Puebla, México, 28 de julio de 2026 (Neotraba)

Mucho me he volcado para volver a mi columna.

A unos siete años de haber comenzado, aquello parece una constante más que una casualidad.

El diván, hoy, suena así: https://youtu.be/rqpriUFsMQQ?list=RDrqpriUFsMQQ

Hay que reconocer, con todo lo que hay que reconocer en nuestro país, al mundial como un evento que nos pasa por encima con la tersura de un elefante sobre el fango. Claro que mi columna debía llegar tarde a este evento. En parte porque me he dejado absorber por la insoportable condena de existir en el capitalismo tardío, en parte porque me gusta el futbol más allá de la monstruosidad mediática que representa –ya hablaré de eso–, pero, sobre todo, porque debía atender un problema subyacente sobre la presencia del deporte en mi vida.

El disclaimer de hoy: soy un fan del futbol, no al grado de etiquetarse como un “fifas” –pocas veces usar una etiqueta social me agrada–, pero sí para saber algunas cosas del deporte y emocionarme con un partido “pequeño[1]”. Así que sí, es inevitable que mi preferencia se vea reflejada en mi opinión respecto al deporte. El punto, de toda la columna en sí, es que hay que extirpar aquello que hace del deporte un negocio de especulación. De cualquier forma, me propuse a escribir una nota en las primeras fases del mundial, y otra cuando haya terminado. Si queda un cabo sin atar hoy, con este tema, lo resolveré después de saber si ganó mi predicción[2].

Fotografía de Fernando Strabuli a través de Unsplash
Fotografía de Fernando Strabuli a través de Unsplash
Pedacería de balón

Nunca he sido particularmente afecto a practicar algún deporte. He sido malo en muchos, incluido el futbol, y el único que hago regularmente es el ciclismo porque es el escape materializado. Pero ha rondado sobre mí la sombra de las canchas y las pelotas, porque me ha tocado vivir en un país flagelado alegremente por el mundial, y porque con los años he ido armando mi percepción del deporte con pura pedacería de experiencias ajenas.

Lo he dicho antes, lo confirma el futbol: lo mejor que hemos hecho como seres humanos, antes de la rueda y la escritura, es contarnos historias en torno al fuego. Es un acto primitivo que hemos complejizado durante toda nuestra existencia al punto de fundamentar aspectos de nuestra sociedad y convivencia con base en ellos. El deporte, cualquiera que éste sea, nos faculta para contar las historias que forjan la imagen completa de los seres humanos que se ven inmersos en ella.

Mi padre, lo recuerdo vagamente, quiso alguna vez, como habrán querido muchos padres con sus hijos, que jugara futbol. Me llevó a un partido del Puebla contra el América en el Cuauhtémoc antes de su remodelación, recuerdo que llevamos una manta del Puebla, pues mi padre es fanático del equipo, porque mi madre nos advirtió que, si alguien metía gol, nos iban a salpicar de cerveza. Y en efecto, aquella tarde ambos equipos metieron gol, y en ambos festejos nos salpicaron de algún líquido, que prefiero pensar que era cerveza. Pero la mala suerte de mi padre, quizá de todos los que me conocen, es que a quién vi ganar en esa ocasión fue al América.

Esa misma tarde, en el camino a casa, mi padre me contó de la vez que fue por primera vez al estadio. Con mi edad, pero en la muy lejana época en que Puebla llevaba el mote de los Ángeles, uno de mis tíos abuelos dispuso que todos los primos debían ver un partido en vivo. Que en ese entonces les permitían llevar canastas y bolsas grandes, que ese primer partido prepararon tortas y refrescos, que ganó el Puebla y que, aunque dejó caer su torta de milanesa, festejó ese primer gol en el estadio que, además, fue una espectacular chilena desde fuera del área.

Algunos años después, en una de esas playas inmensas que son las pláticas con mi abuelo en su cuarto, me dijo que un día lo asaltaron amablemente durante un partido de México en el mundial del 86. Regresaba del trabajo cuando un sujeto lo aborda para decirle que él trabajaba con su hijo, que a él lo acababan de asaltar, que necesitaba dinero para regresar a casa, que después se lo daría a mi tío en el trabajo. Mi abuelo me dijo que ese día iba escuchando el partido de la selección en un puesto de la calle, y por eso no le puso mucha atención, además, le pareció convincente lo que le dijo y le dio lo que tenía en la cartera, solo que, al caminar hacia la parada, se dio cuenta que no tenía dinero para su pasaje y se regresó a hablar con el asaltante. Milagrosamente lo encontró, le pidió dinero para su camión y nunca más lo volvió a ver.

