Ciudad de México, 29 de mayo de 2026 (Neotraba)

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José Benito siempre ha sido consentido, tal vez por ser hijo único, tal vez por porque sus padres después de varios años de casados no lograban encargar, se encomendaron a la Virgen de los Remedios para que les hiciera el milagrito y a los nueve meses nació el primogénito tan deseado.

Los padres de José Benito se casaron por amor, son una pareja muy unida y criados bajo el concepto de padre proveedor y madre dedicada al hogar, el padre es electricista, fiel integrante del sindicato, con su esfuerzo y constancia logró pagar su casa en una colonia céntrica de la Ciudad de México; la madre, una mujer que trabaja diariamente en el hogar siempre apoyó a su esposo. El padre es poseedor de un Lincoln dorado desde joven, lo mantiene al centavo desde entonces, considera que la constancia y la atención son fundamentales. La madre tiene fama de hacer los tamales oaxaqueños más ricos de la ciudad o al menos del barrio.

A José Benito no lo dejan hacer nada que no sean las labores escolares y trabajos relacionados a su educación profesional. Su padre jamás ha permitido que meta las manos para reparar una fuga de gas, un desperfecto del lavabo, unos fusibles o la impermeabilización del techo, eso es para gente que no estudió. Beni, cómo le dicen de cariño, nunca ha manejado, su padre lo lleva a donde necesite trasladarse, generalmente a la escuela o una librería, el único vicio que se le ha permitido es la acumulación de libros. Su madre le ha lavado la ropa toda la vida, el detergente puede maltratar las manos de su pequeño, su cuarto siempre está impecable, sobre todo su escritorio de madera tallada, donde José Benito estudia desde los cinco años, cuando aprendió a leer.

José Benito viste de la misma forma desde niño hasta ahora, camisa fajada al pantalón y el cinturón arriba del ombligo, cómo es un poco regordete parece un globo atado con un cordel a la mitad. José Benito fue de esos niños aplicados en la escuela, obtuvo diplomas de primer lugar en la primaria, desde primero hasta sexto, el abanderado de la escolta, siempre ha sido el orgullo de sus padres.

Don Rigoberto y doña Eulalia, así se llaman los padres de José Benito, se sienten cansados, el tiempo no perdona, le han pedido a su tesoro que comience a hacerse cargo de algunas tareas caseras y reiteradamente le piden que acomode sus libros o que los venda.

José Benito ha acumulado más de dieciséis mil libros y los tiene distribuidos entre su recámara, el estudio y la sala, pero ya no caben y es un problema. Cuando José Benito comenzó a comprar libros sus padres estaban felices, un niño lector, luego un adolescente que comía libros, de joven los devoraba, pero ahora que está a punto de cumplir cuarenta y tres años, con una carrera en contabilidad y jefe de un despacho que lleva las cuentas de Pemex consideran que ya puede hacerse cargo de sí mismo, buscar un departamento separado y llevarse sus queridos libros.

Ahí es donde entro yo, me ofrece su biblioteca, todos impecables, casi todo en ediciones costosas, libros de literatura e historia principalmente, porque en su despacho tiene los de su área de estudio. José Benito con una clara frustración en el rostro me muestra todo su acervo y me susurra una cantidad irrisoriamente alta de lo que desea obtener y me pide que le responda en voz alta frente a sus familiares que no estoy interesado, que no tengo la capacidad de pagarlos, que son libros demasiado buenos y que lo mejor es que los conserve. Han pasado dos años de esa visita, vi a José Benito para entregarle un par de libros que me compró, me despido de él y se sube de copiloto al Lincoln dorado, se sienta y abre el recipiente con fruta picada que le enviaron para que no se mal pase.


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