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Por Macaria España

Celaya, Guanajuato, 01 de marzo de 2022 [02:21 GMT-5] (Neotraba)

El Cristos poseía un prontuario digno de un récord mundial para delincuentes. Entradas y salidas casi diarias de la cárcel por delitos aparentemente menores: robo a casa habitación, robo a transeúnte, robo de vehículo, daño en propiedad privada, lesiones menores, todo un estuche de porquerías.

Cuando llegué a Yita, justo a la colonia Las Torres, noté que no estaba muy cambiada la zona, lo único que se habían anexado eran las vialidades más modernas en sus alrededores, ya que era una zona industrial había que trasladarse de manera más eficiente. Las tripas se me revolvieron por los recuerdos. El lugar donde había quedado tendido mi padre ahora era parte del estacionamiento de un supermercado. Ya no existía la cruz de mosaico que habíamos puesto tras su fallecimiento.

Fue fácil ubicar la casa del Cristos, seguía exactamente igual que hacía más de una década, enjarrada de la fachada, lo que le daba un toque lúgubre y descuidado. Me asomé por las ventanas para observar si había movimientos, no ubicaba bien los interiores porque las cortinas no dejaban ver bien hacia dentro.

De repente el Cristos salió por la puerta. Saqué La Verga y me le paré enfrente. Él estaba desconcertado, pero pude ver que me reconoció.

—¡Métete a la casa! Rápido antes de que te vuele la mierda que tienes por cabeza —ordené y el Cristos obedeció sin rechistar.

Ya dentro del sitio pude observar que la miseria humana se refleja en donde habitamos: basura por todos lados, latas de cerveza tiradas en el piso, platos regados por el espacio donde iba la cocina, el penetrante y característico olor a mugre.

Portada de Banana Street, de Macaria España
Portada de Banana Street, de Macaria España

—Hagamos esto rápido porque tengo otra cita. ¡Por qué me violaste siendo casi una niña, hijo de cien mil pitos!

El Cristos sonrió de lado.

—¡No mames, morra! ¿Estás así por eso? Deberías darme las gracias que te desquintó el Cristos y no cualquier otro pendejo, otro nahual cualquiera.

La sangre estaba bullendo en mi cuerpo, no podía creer la desfachatez del tipo. Apreté La Verga con fuerza, no iba a poder contenerme.

—¡A ver pendejo, cómo mierdas te explico que me desgraciaste la vida, no sólo me violaste, también mataste a mi hermano e indirectamente, por tu maldita culpa, el Juancamaney mató a mi padre! ¿Qué te hicimos para que nos chingaras?

El Cristos se dejó caer pesadamente en un destartalado sillón mientras emitía una risa burlona. No dudé en meterle un balazo en medio de las piernas. Gritó como marrano siendo castrado, después se calló.

—Dime, ¿por qué mataste a mi hermano? —pregunté de nuevo, no obtuve respuesta. Me acerqué al sillón donde el Cristos se había sentado. Estaba muerto. Qué ironía de la vida, un disparo en el pito fue suficiente para matarlo. Ni yo misma esperaba ese desenlace.
—Hasta para morirte fuiste un pendejo. Pero, total, también ya te cargó La Verga en la verga, madafaker.

Caminé rápido para que nadie me viera. Esa escena no había sido planeada de esa manera. Pero el resultado fue positivo y suponía, en el fondo, era kármico. Respiré profundamente y sonreí, la muerte del Cristos era algo semejante a quitarse un gran peso de encima.


Banana Street, novela. Nitro/Press – Instituto de Cultura de Guanajuato, 2020.


Macaria España. Foto cortesía de la autora.

Macaria España. Nació en Celaya en el místico 1980. Se tituló en Periodismo y realizó una Maestría en Artes en la Universidad de Guanajuato. Ha trabajado como reportera, guionista y profesora. Es autora de los libros de cuentos La generación del desencanto (Pictographia Editorial, 2013), Las esquinas del mundo (Ficticia, 2018) y 23 centímetros (BUAP, col. Extra(e)ditados, 2018) que se inscriben dentro de lo que denomina como Dark realistic mexican fantasy. Empedernida K-lover y amante de los gatos, en su tiempo libre le gusta recolectar objetos brillosos y crear contenido para sus múltiples redes sociales. Su libro más reciente es Banana Street en Nitro/Press, durante el año de la pandemia. Foto cortesía de la autora.


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