El futbol, antes que un evento mundial, es un deporte masificado cuyo valor está en lo que podemos contar sobre él, no en lo que podemos consumir de él. En ese aspecto, el deporte siempre ha sido noble con las gentes que nos dedicamos a contar cosas. Siempre hay algo más detrás de una final que el sudor de 22 jugadores en una cancha. Supersticiones, revanchas, rivalidades, expiaciones y protestas, todo en dos tiempos de 45 minutos. Y, de cierta forma, las copas del mundo solo son un gran escenario en que se representan estas situaciones ante el ojo público.

El Argentina contra Inglaterra del México 86, el último mundial de Pelé en México 70, la polémica copa de Inglaterra 66, la resistencia cultural de Argentina 78, la improbable patada de Iniesta en Sudáfrica 2010. Simbólicamente, el éxito del mundial se ha debido a la otredad de los equipos que se disputan en el rodar de una pelota la imagen cultural de su identidad. En otras palabras, por la naturaleza del evento desde su fundación, el mundial ha sido condenado y favorecido por ser un evento mediático del que podemos construir cultura. Y eso sucede ahora, en el Norte América 26 –nombre que, expresó desde ahora y para siempre, me parece horrible.

Fotografía de Ramesh Nair a través de Unsplash
Fotografía de Ramesh Nair a través de Unsplash
Tijuana: Nueva Persépolis

Si vemos al fútbol como una manifestación cultural y social resulta obvio saber que, con todo lo que implica eso, hay momentos donde el deporte pasa a segundo plano. No es que algo así sea bueno o malo por sí mismo, el ser humano necesita sacar la cabeza de la tierra de vez en cuando, sino que es inseparable la forma en que el mundo se relaciona para comprender el trasfondo de un partido.

El campeonato mundial de fútbol nunca fue ajeno a las tensiones políticas del contexto, al contrario, podríamos afirmar que nació como producto de la guerra fría. La diferencia entre los primeros años del evento y la actualidad es que, ahora con la política de farándula y magnates, el campeonato no disimula su relación con el poder hegemónico. Y por eso podemos encontrar situaciones tan desagradables, pero predecibles, como el premio a la paz de la FIFA a un mandatario que, apenas unos días después de recibir este reconocimiento, iniciaba una ofensiva militar en un país de medio oriente.

Antes de continuar, hay otro enorme paréntesis: No hay conflicto que valga la pena, ni guerra que sea guiada por un bien mayor, no existe víctima justa ni un agresor benéfico si el fin es la destrucción mutua, ni la guerra es un carácter inevitable de la raza humana, ni la represión un medio para evitarla; todos los involucrados en una guerra son perdedores; el brazo armado no puede labrar el campo, ni los ojos que ven al cielo en busca de un bombardero, pueden apreciar con claridad el día.

Donald Trump, quién ha tenido su espacio en esta columna, es un mandatario que, detrás de la promesa de remediar problemas sistemáticos y profundos en su país, justifica políticas de discriminación y represión social. Eso no es novedad, el actual presidente de Estados Unidos es una figura pública que resulta incómoda, incluso, para muchos de sus conciudadanos. La FIFA, al otorgarle un reconocimiento, aunque no hubiera sido uno relacionado con la paz, es que legitima a su gobierno como uno que está del lado “correcto” de la labor pública. Nuevamente, esto no es novedad, pues ya dejamos en claro que el campeonato mundial de futbol siempre ha sido un medio de manifestación política, pero ya no deja espacio para preguntarse hacia quién está la lealtad de un monstruo mediático como lo es el evento más importante de cada cuatro años.

Lo mismo sucede con México a una escala menos evidente. No hay que pensar mucho para mencionar el último escándalo que tuvo la administración de la presidenta. No hay que investigar mucho para llegar a notas como la de Mahahual, que incluso con la prohibición de SEMARNAT, es un tema inconcluso por las legislaciones tan ambiguas al respecto. Desapariciones, crimen organizado, extorsión, secuestro. El gobierno mexicano se ha visto machado de un aura que oscila entre la ingobernabilidad y el discurso del “todo en orden”.

