Ciudad de México, 25 de mayo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 4 minutos

En julio de 2025 se publicó También fui la fosa común de mi materia de Alejandro Paniagua por el sello Dogma Editorial. Agradecemos al autor la posibilidad de publicar estos poemas de un libro con poemas sensibles, desgarradores y violentos: en la misma tesitura del resto de la literatura de Paniagua.

Un arroyo junto al pueblo
Cuando los chiquillos de la calle inhalan cemento,
una pequeña casa se les va formando en las tripas,
en el alma.
Para cuando la lengua no responde
y los ojos les palpitan,
ya son, juntos, un caserío.
Un pueblo que, al ser iluminado por el sol, parece
menos triste.

Los chiquillos duermen debajo de un puente.
Sus cuerpos agitados por el sueño son un río,
un arroyo que vuelve relucientes las piedras,
los deshechos.

Sus pesadillas son peces que nadan deprisa
y, aunque intenten evitarlo,
chocan unos contra otros.
Ciencia ficción
Justo el día de la Candelaria,
mi abuelo paterno –Zenón Arriaga–
se arrancó el rostro y nos reveló que era un androide.
Sus ojos estaban sostenidos por cuatro pernos oxidados,
su exoesqueleto mostraba manchas de óxido y sangre artificial,
lo que había debajo de su nariz era un enorme botón rojo.
Resultó que los puñetazos que el anciano le daba a mi abuela
hasta dejarla irreconocible
y las heridas que le hizo a mi madre en las manos con un machete,
no eran nada más que la ejecución de un programa.
Sus mentiras para meterme dos años al reclusorio Sur
por los papeles de un terreno espurio,
o sus manoseos indecentes durante mi infancia,
eran simplemente ceros, unos y espacios
que se convertían en acciones de una inteligencia artificial.
Las decenas de disculpas que espetaba como una letanía,
luego de eyacular entre mis piernas,
eran voces moduladas por un reproductor de sonido
ya bastante cascado.
Le grité a mi abuelo: “¡Chatarra, hija de puta!
¡Cachivache de mierda!”.
En la forma como se apagaron despacio
las luces Led en su consola de mando
noté algo muy parecido a la tristeza.
La pasta térmica que se derretía dentro de su procesador
emulaba un llanto cansado,
un gimoteo de una espesura sobrecogedora.
Enseguida arranqué un puñado de cables
amarillos, rojos, azules y negros
de su verdadera “cara”.
Empujé su carcasa de titanio y acero inoxidable por las
escaleras. Las chispas amarillas que arrojaba mi abuelo
encendieron,
y aún hacen arder, mis aborrecimientos.
CFE
Pusimos sobre la cama
los estados de cuenta vencidos:
agua,
luz,
teléfono;
las cartas amenazantes de embargos,
de incautaciones,
de arrestos domiciliarios;
pusimos las cuentas
de las tarjetas de crédito sobregiradas,
sobredimensionadas,
las notificaciones del SAT,
los requerimientos judiciales,
las exigencias feroces
de abandonar la morosidad;
pusimos, en fin,
todas las evidencias de nuestro déficit
y de nuestras miserias
sobre la sábana
e hicimos el amor encima de los papeles.
Quisimos ser la antítesis
de las escenas eróticas de triunfo
en las que dos personas hermosas
tienen sexo encima de un montón de billetes.
Nuestro infortunio no se detuvo.
A ti te empezó la migraña.
Yo perdí la erección.
También en eso fracasamos.
Muñón
Fuimos por mi padre cuando salió del reclusorio.
Lo metieron por asaltar, con una Uzi,
el Elektra de la colonia Niños Héroes.
Pensé que lo vería vestido aún con el uniforme marrón,
pero salió vestido de traje;
su corbata sí era de tono café claro.
Mi madre no dijo nada durante el trayecto.
Se iba mordiendo los labios.
Él, en cambio, nos hizo saber:
“En la cárcel perdí todo:
el poco dinero que me quedaba,
la honra, la posibilidad de ser un buen hombre
y hasta la mano derecha”.
Luego puso su muñón enfrente de mi cara.
Me dio más asco que lástima.
Como siempre fue muy devoto,
se tatuó en la muñeca una corona de espinas.
Pensé que aquella visión parecía un Jesucristo calvo.
En la entrada de casa, mi madre nos anunció temblando:
“Yo no voy a vivir aquí,
se quedan ustedes con su padre”.
Él se puso pálido, se arrancó la corbata,
la hizo una bola y la aventó al piso.
Luego nos dijo a gritos:
“Mi cuerpo cambió,
pero yo soy el mismo hijo de la chingada”.
Entonces levantó el brazo para golpear a mi madre.
Avergonzado, observó su muñón,
comprendió lo ridículo del movimiento.
Al final de su brazo,
ya no había nada con qué lastimar a su esposa.
Porque con el vacío es imposible golpear a otro,
porque la ausencia no puede sacarle sangre a nadie.

Estoy seguro de que mi padre sintió su puño fantasma,
y le dio terror, pude ver el pánico en sus ojos.
Su espíritu se hizo pedazos.
Bajó el muñón, se abrazó a las piernas de mi madre
y se puso a gimotear.
Yo vi de nuevo al Jesucristo calvo.
Entonces sí sentí mucha lástima.
Portada de También fui la fosa común de mi materia de Alejandro Paniagua
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