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Por Alan Román Méndez

Mexicali, Baja California, 16 de agosto de 2022 [00:01 GMT-7] (Neotraba)

Andrea y Ximena estaban inquietas de la emoción, todavía no entendían cómo, pero su mamá les dijo que en esta fiesta sabrían si tendrían una hermanita o hermanito. Mariana peinó y vistió a las niñas de forma inmaculada, como a ella en su momento: Vestidos blancos y elaborados bucles que lucían su cabello castaño claro. Ya recibió a los invitados, terminaron de comer y no falta demasiado para que se termine su tercer Gender reveal en cuatro años.

Le pide a su marido y padre de las niñas, Andrés, que comience a repartir los quequitos para los invitados que ya terminaron de comer. Pero él está distraído, ve cómo llega su madre sola. Antes de que le pregunté por su padre ya le da la lista de excusas: No tenía ganas de salir, anda malo de la rodilla, el virus, la vida.

En cambio, la familia de Mariana está completa, sus padres, tíos, primos y su hermana Karla.

–Y si es niña, ¿Le vas a prestar tu ropa? –pregunta la tía que siempre hace más preguntas de las que la gente quiere responder.

Andrea duda unos segundos, con la mano en el mentón, y responde que mejor sea Ximena la que le presté la ropa, porque es menor y de seguro sí le va a quedar. El resto de la mesa ríe y la tía satisfecha le dice a la niña lo inteligente que es.

–Deben cuidar mucho a tu futuro hermano.

–Nosotras queremos que sea niña, porque los niños en su escuela solían molestarlas y jalarles el cabello.

–Ay, es que les gustan –la tía les guiña un ojo y el resto de la mesa vuelve a reír.

A Mariana le molestaba que su familia hiciera comentarios así, sobre todo porque ya les había dicho que, si alguien las tocaba, sin importar quién, debían decirle a la maestra y a ella. Pero tenía que checar que las cosas fueran en el orden pensado para una casa en la que acababan de mudarse, le gustaba el patio, con el espacio suficiente para el pórtico, donde estaban las mesas, y el pasto que apenas estaba creciendo de entre la tierra seca.

Reciente físicamente más cada embarazo. Hoy es una punzada en los tobillos para comenzar a repartir cupcakes, rosa o azul según lo prefiera el invitado, porque su marido ya está sentado de nuevo. Ha aprendido que parte del proceso son los problemas intestinales, el doctor se lo explicó con un video de animación muy chistoso para él, pero que solo la hizo sentir el burbujeo de la acidez estomacal que ahora recobra fuerza. Además, siempre quiso una familia grande, sin embargo, no se le había ocurrido que por más sanas que estuvieran sus hijas, y más grande que fuera su casa, todo se reduciría a un “ojalá llegue el niño”, “ay, sí, que saque los ojos de su padre”. Año con año sentía que su mente y cuerpo se le iban de las manos.

A Andrés le sudaban las palmas al sostener su quequito, mejor lo dejó en la mesa y tomó otro sorbo de jamaica.

–Tomate una de estas pa’l calor, primo. El primo mayor de Mariana le ofreció una lata de Tecate light, una bebida más predilecta para él.

–Quisiera. Pero le dije a Mariana que no pisteo hasta que ella pueda.

– ¿Neta?

–Simón, ya llevamos los tres así –Andrés toma otro trago a su vaso.

– ¡Niñas, ya es hora! –el grito de su mamá las hizo llegar rápidamente a la zona del futuro pasto.

Era un paraguas, ya habían pasado por una botarga y un globo, así que ahora Karla les preparó la sorpresa en un paraguas. Pero no cualquiera, sino el que compartieron en su primera cita y todavía mantenían en el armario. Era perfecto al ser negro pues al estar cerrado no dejaba ver el contenido.

Mientras se acercaba a su esposa e hijas, Andrés pensaba en su padre, en lo mucho que sonreía cuando jugaba con las niñas, a las escondidas, a peinarse, con la pelota. Pero también recuerda la historia de los guerreros celtas que se lanzaron contra el atlántico para conquistar nuevas tierras, se asentaron en el sur de Estados Unidos hasta llegar al Norte de México. Esa mirada agresiva al decirle que ya era hora de un niño, un heredero, un segundo al mando, con sus setenta años y cinco hijos varones, por lo menos reconocidos, era fácil decirlo. Siempre rematando con:

–Acuérdate que solo los varones heredan el cabello rojizo.

– ¿Quieres levantarlo tú? –Mariana interrumpe su divagación, ofreciéndole el mango del paraguas. El procedimiento era sencillo, levantarlo y dejar caer pétalos del color específico, rosa o azul, y alegrarse. Andrés piensa en las anteriores ocasiones, en que humo, confeti, polvo y demás miniaturas de rosas inundaron su vista, por lo que niega con la cabeza. Ella entiende y lo toma con más fuerza.

– ¡Muy bien, niñas, a las tres!

Las voces agudas se coordinan con la del resto de la familia, entre la que Andrés ve a su madre, sonriendo y grabando el instante, apenas se da cuenta de que los rodean celulares, piensa que siempre hay demasiados videos y fotos.

