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Puebla, México, 30 de junio de 2025 (Neotraba)

Incluso la historia de los traidores es un mito. Y quizá antes de tocar la literatura, debamos explorar los históricos: https://youtu.be/4HdEjBAV4N0

Hace poco, durante mi inquietud con los haikús, llegué a la mitología[1] hindú tras jalar un hilo extraño en el tapiz. No sabría explicar exactamente cómo fue. A decir verdad, indagar en la tradición literaria de epistemes diferentes al propio, se parece más a explorar una selva que a ir a una biblioteca. Y de las muchas estructuras y familiares lejanos a la tradición del haiku en Asia, me hallaba de pronto ante la Mahabharata.

De las muchas cosas que puedo decir al respecto, es que tratar de describir la obra es jugar a agrupar cosas. Este texto épico y mitológico junto a las Vedas, son pilares en la explicación y presentación del mundo. Cada una de las máscaras en sus dioses, todas las calamidades debajo de sus dientes. La Mahabharata cae más en lo que hoy en día parecería una novela política.

Una historia para enumerar las relaciones de los pueblos, las personas que conforman esos pueblos. Ganesha, figura de la mitología hindú que me encanta, es el escriba del poema. La única condición es que después de ser transcrita, la épica debe ser leída en un solo aliento.

La condición tiene más sentido, si consideramos que hacia el final del poema cambia el tono épico por uno apocalíptico. Casi profético. Como si tras recitar el poema, éste funcionara como una sentencia irrevocable. Leerlo en un solo aliento es imposible, y por tanto esta condena no puede ser dictada. Ganesha, la escriba y la figura de la sabiduría, burla así la muerte.

Para entender por qué algo así sería contado en primer lugar, debemos entender que un mito no pretende explicar cosas, sino comprenderlas. Abstraerlas al punto de convertirlas en el material de otras formas del pensamiento. El mito, antes que nada, es tradición. Y como tal se propaga.

La misma historia sucede en medio oriente. Canten, oh musas, la cólera del pélida Aquiles. Aquí no hay un escriba, porque aquello no correspondía con la realidad homérica, pero si un relato de los muchos relatos de origen en este violento pedazo del mundo antiguo. Siempre nos contamos cosas. Siempre volteamos a ver una dimensión extra-humana. Y todo para hacer de ellos un teatro. Una obra tragicómica de lo que ante nosotros es la realidad. No es sorpresa que la mayoría de dioses del mundo antiguo tengan actitudes humanas; todos son la caricatura de la sociedad que clama su nombre. Vanidad, ira, lujuria, celos, mentiras, todas acciones tan humanas, que los dioses las imitan.

Podría llenar el resto de la columna ejemplificando la infinidad de mitos griegos y romanos para explicarlo. Pero todo sería para llegar al mismo punto: el mundo se cuenta varias veces, y todas las veces es una mentira.

Si un griego de Platea en medio de las guerras médicas, hubiera escuchado la Eneida, donde Urano-Zeus es un Dios que sólo se asegura que un evento se cumpla, habría chocado con su idea del Dios regente. Porque, aunque ambas versiones del Dios, lo reconocen como una figura de poder, no es la misma forma en la que ejercen su poder en sus mitos correspondientes.

¿Urano deja de ser poderoso por mantener el orden? ¿Zeus es más débil al demostrar su dominio entre los hombres? No. Porque ambos mitos, mienten. Vuelve a la condición de un mito; no pretenden explicar si un Dios es más poderoso por lo que hace o no hace, pretende presentar la forma en que el poder interactúa con el hombre.

Para los latinos y romanos, el poder era más diplomático antes que bélico[2]. Para los griegos, el poder era manifestado en la fuerza y el control. Ambos presentan el mismo fenómeno; el poder. Pero si supieran de los mitos en oriente próximo y lejano oriente, donde el poder es una constante negociación, o los mitos en América donde el poder está en la capacidad de un pueblo a sobreponerse a la naturaleza, sus mitos no tendrían sentido. Todos los mitos mienten. Pero no porque sea su intención, sino porque no pueden –ni deben[3]– explicar todas las realidades posibles.

Un mito presenta la realidad más grande. Y de los mitos que parten de un mito es que caben los matices. Así es como podemos entender líneas de argumento tan largas e intrincadas como pasar de la titanomaquia a la historia de Teseo. Todo es un sólo mito alargado por el capricho de saberlo todo. A veces así parece ser toda la historia de la humanidad, un epílogo infinito.

