Monterrey, Nuevo León, 31 de julio de 2026 (Neotraba)

“¡El hacha de mi costado, confianza de mi brazo,

la espada de mi fajín, escudo de mi rostro,

el vestido de mis fiestas, cinto de mis encantos!

(…)

¡Amigo mío, mulo suelto, onagro del monte, pantera de la estepa!

Nosotros que nos dimos mutuo apoyo y escalamos las montañas…”

Epopeya de Gilgamesh

Cuando conocí a mi joven amigo, el escritor Jorge Torrealta, no sospeché que su presencia en mi vida sería tan profunda como el recuerdo recalcitrante de Enkidu en la memoria y el canto de Gilgamesh. Corría el mes de agosto de 2008, coincidimos un mediodía de nubes negras y tronantes. El diluvio anegó las calles de la hoy lejana Puebla. Ambos llegamos a una cantina para refugiarnos como ratas que escapan de la tormenta. Ahí, mozuelos y pasmados, nos descubrimos mientras pedíamos sendas jarras de vigorosa cerveza para restablecer nuestra tranquilidad y regalarnos, en aquellos años inexpertos, una nueva actitud frente al mundo. Aún frescos, idealistas, sin las heridas y cicatrices que el tiempo marca a fuego lento sobre la piel y los recuerdos, compartimos la mesa al fondo de una taberna que parecía venir del principio de la Historia, una caverna o mina donde ebrios empedernidos y aspirantes a juglares se debatían en duelos de contumacia para constatar quién tragaba más litros de elixir ambarino en el cogote.

Los briagos aplaudían, reían, se contaban chistes y hazañas minúsculas acordes a sus rastreros horizontes de vida. La misma farsa, el mismo tono, la misma plática que suele verse y escucharse desde siempre en ese tipo de antros. No hay nada nuevo bajo el sol, lo nuevo son los ojos que miran por vez primera la depravación de nuestra especie… y se fascinan.

Jorge, apenas tres años mayor que yo, tomó su túnica púrpura, limpió sus labios con ella y expresó: “así que tú eres el tipo que vino de lejos para conocer los oscuros deleites de esta mazmorra”. Ensalivó su boca y empinó la copa de cerveza para libarla con placer. Las antorchas iluminaban tenuemente el túnel de roca, el olor a incienso se combinó con el de la orina enferma de los parroquianos y dos gatos de Angora paseaban entre nuestras piernas dejando sus pelos blancos, regalo divino, adheridos al atavío de Jorge. Había más personas: aprendices de alfareros de talavera, sastres, soldados, peleteros, escribas del tirano en turno, poetastros que empezábamos a vivir y lo celebrábamos con un banquete etílico. En aquel calabozo también ocupaba un lugar el ahora escritor y doctor en letras David Marín, con 18 años, igual que yo, al lado de una poeta prostituta autonombrada La Loba. También departía alegremente en nuestra mesa un bardo joven y adiposo al que apodábamos el Cerdo, cuya característica principal era una mancha en el ojo izquierdo y cuyo sentido del humor rompía el aire con las risotadas que eructaba al contar chistes subidos de tono con el oscuro afán de fornicar con La Loba antes que todos nosotros. También estaba un enano malabarista llamado Demetrio (y medio) y El Neto, un tipo que ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) solo por las drogas que alguien le comentó era demasiado fácil conseguir para embrutecer su ya de por sí mermado cerebro. A él le decíamos el Perro porque cuando hablaba su voz sonaba como un ladrido.

Como comprenderán, nos congregamos una variopinta fauna letrada. Alrededor había tuertos desdentados, cojos malolientes, sordomudos atroces convenían precios, apuestas, negocios con lecheras que no comerciaban leche, pero por alguna razón así apodaban a las mujeres voluptuosas que atendían el sitio. Una camarera se pavoneaba, cual Shamhat, entre las víctimas del alcohol para hurtar relojes y piezas de dinero que sustraía con total habilidad del bolsillo de los inmundos beodos. Me sonreía cuando notaba que la veía y me mostraba sus atributos fecundos como premio a mi silencio cómplice. A la mesa llegaban litros y litros de jarabe egipcio para ambientar la juerga.