No voltea hacia arriba, prefiere esperar a que los pétalos caigan lentamente sobre ellos. El primero que ve cae más rápido de lo que desearía, pasando justo frente a él, y dejando detrás de sí una estela de rosada que un segundo después cubre por completo su vista. Incluso cuando cierra los ojos por reflejo entre la oscuridad se cuela el rosa.

El video capta a las niñas saltando, gritando y abriendo mucho sus ojos marrones como los de su madre, que sonríe ampliamente hacia ellas, también se registra a Andrés abriendo lentamente los ojos y caminando hacia un lado, serio, sin decir nada, alejándose de la toma. La familia ríe, saben que quería un niño, que gracioso, ni modo.

Las niñas juegan con los pétalos, recogiéndolos del piso y lanzándolos al aire. Mariana cuida que no se metan ninguno a la boca o les quede alguno en el cabello arruinando sus peinados, apenas se da cuenta de que Andrés vuelve, pero no para ayudar a limpiar, sino para dirigirse hacia dentro de la casa, sin detenerse ni un segundo.

Karla llega al rescate y comienza a levantar los pétalos para la desilusión de las niñas. Mariana va hacia la habitación y nota la puerta cerrada, la última vez que se topó con esa puerta cerrada sus hijas se habían encerrado para hacer una pasarela que terminaría con varios de sus vestidos rasgados y tacones rotos. Golpeó con fuerza. Nadie respondió.

– ¿Andrés? ¿Estás adentro? Nomás respóndeme.

–Sí. Suena una voz grave, con un tono serio que solo escucha cuando su esposo se molesta irremediablemente, en la mayoría de los casos por nimiedades.

– ¿Qué pasó? –No encuentra respuesta desde dentro. ¿Prefieres que te deje solo? Nada. Por lo que decide que esa será la mejor opción. –Por fa, nomás en cuanto puedas sales para que me ayudes con la piñata. Mientras decía esta última frase le dio algo de vergüenza, era ridícula el tipo de fiesta que estaban teniendo y eso le provocó una risa. Lo más seguro es que eso sea lo que tiene encerrado a Andrés, siempre ha sido sangrón, panchero, le dice ella para no tenerlo con el ceño fruncido el resto del día.

Su primo le ayuda a colgar la piñata en forma de signo de interrogación, con franjas azules y rosas, además de líneas blancas entre ellas. Organiza a los participantes, la mayoría niñxs menores de diez, entre ellxs Ximena y Andrea. La acidez se agudiza y Andrés no regresa, no puede estar tan molesto.

Ximena siempre ha sido más extrovertida, toma el palo con fuerza y lanza golpes certeros, aunque la mayoría al aire. Por su parte, Andrea es más serena, espera a que el vaivén de la piñata la acerqué para golpear, y gracias a eso con solo tres aciertos consigue que caigan los primeros dulces.

Las dos niñas se lanzan como si sus vestidos no fueran blancos y no hubieran comido los mimos dulces la noche anterior. Mariana siente el vómito subir por su esófago y camina rápidamente hasta el baño. Una de las cosas que desde joven le molestaba más era vomitar, la presión se le baja, la vista se vuelve borrosa y el tacto tembloroso. Karla la sigue y sostiene su cabello. Sale caminando lentamente, y se encuentra con la misma puerta cerrada.

– ¿Andrés? ¿Puedes salir por favor?

– ¡No! –el grito salió de dentro con una voz más delgada que la de costumbre.

–Por fa, ya nomás faltan los dulces.

– ¡No! ¡No quiero!

–Mira, yo sé que esperabas al niño, pero ¿neta te vas a poner así?

–No estoy de ninguna forma.

–Andrés, puta madre, ya sal. Mariana siente la acidez que queda en la garganta cuando alza la voz.

– ¡Que no! –se escucha como lanza algo contra una pared.

Decide que si su marido no piensa salir ella tendrá que entrar. Va a la cocina para sacar un cuchillo, Karla detrás de ella, le dice que es muy peligroso, que la deje hacerlo. Mariana no la oye, se concentra en los sollozos en medio de un llanto constante que vienen desde dentro. No sabe si es sugestión, pero podría jurar que escucha palabras como “papá, niño”.

Cuidadosamente coloca el cuchillo dentro del canal del pasador, pero no atina a abrirla. Escucha un tono más agudo tras cada suspiro, improbable para la voz de su marido. Ahora con desesperación jala la puerta hasta azotar el picaporte con la pared. Avanza hacia adentro y Karla aprovecha para retirarle el cuchillo de la mano, caminando detrás de ella.

Entran en la habitación, encontrando en la cama a un bebé de no más del mes de nacido, con cabello rojizo y ojos enmielados, vestido con un impecable trajecito blanco, y un gran moño azul en el pecho.


Alan Román Méndez, nacido en Mexicali, Baja California. Licenciado en Docencia de la Lengua y Literatura. Sus textos han sido publicados por las revistas nacionales e internacionales. Se dedica a la narrativa corta y el ensayo.


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