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Por Camila R. H.

Puebla, México, 2 de julio de 2023 [00:10 GMT-6] (Neotraba)

El sol le da un descanso a su vista, escondiéndose detrás de los cúmulos de tierra cerca del horizonte. Se va más lejos de lo que puede ver y mientras lo hace, la luz a su alrededor se vuelve naranja. Cálida, hogareña, tranquila. Despierta en su interior cierta energía que se reserva para el final del día, mantiene los ojos bien abiertos y las orejas despejadas porque así percibe cada brisa cuando remueve las hojas de las plantas, separándola del sonido que producen las alas al romper el aire.

Los pájaros vuelven a casa, se agrupan, se detienen a retomar energía y observar el cielo. Los ve, uno a uno, distingue el color de cada pluma y se hipnotiza con el movimiento de cabeza cuando la inclinan para después agitarse, dejando caer un montón de ácaros. Es su pequeña tormenta, se despistan en gestos, cantos y jornadas de vuelos eternos.

Observa, inmóvil, la inmensidad del cielo porque envidia la libertad –relativa– de sus emplumados enemigos. Esa capacidad suya de rebasar a las nubes con ayuda de su naturaleza aerodinámica y sus plumas engrasadas.

El aire es liviano hoy, acarrea sus plumas con gracia. Y a mitad del vuelo, en esa frenética vuelta a casa, uno de ellos deja como recuerdo una pluma. Ondea por las corrientes, esquiva las hojas y evita quedarse atorada en los mecates para aterrizar frente a ella, es café, aunque no podría señalar exactamente de qué tono en un catálogo de colores. También trae consigo un olor curioso, entre rama de árbol, corteza y tierra mojada.

La esencia misma de un pájaro.

Entrecierra los ojos, esa pluma le parece (con toda razón) un insulto. Una acción deliberada de ese pájaro cualquiera por demostrarle su cautiverio. Agudiza el sentido del olfato, moviendo la nariz de un lado otro con la cabeza elevada. Una serie de píos armonizan la huida del sol y las hojas esconden aleteos sigilosos de escape. Capta cada uno de ellos, las líneas de su rostro ya no son sólo patrones genéticos, son declaraciones de guerra. Aferra la punta de los dedos al suelo para tener un mejor agarre.

Un último llamado hace eco entre las corrientes de aire. Un gruñido (distinto a cualquier otro) resuena atrapado en los colmillos delanteros, se asoman por el borde del labio y el gesto arruga las líneas de su nariz. Lo siguiente es el salto, un impulso ingrávido hacia enfrente y el despliegue de las garras al mismo tiempo. La exactitud de los músculos al estirarse, el chasquido de las alas contra el pelaje, es violento y rápido, fugaz, un momento, quizá dos, pero no más. Y las alas se estampan con desesperación victimaria, silenciadas enseguida por un par afilado de colmillos, por la calidad determinante de una mandíbula al cerrarse sobre un cuello angosto, recubierto de plumas que saben a ácaro, a tierra, a humedad y, sobre todo, a cielo.

Esa voz acallada pronto se reemplaza, el tempo es recuperado, el atardecer sigue piando y treinta gramos pesan lo justo dentro del hocico de la gata color arena. Los colmillos están tan enterrados que obstruyen el flujo de sangre. Dentro de esa trompa no es nada más que un juguete con olor a gloria, con la cabeza colgando por el borde del labio y los huesos reajustándose a esa nueva noción de haber sido cazados, por lo tanto, claro, de estar muertos. El cuerpo inerte deja un rastro de plumas finas mientras pasa de pata a pata como en un juego de pinball. Los ojos feroces de pupilas dilatadas consumen la imagen con diversión, balanceando el peso con gracia. La muerte no es, ahora mismo, ni tenebrosa ni oscura. Es un momento de luz naranja, cálida, hogareña. Y mientras ella decide si quiere desplumar el cadáver, su hermano (de bigotes largos y blancos y panza aguada) se devora un filete de pescado servido a cucharadas, bien cocido y blandito.


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