La Loba y el Cerdo se comían a besos, el canino animal lengüeteaba con ahínco el chipo del desvergonzado porcino que no paraba de reír mientras los colmillos de su ligue se encarnaban en sus labios.

Afuera amainó la lluvia. Los jardines colgantes florecían en una explosión de color y aroma, pero adentro la luz no llegaba para la veintena de borrachos que con la mirada perdida no atinaban a comprender el perverso imán que los mantenía recluidos ahí, la cadena invisible que les arrebató el honor, la familia y el amor.

–Quiero ser escritor– confesé con un poco de soberbia a Torrealta.

–Ya lo eres– respondió mí, ahora lo sé, mejor amigo –Desde el momento que escribes eres escritor. La pregunta es: ¿Quieres ser un buen escritor o uno más de esos adocenados papanatas que venden humo a cambio de carcajadas? La belleza, la sabiduría, la herencia humana se vierten en las palabras de quienes atesoran el conocimiento y se vuelven estetas impertérritos. Ser escritor es buscar un tesoro que te robará el sueño pero que jamás alcanzarás, es insatisfacción perenne, intranquilidad, desasosiego, asco. Bienvenido al gremio de los ansiosos, de los irreverentes, locos desgraciados, quejumbrosos monomaníacos que en la escritura subsanan lo que sienten que la vida les debe. Te arrojaste al abismo, ¡ay de ti si quieres retractarte porque no encontrarás paz de aquí en adelante!, ni dormido ni despierto las ideas dejarán de acosarte. Se te pegó la enfermedad como sarna. Algún infectado del pasado con sus bellas letras, ya sea novelista, dramaturgo, poeta, te infectó con su bibliofilia. A partir de ahora eres un alma iluminada en un cuerpo perdido, no te conformarás con los pequeños placeres que vuelven felices al común de los simios supuestamente inteligentes… siempre querrás más, ver más, experimentar más, vivir esto y aquello, a sabiendas de que no te alcanzará la breve existencia para degustar todos los placeres, goces y dolores que la vida depara. Pero aun así escribirás sobre ellos. Hedonista, la literatura es una decisión valiente, neurótica, autodestructiva, irreversible.

Jorge me arrojó el contenido de su copa a la cara. Lejos de enojarme, sentí como un bautizo de fuego, como si el sacerdote tomara una marca de metal y la hundiera al rojo vivo en mi cuello, me sentí como una res que desde aquel momento no cesaría de avanzar lento, pero seguro, hacia una meta incierta. Tenía al menos tres años escribiendo, no necesitaba la aprobación de nadie. A pesar de ello, ese día me sentí iniciado.

–Acompáñame.

Lo seguí sin pensarlo. Sus sandalias se deslizaban por el suelo de arena y dejaba a su paso un aroma a sándalo. Fuimos a otra mesa: la más lejana, la más oscura. Ahí, Torrealta pidió más cerveza y mientras la odalisca traía sendos tarros rebosantes de la mejor cosecha egipcia, me mostró, cual tesoro, unas tablillas de arcilla.

–Esta es mi obra. Aún es breve, pero confío que será suficiente para trascender al tiempo y superar mis limitaciones corpóreas.

Me abalancé sobre el barro endurecido con la avidez de un león rampante que salta sobre su presa.

–¡Magnífico! ¡Maravilloso! ¡Un triunfo para la humanidad erudita! –exclamé con los ojos atiborrados de excelsa poesía, nutritiva para el alma.

Eran ni más ni menos que las primeras epopeyas de Jorge Torrealta. Supe que había conocido a un compañero para el arduo camino de la profesión literaria. Mientras me deleitaba con sus signos cuneiformes, Torrealta hacía lo propio con los míos, al tiempo que de entre su túnica sacaba una daga crisoelefantina que tenía grabada una inscripción[1]. Se cortó la palma de la mano con ella y cortó la mía.