Si volteamos a ver a Canadá, que es absurdo en su propia latitud, no lleva muchos clicks enterarse del escándalo de las escuelas que desaparecieron comunidades enteras, las muchas políticas que marginaban al nativo y recompensaban al extraño, la explotación de muchos países bajo la insignia de la cooperación y el desarrollo industrial del otro, como el propio México, y el hecho de que, aun siendo una democracia ante el ojo público, mantenga una relación estrecha con una monarquía que cada vez se desliza hacia la anécdota histórica.

Son casos como los de Tijuana con la selección de Irán las que, pese al error de la FIFA al legitimar la opresión sistemática, ponen al deporte en una balanza muy sensible: ¿qué tan democrático es el futbol? Porque, si tomamos como referencia la relación de la federación con el poder, pareciera que durante mucho tiempo se ha premiado al espectáculo y la movilización mediática antes que al propio deporte, pero, si tomamos como referencia las muchas historias del David que vence a Goliat, como la, ahora inmensa, selección de Cabo Verde, el deporte nunca ha dejado las calles de tierra y las pelotas improvisadas. El deporte, en todo momento, oscila con el espectador en el partido de la humanidad contra el capital. La FIFA viste la camiseta del visitante, porque a esos se los come el tiempo.

Fotografía de Shahir Shah a través de Unsplash
Fotografía de Shahir Shah a través de Unsplash
¿Vamos por un Frutsi?

Este asunto de lo democrático que puede ser el deporte viene de su simpleza. Para jugar necesitas una pelota y una portería que, para países como el nuestro que necesita, en todo momento, el extrañamiento, bien pueden ser dos mochilas y un Frutsi vacío. Y lo mismo con las grandes figuras del futbol latinoamericano que siempre tienen a tres o cuatro vecinos que dicen haber visto al seleccionado nacional jugando en una cancha de tierra. Quizá por la lejanía geográfica y cultural no pueda asegurarlo, pero no me sorprendería que así fuera también en el subalterno europeo o asiático. El futbol es un deporte que por diseño es popular.

Pero al mismo tiempo tenemos un campeonato mundial que cotiza una entrada, por muy barata, incluso con la rebaja de precios durante el evento, cerca de los $20,000 mxn. Lo que quiere decir, aproximadamente, 63 días de trabajo con el salario mínimo, sin ningún otro gasto como comida, hospedaje o transporte, de cualquier mexicano en las ciudades sede del torneo. E incluso, si uno decide no pagar una entrada para el evento y quiere ver los partidos en la televisión, se debe pagar por el derecho a verlo en paquetes, francamente, abusivos de algo que debería ser de acceso público. Organismos como la FIFA matan al deporte por el puro interés económico, pero no lo hacen solos. Televisoras, casas de apuestas, marcas de ropa deportiva, comida rápida. Todo anuncio durante las transmisiones y en los estadios son parte del problema, y si no me cree, tal vez necesitemos una pausa de hidratación.

El punto es que, como humanidad, no podemos permitirnos perder un objeto cultural que, por diseño, debería ser de todos. Permitir su privatización es perder un bastión entre las muchas otras cosas que no deberían pertenecer a la especulación económica. Y aún más porque, como anfitriones de este evento mundial, directamente nos ha costado mucho, literal y figurativamente. El dinero para la remodelación o mantenimiento de estadios, espacios públicos, seguridad, logística, electricidad, agua, y otros servicios que se incrementan con el hospedaje de cientos de miles de visitantes, son costos que asumiremos como nación a lo largo de mucho tiempo.

El capital humano que permite al gobierno gastar todos estos recursos también es un costo que asumirá el país con el paso del tiempo, incluso con más repercusiones inmediatas que las económicas. Así que sí, el punto no me parece a discusión, el futbol debería ser un deporte democrático.

