Estado de México, 21 de mayo de 2026 (Neotraba)

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***
El amor que nadaba hacia ti, cuesta arriba,
como un pez de vivísimos destellos,
flota sin remedio ahora,
por donde fluyen también –revueltas–
las húmedas señales de la inundación:
los grávidos y azulados cuerpos de los ahogados.
***
Muy pronto habrías de saber, Hipólito,
lo que sería dividir tu alma en dos:
tu cuerpo y tu corazón arrojados a los lobos;
desmembrados por súbitos caballos que tiran sin piedad
–ansiosos–, en dirección opuesta.
***
Fingimos valerosamente que el tiempo sobre nosotros no importa.
Fingimos que la edad o la enfermedad son lo de menos.
Fingimos así en cada saludo, en cada abrazo.
Lo cierto es que nos levantamos a diario con gran esfuerzo,
realizamos rituales absurdos frente al espejo,
nos encomendamos a dioses y ángeles distantes. Sin esperanza.
Y nuevamente, haciendo de tripas corazón,
salimos a buscar la vida una vez más,
a lomos de nuestro manso orgullo.
***
Miro a mi padre en su derrota de abatidos ejércitos en retirada.
Con cuánta veneración y temor recorro sus huellas:
no puedo evitarlo por ser de quien son
y por la secreta angustia que convocan en mí
los obsesivos círculos de la historia.
***
Mi padre empezó a derrumbarse un día,
desde la alta quejumbre de sus rodillas.

Y era como el anuncio de una vieja catedral en llamas,
tocando a rebato,
antes de inclinarse entero
para besar el polvo.
***
Me pregunto cómo, de qué retorcido modo,
la conciencia de la derrota se convierte, por un efecto contrario,
en una de las formas espurias del heroísmo,
a tal punto que puede provocarnos un inocultable orgullo.
¿No será acaso que la derrota es en sí misma también
una de las formas menos exploradas de la épica: la épica de la derrota?
¿Cómo explicar, si no es así,
nuestra ancestral admiración por Héctor, el domador de caballos,
y el secreto repudio que sentimos hacia las victoriosas armas de Aquiles.
***
Buscamos respuestas en el pasado individual,
tal como lo hacemos en el tiempo de edades remotas, ya olvidadas.
Hurgamos ahí, esperanzados,
porque creemos que algún día conocimos y perdimos la dicha.
Escarbamos entonces con fruición en el mito personal de la infancia,
para descubrir al final, con la boca amarga,
que nunca hubo tal reino perdido,
que tampoco fuimos felices del todo allá
y que nuestro pasado fue, por duro que sea reconocerlo,
la vida en la caverna, el temor a la ira de fuerzas desatadas,
el miedo constante a ser devorados.
El rumor incomprensible y aterrador de la noche.

*Los poemas aquí presentados pertenecen a Los jardines abandonados (FOEM, 2022).


Félix Suárez (Estado de México). Poeta, ensayista, crítico literario y editor. Maestro en Humanidadespor la Universidad Anáhuac. Estudió el Doctorado en Letras Modernas en la IBERO. Ganador de los premios Nacional de Literatura “José Fuentes Mares”; el Premio Internacional de Poesía“Jaime Sabines”; el Premio Nacional de Poesía Joven “Elías Nandino”. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, árabe, griego y catalán. Como editor, a lo largo de más de treinta años, ha coordinado y preparado para su edición alrededor de 1700 títulos para instancias públicas y privadas. Es autor de una decena de títulos de poesía y ensayo; los más recientes son: Los jardines abandonados; ¿Hubo esta vida o la inventé?; Nada nos volverá a la dicha. Nuevos poemas escogidos, 1984-2024.


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