–Sellemos con sangre la amistad que, cuando es verdadera, es hermandad.

Unimos las manos en un saludo fraterno, sin temor a enfermedades presentes en nuestras respectivas venas debido a que yo era virgen en aquellos años y él aún no me relataba sus descarados encuentros con reinas de otros imperios.

Con las manos pegadas de esa manera leí sus obras rebosantes de gigantes míticos, toros alados, vicios alentados, diluvios y filosofía mística. Me tenían maravillado. Las velas se consumían y las antorchas eran sustituidas una por una por las bellísimas hetairas que se turnaban para surtir nuestra mesa con libaciones exquisitas al paladar.

Una lechera de pechos privilegiados, a quien Torrealta dedicó algunos versos de su obra magna, decidió brindar por el futuro príncipe de las letras. Alzó su tarro rebosante de vino blanco y expresó:

–Brindo por el incomparable rey de literatos, emperador de eruditos, guía y modelo de estetas. Jorge es el mejor cuentista de Uruk y Puebla. Apuesto mi ojo izquierdo (el único que tengo) a quien contradiga esta afirmación. Su obra, mejor en todo aspecto que las nuestras, tristes plebeyos analfabetas, superará al tiempo y al imperio. Llegará un momento en siglos venideros en que ni uno de nuestros nombres permanecerá como un eco en la memoria del mundo, pero Torrealta seguirá resonando con el estertor de una lanza de bronce en plena pelea.

–¡Bravo! –aplaudí mientras Jorge recibía humildemente el homenaje de la mayor meretriz que mandó traernos sendos platos rebosantes de carne de cordero con salsa de durazno y chile. ¡Qué festín el de aquella tarde! No me refiero a la opípara comida, sino a la breve, pero eterna obra completa de quien sería el mejor amigo de mi vida, alto aliado de mi causa, varón sin miedo que con apenas unos cuentos en Origen y vida de una gota de lluvia derramada sobre el mar Mediterráneo en una tarde autumnal (IMACP), El dador de vida (Fóbica) y Sudario del silencio (IMACP) verá en alto su nombre por los siglos venideros.

Agoté la madrugada leyendo párrafos inmarcesibles como estos:

“Por medio de un comerciante de esclavos y una ingente suma de dinero consiguió los ejemplares requeridos. Fueron traídos encadenados, con argollas por todo su cuerpo para sujetar las cadenas directo de su piel y sujetarlas al suelo a fin de que cualquier intento de escape generara un punzante dolor mediante la manipulación de dichos instrumentos. Un grupo de hombres fuertes condujeron a las bestias hasta la habitación de Talitha, y los presentaron; ellos no dejaban de gruñir y escupir.

La mujer los vio y quedó asombrada, ellos al descubrirla hicieron lo propio. Eran tan feos y repugnantes que no eran considerados hombres: medían dos metros a pesar de ser corcovados, sus mandíbulas eran prominentes y asquerosas, putrefactas; luengas barbas sucias caían sobre su pecho; su caminar era propio de los gorilas, a cuatro extremidades; no preciaban ropa o taparrabos, pues solo había un horripilante muñón, estigma de un arcaico y descomunal pene. Todo lo que sabían era pronunciar maldiciones.” (Torrealta, 2024b, 84)

“El insecto no sabe que está infectado y sigue con su vida, mientras tanto el hongo se desarrolla hasta constituir casi la mitad de la masa corporal. De esta manera el parásito toma el control no solo del cuerpo invadido, sino también de la mente, y en este punto lo obliga a trepar por el tallo de una planta, y usar sus mandíbulas, esa pinza que ves allí, con una fuerza anormal para adherirse a una hoja de la cual no puede despegarse, aunque quiera, pues segrega una especie de pegamento para que no abandone esa posición, y ahí muere. Después, de la cabeza emerge un tallo gigante que expulsa esporas sobre los rastros del insecto que hay debajo y crecen esos otros tallos que han deformado su cuerpo (…) De principio a fin puede durar más de 10 agonizantes días. Muere de hambre, o de dolor, no sé. Es una lástima. Según refieren los locales de Zanzíbar el hongo actúa más lento en el organismo humano.” (Torrealta, 2024a, 12)