Los atletas son otro ejemplo de cómo el capital ha bastardeado este deporte de su seno vulgar: hubo un día en que, hablando con mi padre y mi hermana, tocamos el tema de los sueldos de los deportistas masculinos y femeninos en el futbol; los puntos que defendían ellos no los voy a mencionar, porque aquello era una nata densa entre machismo e ignorancia del comunismo, pero lo importante fue que me hizo pensar en las razones detrás del sueldo de un futbolista.

Messi, la aparente vaca sagrada de la FIFA, gana un estimado de 25 millones de dólares anuales, traducidos a pesos mexicanos, unos $436,702,500 mxn., traducidos a 1,386,357 días de salario mínimo. Claro que este sueldo no toma en cuenta el dinero de patrocinios, convenios y cualquier otro negocio que tenga Messi como un civil más. Lo que quiere decir que, aunque una persona trabaje 5 días a la semana desde que nace hasta cumplir ochenta años, ninguna persona promedio en México podría ver esa cantidad de dinero en toda su vida.

Aitana Bonmatí, jugadora que, según un artículo de ESPN del 2023, es la mejor del mundo, gana 1 millón de euros por temporada, que se traduce a 2 millones de euros en un año, que se traduce a $39,885,400, traducidos a 126,620 días de trabajo con el sueldo mínimo. Es abismal la brecha entre sueldos. Pero ambos sueldos nacen del negocio que representa el deporte a una escala mundial.

Que un solo deportista concentre tanta riqueza deja en claro que el deporte se ha vuelto un mercado elitista increíblemente injusto. Un equipo con mucho dinero, obviamente, podrá adquirir mejores jugadores y competir todo el tiempo por los campeonatos, pero equipos que no pueden costearse más de un millón de días de salario mínimo, claramente por lo absurdo que esto representa, no compiten y no mueven tanto dinero especulativo como sí lo hacen los equipos grandes. De ahí la explicación de la brecha salarial entre el futbol masculino y el femenino[3]. Por lo que es natural que en las ligas de todos los países existan tres o cuatro equipos que arrasan todas las temporadas. Hacer del deporte un negocio, excluye a cualquiera que desee participar sin dinero. El secuestro sistemático del reflector mediático del futbol, muy lejos de las canchas improvisadas y las pelotas de Frutsi vacíos.

Fotografía de Vital Adi a través de Unsplash
Fotografía de Vital Adi a través de Unsplash
Funes, el hincha de San Lorenzo

Pese a todos los problemas que hemos descrito aquí, la inmensa charca del desperdicio capitalista, creo que es importante no perder de vista que el mundial sigue siendo un evento que no podemos esquivar. Y la intelectualidad[4] no debería tratar de hacerlo. Al contrario, creo que es labor de la gente que tiene el conocimiento para describir los fenómenos subyacentes a este evento los que deberían tomar el amplificador para la denuncia y la consciencia social.

Es entendible el rechazo de algunas personas al deporte: muchos han sido los escándalos y desgracias que han sido ocasionados por el futbol o, mejor dicho, por la irresponsabilidad de quienes lo usan como un escape de la realidad, y eso incluye también a los negocios que se desprenden de estos eventos, como las apuestas. Pero apartar la vista de algo como el mundial de futbol, también impide ver las denuncias que se manifiestan en el contorno de las fotografías de los estadios. De cierta forma, y aunque suene mal, creo que lo mejor que hacer con el deporte cuando no es el motivo de nuestra afición, es intelectualizarlo. No al punto de hacerlo insufrible de comprender o sumamente técnico, como lo hacen algunos comentaristas, sino para comprender la complejidad que significa que, como seres humanos, organicemos un evento tan grande y estridente como el mundial. Y recordar. Todo lo que enmarca un evento así para, después de celebrar en el Ángel, trabajar en resolver los problemas que ya estaban aquí antes del primer silbatazo.


[1] Otra etiqueta que me parece absurda. He visto mejores partidos en selecciones que no tienen nada qué perder, que de las aparentes favoritas para llevarse la victoria.

[2] Naturalmente, mi primera elección es México. He quedado muy enganchado con el “¿Y si sí?” de cada cuatro años. Pero también soy consciente de que aquello puede no pasar, y mi segunda predicción es Francia.

[3] Aunque no es la única razón. Aquello merece su propia columna, mucha documentación y estudios que no tengo.

[4] Esa maldita etiqueta tribal de pretenciosos, becarios y gente sin quehacer.


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