquel hombre se soñara tanto, tiempo atrás, yendo siempre de la mano de una niña adorable). Al final, los tres, huyendo por rumbos distintos.

Y veinticinco años más tarde, Angelita pensando, pálida, sudorosa, corriendo aún, agotada, tratando de meter, sin conseguirlo, como los avestruces, su pequeña cabeza en algún agujero metafísico. No conoce ese lugar. Intenta volver con los demás, pero no sabe cómo o por dónde. Los niños que hace poco jugaban a la ronda ya no están. Seguro es que se han ido ya a sus casas. Dentro de su cansancio, un pensamiento extraño. La luz de la tarde yace en el crepúsculo. Se mira en el espejo que hay en un aparador, se toca el rostro, las arrugas. Descubre la nieve de sus cabellos. ¿A dónde se ha ido el tiempo…?

Un hombre detrás de ella, situado a pocos metros, la mira con fijeza; el nitrato de plata no puede engañarla, no es Tino, no, es el diablo, quien justamente ahora da unas hondas bocanadas a su cigarrillo y luego hace un pequeño y perfecto laberinto de círculos concéntricos con el humo, mientras sonríe irónico, justo antes de tirar la colilla y enfilar sus pasos lentos, pero ineluctables, hacia ella.


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