“La ayahuasca es doctora porque cura, maestra porque enseña, y madre porque cuida, guía, da poder y visión en sentido espiritual. La ayahuasca nos conecta con nuestra mente, cuerpo y espíritu. Al tomarla, las emociones fluyen, se potencian, y las revelaciones acaecen: revela quién eres. Pero antes de ingerirla, se debe llevar a cabo una rigurosa dieta de purificación: nada de grasas, carnes, azúcares, y desconectarse del mundo (…) La ayahuasca no es para cualquiera, como todos dicen. Hay muchas personas que la toman solo por diversión, como turismo. Yo estoy segura de que solo es para quienes ella ha escogido, como tú. Además, antes de tomar la ayahuasca debes tener una intención o una pregunta que quieres que sea respondida. Eso será el principio del camino y el sendero que recorrerás. (Torrealta, 2025, 30)

“Al contemplarla así, desnuda, vestida de aromas deliciosos, sus voluptuosidades desarrolladas por el ejercicio sexual y su breve juventud, cayó de rodillas, como otros miles antes que él, sobre el suelo húmedo a causa del agua y aceites, y elevó las manos hacia ella como si fuera una diosa a la cual le dirige una plegaria. Ella lo descubrió y, asustada por el rostro extraño absorto en su figura, dio un salto y fue a dar al agua. El militar se irguió, apartó de sí sus ropas, e ingresó a la bañera, una piscina de tres metros de largo por uno y medio metros de ancho que era regada por una fuente (…) se derramó en aquella delicada figura; se diría un león, un tigre, un cocodrilo gigante y un gorila peleando a muerte. Tal era la ferocidad del acto sexual…” (Torrealta, 2024b, 81)

Al culminar la noche, la oscuridad remitió ante el embiste de Shamash, dios de cielo, que mandó sus rayos fulgurantes para dar otra oportunidad al firmamento y adornar con su luz la tierra del conejo y los bosques del lobo. Torrealta me instó a seguirlo. Tomé sus tablillas y las deposité cuidadosamente en un cofre de plata junto a su arco. Luego salimos de la taberna. A lo lejos observamos el gigantesco zigurat que corona el poder de esta urbe sobre otras. Mi kaunake blanco mostró al amanecer tal simbolismo de pureza que de no estar seguro de la hombría de mi amigo no lo hubiera acompañado ni a la esquina. Pero Torrealta adoraba el cuerpo femenino y por nada del mundo consentiría una unión antinatural. Yo tampoco. Así que montamos dos yeguas blancas que nos esperaban afuera de La Mina (así se llamaba aquel tétrico antro rebosante de odaliscas y que ahora lleva por nombre El Zanate y el Venado) para ver de primera mano la biblioteca Torrealtina que distaba seis leguas del recinto donde pactamos nuestro cariño de colegas y amigos.

Cabalgamos por la planicie allende las murallas del centro de la ciudad. Nos golpeó una tolvanera con la que la pradera intentó atenuar nuestra temeridad. A nuestro paso las yeguas cortaban el aire a tal velocidad que ni leopardos ni gacelas osaron competirles. Atravesamos un frondoso oasis lleno de helechos, vides y árboles esplendorosos de aromas antiguos y afrodisiacos. El recorrido agotó al menos dos horas que Brady aprovechó para cazar con su halcón un par de avecicas para alimentarnos en caso de que el hambre invadiera nuestra boca. Me enseñó a usar el arco con una palmera datilera. Intenté practicar mi puntería con un cervatillo, pero el maestro detuvo mi ímpetu:

–Nunca lo utilices contra la vida animal. Respétala y aprovecha los frutos de la tierra. Esta arma solo se usa contra los hombres, seres malvados que han hecho del mundo su estercolero.

