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Por Carlos Bortoni (@_bortoni)

Ciudad de México, 18 de agosto de 2022 [00:02 GMT-5] (Neotraba)

La mujer rompió la tranquilidad de la espera cuando empezó a recargarse con todo su peso contra el respaldo del asiento al mismo tiempo que intentaba explicar –en algo que claramente no era castellano– a los pasajeros que estaban sentados detrás de ella, que si el respaldo se reclinaba tanto era porque estaba vencido y no porque ella así lo quisiera. Sus interlocutores, más preocupados por reaccionar que por lo que la mujer intentaba decirles, esgrimían respuestas con la esperanza de que la mujer dejara de aventar su cuerpo en contra del respaldo. Para recostar el respaldo hay que apretar el botón que se encuentra en uno de los brazos del asiento –le decían en franco castellano y señalaban el lugar donde estaba el botón. La mujer negaba con la cabeza mientras les decía que no y seguía empujando el asiento. Si necesita llamar a la sobrecargo el botón está arriba de usted –ensayaban como respuesta alterna los pasajeros acosados por la preocupación de la mujer que recargaba, sin descanso, su cuerpo contra el respaldo del asiento. Ella volvía a decirles que no e insistía con su fallida demostración. Desde mi lugar, dos asientos a la derecha de la mujer del respaldo vencido, justo cruzando el pasillo, a escaso metro y medio de distancia, la situación contribuía a que el tiempo de espera, para que le asignaran pista al avión y poder despegar, fuera menos tedioso. Después de un rato, la mujer se resignó a que no la entendieran, dijo una última palabra que acompañó con un ademán que invitaba a olvidar lo sucedido y dejó de recargarse con fuerza en contra del respaldo. La pareja que estaba sentada detrás de ella intentó responder algo, pero no alcanzó a articularlo. A partir de entonces, todo volvió a la monótona tranquilidad de la espera.


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