Puebla, México, 30 de mayo de 2026 (Neotraba)

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Durante un día ordinario después de clase, dos amigos decidieron salir a dar una vuelta un rato para matar el aburrimiento un poco y de paso buscar algo que comer. Carlos y Franco eran de esos que no se conformaban con lo que enseñaban en clase, eran unos niños un poco necios pero les gustaba aprender cuando podían y de lo que les interesara. Estudiaban ciencia, pero no solo por las fórmulas. Les interesaba más entender por qué pasaban, también eran muy activos en este aspecto, solían hacer experimentos regularmente entre ellos, sean reacciones químicas como explosiones o algo simple como un robot. Les gusta aprender sobre las cosas que aprendieron en laboratorio, qué pasaba si cambiabas algo, qué tanto se podía hacer con lo poco que uno tiene. Ellos solían hacer la mayoría de las cosas en su escuela con permiso de sus profesores de química y electrónica, usaban un laboratorio viejo del fondo del campus, nadie lo usaba porque estaba un poco vacío y con poco mantenimiento, con cosas arrumbadas, solían usar material del mismo laboratorio, pero casi siempre ellos llevaban materiales así que para ellos era más que funcional.

Una tarde, revisando unas cajas llenas de piezas oxidadas, encontraron un aparato extraño. Era como una caja metálica, con formas suaves y unos círculos que parecían sensores. No tenía botones, ni idioma, ni partes móviles. Solo estaba ahí, esperando. Carlos lo tocó por curiosidad más que por otra cosa. Apenas puso su mano, el dispositivo raro vibró levemente, como si reaccionara. Y de pronto, Carlos desapareció de una manera un tanto extraña. No hubo sonido fuerte, ni un golpe.

Solo una presión en el cuerpo, como si el estómago se metiera en sí mismo, Franco por instinto fue a ayudar a su amigo y de igual forma lo presionó, ambos cayeron inconscientes unos minutos por la experiencia tan rara, cuando abrieron los ojos, ya no estaban en el laboratorio. El suelo era de tierra mojada, el aire tenía olor fuerte a plantas. No había caminos, ni postes, ni ruido de ciudad. Estaban en medio de lo que parecía un bosque muy antiguo.

El aparato estaba a unos metros, medio enterrado en barro. Tenía una luz roja que parpadeaba, emitía sonidos parecidos al código morse, y una pantalla con símbolos que no entendían, aunque uno de ellos parecía un medidor con líneas hacia abajo. Franco dijo que parecía que se le había acabado la pila. Supusieron que lo que fuera que los hubiera traído ahí, no podría hacerlo otra vez hasta estar completamente cargado.

Primero pensaron que todo era un sueño, pero rápidamente lo descartaron porque los dos eran conscientes de la situación, igual el frío de la noche les quitó esa idea. Tiraban sin parar. Buscaron hojas grandes para cubrirse, ramas para hacer una fogata. Pero no traían encendedor. Franco recordó cómo hacer fuego por fricción. Consiguió un palo delgado y lo frotó con fuerza sobre una madera más plana, creando calor por el roce. Después de varios intentos, salió humo. Con hojas secas y soplando despacio, lograron una llama pequeña. Agregaron más ramas secas hasta tener un fuego más estable. El calor no solo los calentó, también los calmó.

Pasaron la noche ahí, sin saber si era seguro, sin saber dónde estaban ni si alguien los buscaba. Al día siguiente empezaron a moverse por los alrededores.

Encontraron un río no muy lejos. El agua era clara, pero sabían que eso no bastaba. Podía tener bacterias. Carlos buscó piedras planas y construyó una especie de base para poner una olla metálica que habían encontrado tirada, oxidada pero útil.

Hirvieron el agua con fuego. Sabían que al calentarla hasta que salieran burbujas grandes, a unos cien grados, las bacterias y microbios morían. Dejaban que se enfriara y la guardaban en botellas.

Para comer, intentaron atrapar pequeños animales. Franco hizo una trampa básica con una piedra grande y una rama como soporte. La idea era que un animal pisara una cuerda, soltara la rama y la piedra cayera. Después de varios intentos lograron atrapar algo que parecía un conejo, aunque distinto. Lo limpiaron para quitar bien las bacterias, lo cocinaron bien al fuego. Era eso o morir de hambre.

