Puebla, México, 20 de mayo de 2026 (Neotraba)

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Algún día, bailaremos todos en el patio como fantasmas,

y sonará así: https://youtu.be/ATiyfLLC12Y?list=RDATiyfLLC12Y

Yo empecé en esto porque en 2019 tenía la idea de ser el siguiente rockstar de las letras mexicanas, en ese entonces, claro está, no sabía nada de la literatura y estaba mareado por el humo del Boom. Incluso, ahora desde la distancia de casi siete años, me doy cuenta que apuntaba a ser una pluma molotov en Neotraba. “Educación sin escuela”, escribí.

En estos últimos días ha rondado el fondo de mis notas, como un depredador que espera la noche, la idea de hacer un compendio de correcciones a lo que he escrito, y entre toda la labor que aquello puede implicar, aunado a un par de conversaciones que he tenido en las últimas semanas, las cosas que he observado y rumiado en el camión, pienso en Neotraba y en José Emilio Pacheco.

Recuerdo ya haber escrito algo al respecto, lo llame: la nostalgia de algo que no vinimos, o algo así. El punto es, lo que hace especial a la literatura como la de José Emilio Pacheco, a quién uso como estandarte pues, para mí, es el non plus ultra del estilo, es que como lectores nos obliga a asumir el papel de un exiliado, y por ello crea una densa capa de nostalgia urbana. En ese mismo aspecto, he pensado en Neotraba como una de estas vecindades oníricas en que residen fragmentos de memoria.

La analogía no es compleja de comprender, a decir verdad: todos tenemos un espacio en el edificio, que además como buen poblano, lo imagino como una casona de centro histórico, y cada departamento hospeda personajes distintos y complejos por sí mismos. Quien no supiera leer con cuidado diría que cada inquilino es el protagonista del edificio. Compartimos paredes pero nos llenamos de cosas muy dispersas para combatir la urbanidad gris y correcta que nos rodea, y entre las macetas hay poesía, en las rejas crecen las reseñas, las cortinas van bordadas de opiniones, de Lenon, de Tepito y de ocasionales tahúres que reposan en la fuente del patio. Y así, como AirBnB,mata la ocupación habitacional orgánica, la inmediatez del mundo amenaza con llevarse este pedazo de humanidad entre opiniones masivas y enlatadas.

¿Cuándo fue la última vez que una revista digital de cultura fue el ojo de un huracán mediático? ¿Cuándo fue la última vez que abrimos un periódico para cartearse con un columnista? ¿Son los booktoks una forma real de sustituir esto? Son preguntas que parecen hechas por alguien mucho mayor que yo, y quizá deba ser así, no por la pretensión de creerme mejor, sino porque la posmodernidad debe tomarse en serio su papel de revisionar el pasado.

Durante el mundo antes de las redes sociales, los medios masivos necesitaban de la participación del receptor para tomar una postura de consumo y la dinámica era un sistema que constantemente obtenía una respuesta. Por eso no es extraño encontrar la figura del rockstar en todos los medios de difusión masiva: televisión, radio, cine, música, periódicos y cualquier medio escrito. Básicamente porque el mundo era imposible entenderlo lejos del dialogismo. Pero ahora, en la sombra del internet muerto, es complicado definir hacia dónde va el contenido cultural.

Lo más simple sería decir que todo el contenido se diseña con el fin único de ser polémico, y que por ello todo el contenido gira en torno a cualquier recurso que mantenga la atención de sus espectadores el mayor tiempo posible pero, como todo, esta respuesta tiene matices. Entendamos por “polémica” como un recurso que ha existido siempre en el diseño de contenido, que nace de la necesidad humana de satisfacer la curiosidad y pertenecer a un grupo: si un programa de televisión tiene una polémica, garantiza que la audiencia tome la iniciativa de investigar más sobre el problema y tomar una postura respecto a los involucrados. Tomar la polémica como el margen de diseño absoluto de todo lo que consumimos da por sentado que todo el contenido que se produce es material de consumo, pero si yo hago un stream improvisado en Twitch, no juntaré ni tres personas. Para que la polémica sea un margen de diseño, el material debe ser masivo desde el comienzo, y eso hace que el material cultural, en crisis desde que nació, no funcione de la misma forma que La Casa de los Famosos –y es un alivio que así sea.

La realidad es que, en este mundo, cada vez más jodidamente cyberpunk, el contenido no está diseñado para ser polémico sino, y aunque suene triste pensarlo así, para que sea visible. Por eso las preguntas del principio: el fenómeno que era mantener correspondencia entre autor y lector, llegar a clases y platicar del programa de anoche, sintonizar religiosamente un programa de radio, son cosas que nunca me arrebató la posmodernidad porque nunca me tocó pero que ahora, con la misma nostalgia urbana con la que miro el infinito D.F. de Pacheco, me parecen un buen punto para empezar de nuevo.

Creo que, como habitantes del internet, es nuestra responsabilidad jugar el papel de la colonia incómoda para una inmobiliaria, y escribir, y consumir, y participar, y grafitear calacas chidas, y escribir de la relación del narco con el gobierno, pero también hablar de la ternura que un gato camina sobre el techo. Meternos al departamento de la gente con un surtido rico, con una mano leer a Borges y con la otra cambiarle al Pumas vs. Pachuca –como diría el fumador de Taibo. Como inquilino de un edificio como Neotraba, creo que es momento de recuperar la democracia del espacio recreativo, no solo porque aquello sería extender el silencio de una máquina, sino de mano en mano: piratear cultura para producir cultura, evadir el aislamiento de la propiedad y volver a la razón dialógica del hábito de escribir.

Esta columna es una invitación a tomar consciencia de parte en parte de nuestros hábitos de consumo cultural, despertar nuestra curiosidad más allá del morbo y por un genuino interés, y una invitación al resto de inquilinos a hablar desde nuestros cachos de pared, un manifiesto, si quiere darle un nombre elegante, sobre las vecindades digitales. Por lo que, si ha llegado a este punto de la columna, el primer paso es meternos a un departamento para hablar con el ocupante, y usaré un buzón que desde hace mucho no hace más que guardar polvo y muchas anécdotas de cómo era el mundo durante la pandemia, si quiere hablar sobre lo dicho en esta columna o cualquier otra, o quiere proponer un tema, o me quiere mentar la madre, dejo a su alcance el siguiente correo: laespiralpodcast@gmail.com.

Y trataré de agregar una sección dentro de mi propia sección, en las columnas, una forma de plantear conversación con el resto de inquilinos. Iremos de a poco, pero con la meta clara: recuperar nuestra participación en la conversación cultural.

Que le jodan al consumo automatizado, a la I.A. y al mundo que cabe en un tiktok.


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