En la facultad un profesor nos quiso enseñar sobre la intermedialidad en la poesía. En este semestre tan accidentado y estéril. Y nos mostró una especie de documental, el tema: todo es un remix. Y no es que sea precisamente el hilo negro. Es algo que se puede rastrear en la academia literaria hasta el formalismo ruso. Toda historia ha sido contada al menos una vez.

En esta historia de líneas tangentes, es imposible no tocar los mismos puntos después de un tiempo. Revisitarnos a nosotros mismos como exploradores ajenos al mundo, y juzgarnos para volvernos a sentar en círculo, y escuchar de nuevo y mejor cómo ha empezado el mundo.

Muchos de los movimientos estéticos y filosóficos más importantes de la humanidad nacen de esa revisión constante de afirmar, poner en duda o negar un mito anterior. Comprendernos desde el espejo ha hecho de este mundo lo que es y lo que parece, un sátiro que en su reflejo descubre el cielo detrás de sí. Y les pone nombre a las estrellas. Hasta caer dormido, y olvidar el nombre de las constelaciones, hacerse viejo y volver al agua para empezar de nuevo.

Vale la pena ubicarse en el sistema de hilos que nos posee. Saber qué mito nos contamos para poder juzgarlo, afirmarlo, negarlo o plantearnos dudas respecto a él. Reconocer que no somos más que objetos en colisión constante los unos con los otros. Otra mancha en el cuero de un palimpsesto enorme. Y sobre todo ahora.

La actualidad me recuerda a Ilíada –podría ser que toda existencia ha sido tejida en el abandono de Penélope. Pero también a pedazos de la Anábasis. La gente siendo el instrumento de reyes y dioses, que en el mejor de los casos se han perdido en el desierto o visto su reino caer en pequeñas derrotas. La de profetas a los que no les cree nadie. Este mito posmoderno fue en algún momento la crítica más feroz de la historia de la humanidad, y ahora no es más que la iteración de todos sus errores.

El mundo actual parece haber sido macerado mucho tiempo por la visión de un grupo que sólo ha cambiado de nombre. El mundo acabó con la primera bomba atómica como dijo Paz. Y en 80 años el mundo ha atravesado todas sus etapas desde que algún sumerio pensó en poner lo que decía en una tablilla de barro. Avanzamos incontables años de existencia humana en ocho décadas mal repartidas, y mal pensadas para continuar la una y la otra. Al punto de generar un cebo de nostalgia que a nadie le corresponde. Sólo que nos mentimos para pensar que estamos en el borde de la cúspide. Y que después de nosotros no hay nada más. Un juicio final artificial, ya sin Dios ni un infierno, un sentido de que algo así exista. Sólo el paso del tiempo en este yermo.

De cierta forma Comala es un gran mito para explicar esto. Un pueblo entero que parece haber vivido una inmensidad de tiempo antes del tiempo, y que es reducido a ser un campo vacío en el que muere Juan Preciado. Macondo es el mito latinoamericano por excelencia. El de muchos que son presa del actuar de pocos, y de cosas tan dispersas que al juntarse arremolinan nombres y empresas bananeras para dar paso a una historia que fue adivinada mucho tiempo antes de los grandes héroes y revoluciones. Macondo es, en efecto, el ejemplo más grande sobre lo dicho en esta columna. El mito que recuenta muchos mitos.

Y si bien describo así la actualidad, nunca sobra preguntarse qué mito nos contamos los unos a los otros. Si nos preguntamos cosas al contarlo. Si negamos algo cuando nos lo cuentan. Si afirmamos algo cuando lo contamos de nuevo. ¿De qué materia se compone Babel, y por qué hemos decidido que así sea?


[1] Durante la redacción no sabía si usar la palabra “religión” o “mitología”. Opté por la segunda puesto que, si bien sé que se trata del fundamento en la fé de muchas personas, yo leo sus relatos, mitos y leyendas, como quién lee las crónicas de un periodico.

[2] Con muchos casos de excepción, todos igual de sangrientos e innecesarios, pero al menos los pueblos romanos y latinos no eran tan sanguinarios cuando apenas se asentaban en la península itálica.

[3] Además de ser una tarea inútil, es imposible. El silencio es parte de una conversación, y también de todo relato. Nos guste o no.


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