Mientras uno buscaba comida, el otro se quedaba estudiando el aparato. No respondía a botones porque no tenía. Solo el panel mostraba el mismo símbolo rojo. Carlos pensó que podrían intentar cargarlo con algún tipo de energía mecánica.

Como no tenían electricidad, pensaron en usar el movimiento del agua.

Cortaron troncos delgados con piedras afiladas, formaron una especie de rueda con palos cruzados, parecida a las ruedas de los molinos antiguos. La colocaron en el río, de modo que la corriente empuja las paletas. Así giraba sin parar. Franco recordó que en su bici había una dinamo, una pieza que genera corriente al girar.

Por suerte, entre los restos de cosas que encontraron había una bicicleta rota. Sacaron la dinamo y la colocaron en contacto con la rueda de agua. Cuando giraba, producía una pequeña corriente.

Esa corriente iba por unos cables improvisados hasta el aparato. La luz roja parpadeó distinto. Era poco, pero algo funcionaba. El problema era que no sabían cuánto necesitaban. Pero era un comienzo.

También intentaron usar energía solar. Recolectaron pedazos de metal plano, los pulieron con arena hasta que reflejaran bien la luz. Con botellas de agua y una base metálica, hicieron un pequeño horno solar. No generaba electricidad, pero calentaba aire que pasaba por tubos de caña. Ese aire caliente se movía, creaba presión.

Carlos armó una especie de motor pequeño con una lata que se expande y contrae, moviendo una palanca que giraba una bobina. Era muy básico, pero lograba generar unos cuantos voltios.

Mientras trabajaban en eso, seguían cazando lo que podían. Para conservar la comida, Franco propuso cavar un hoyo profundo y ponerle paredes de barro húmedo. El agua al evaporarse absorbía calor, bajando la temperatura. Así, el interior se mantenía fresco. Ponían la carne en hojas y las guardaban ahí. No era un refrigerador como tal, pero sí ayudaba a que no se echara a perder en un día.

Carlos empezó a notar que cada forma de energía que lograban, por mínima que fuera, sumaba. La rueda del río, el motor solar, incluso un pequeño molino de viento que hicieron con ramas y tela. Cada una conectada a una entrada distinta del aparato, que parecía tener sensores que reconocían diferentes fuentes.

Pasaron semanas así. Perdieron la noción del tiempo. No había relojes, solo el sol. A veces discutían, sobre todo cuando algo se rompía. Pero se ayudaban. Uno arreglaba mientras el otro cocinaba o buscaba más piezas. Aprendieron a hacer cuerdas con fibras de plantas. Usaban ceniza para limpiar utensilios. Aprendieron que el barro cocido aguantaba más el calor. Que las noches largas eran mejores para hacer planes.

El día que la luz del aparato se puso verde, no dijeron nada. Solo lo miraron, sin saber si emocionarse o no. La pantalla mostraba ahora otro símbolo, como una espiral que se cerraba. Supusieron que era la activación. Reunieron lo poco que les quedaba. Carlos cargó la libreta con notas. Franco llevó una piedra con una marca extraña, como de los símbolos del aparato.

Se sentaron junto al panel. Pulsaron en el mismo lugar donde empezó todo. El aire se volvió espeso. El estómago se cerró otra vez. Luego, el silencio.

Cuando abrieron los ojos, estaban en el laboratorio. Todo igual que antes. La máquina en la mesa. Las luces apagadas. El reloj marcaba la misma hora del comienzo. Como si nada hubiera pasado.

Pero ellos sabían que sí, y eran conscientes, viendo sus manos llenas de marcas. La ropa sucia. Y la cabeza, distinta. Ya no eran los mismos. Ahora sabían que la ciencia no es solo para exámenes. Es para entender la vida. Para sobrevivir. Para volver.

Franco y Carlos prometieron volver algún día, preparados, con el fin de investigar y lograr entender que fue lo que paso con ese objeto realmente y de donde venía.


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