En mi cabeza resonaron las palabras de Enkidu cuando defendía a los animales, previo a cuando Shamhat lo esclavizó por medio del placer.

Al fin, en lo alto de una loma vislumbramos una casa con fachada pintada de lapislázuli. Un árbol de ébano derrama sombra sobre su pórtico. Parece la apacible propiedad de un amable pastor que cuenta sus rebaños de bueyes y ovejas con un ábaco y cuida sus corderos con perros Kangal para evitar que sean devorados por osos, lobos y leones. ¡La pacífica vida campirana a la sombra de un ébano!

Descabalgamos en la propiedad del erudito. Inmediatamente ofrecimos agua a las bestias para restablecerlas luego del abrasador calor que las obligo a derramar espuma por los poros, las guarecimos en el establo, con los otros animales de Brady, y posteriormente ingresamos a la casa que no es sino una gran biblioteca de dos pisos, con doce habitaciones dispuestas alrededor de un patio cubierto de macetas y flores. Una sirvienta calva, probable liberta egipcia, que el maestro amistosamente llama “La Pelona” por ser incapaz de pronunciar el nombre Hatshepsut, mantiene la propiedad en condiciones pulcras. Además, acompaña a la madre del poeta en su apacible modo de existir.

La biblioteca fue un regalo del rey Arsurbanipal, el conquistador que a la par de borrar imperios, rescató tablillas del fuego y las incorporó a su catálogo personal. Le otorgó en su magnanimidad este pedazo de conocimiento a la par de varias hectáreas de tierra a su alrededor, con animales para trabajar, con la condición de que Torrealta, alto escribano, no dejara de producir himnos líricos en honor a Enlil. El rey excelso entendió que cualquier lector biennacido aprovecharía la voz de Jorge para disfrutar, acompañado de una cítara, los pormenores del poder y dominio de los Annunaki. Mitos, glosas, cosmogonías… todo en sumerio antiguo. Me cuajé al oírlo. ¡Es asombroso! ¡Qué palabras! ¡Qué tono! ¡Digno escriba del más grande rey que pisó la tierra! ¡El verdadero rey poeta, muy lejos del otro que en las antípodas del mundo escribía sobre florecitas y cenzontles versos grises y deleznables!

–¡Por fin una biblioteca personal digna de llevar tal nombre! –me quité las sandalias para recorrer el recinto –¡Aquí tienes los himnos de Innana en una versión copiada finamente con un estilete de punta de oro!, ¡También tienes la canción de Enheduanna!, ¡El Enuma Elish! Y, por supuesto, ¡La epopeya del rey Gilgamesh! ¡El conocimiento del mundo a disposición de los afortunados que invitas a tu recinto!

–Y eso no es todo, amigo – expresó sonriendo –aún hay más…

Pero ya no vi que más había porque el magno escriba dio tres aplausos rítmicos como si bailara, fuertes, musicales… y yo desperté de mi embeleso, de mi sueño, en una mesa al fondo de la cantina en Puebla.


Referencias

Anónimo (2024). El poema de Gilgamesh. España. Ed. Cátedra

Garibay, Ángel María (2006) Voces de Oriente. Antología de textos literarios del cercano Oriente. México. Ed. Porrúa

Torrealta, Jorge (2024a) El dador de vida. México. Ed. Fóbica

_____ (2024b) Origen y vida de una gota de lluvia derramada sobre el mar Mediterráneo en una tarde autumnal. México. Ed. Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla

_____ (2025) Sudario del silencio. México. Ed. Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla


[1] “¿Qué es ahora ese sueño que de ti se ha apoderado?” (Anónimo, 256) Epopeya de Gilgamesh. Tablilla VIII. Lamentos y exequias por Enkidu.


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