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Por Camila R. H.

Puebla, México, 19 de julio de 2020 [00:01 GMT-5] (Neotraba)

Las manos intranquilas, la mirada en el techo, los pies fríos y la mente divagando, mientras, en un ciclo eterno mis pulmones se inflan y se desinflan. Incansables.

Aunque sólo a medias, porque hay veces, como los inviernos en que el clima helado casi los congela, donde su trabajo se ve impedido: hacen que cada aliento duela, que cada pequeña respiración ocasione un silbido extraño. Una crisis asmática, que me hace recordar lo fácil que es respirar, lo acostumbrados que estamos a ello.

Y no poder hacerlo es desesperante, como querer gritar pero no tener voz, la sensación que te oprime el pecho y te marea. Piensa que la única forma de resolverlo es una dosis de Salbutamol que te provoca taquicardia a cambio de devolverte el aliento. Sin dudarlo presionas el inhalador e intentas, lo mejor que puedes, consumir todo el polvo, de una gran bocanada. Pero con los pulmones congestionados la grandeza tiene un límite: cuando llegas a él sientes como si te estrujaran, duele.

Saber que esa presión podría volver en cualquier momento es atemorizante, porque necesito respirar, lo hago siempre. Es una rutina y tener asma me recuerda que existe. Ese sentimiento es parecido al ruido constante de un refrigerador viejo, ese que sólo notas cuando deja de sonar. Mismo que te hace saber que algo va mal, porque alterar un ciclo siempre es una mala idea.

Nunca aprecié tanto respirar como cuando no podía hacerlo.

La sensación de mis pulmones colapsando era similar a meter la cabeza en un balde de agua fría, cuando estás a punto de ahogarte. Pero imagina que no puedes sacar la cabeza e inhalar, desesperado, no puedes inhalar suficiente aire. Es frustrante, tu cuerpo no volverá a funcionar de la misma forma y por eso los meses siguientes te pones bufanda hasta en primavera y duermes con cuatro cobijas. No suena nada bien, ¿verdad?

Porque si algo sé es que jamás me he sentido peor que cuando para respirar medianamente bien tenía que hacer nebulizaciones cada noche. Sentir el vapor de una mezcla que me empaña los lentes y me hace llorar los ojos, espero que haga efecto el tiempo suficiente para darme alivio mientras duermo.

Cuando mis pulmones rogaban por oxígeno yo intentaba mantener la calma; probablemente había caminado sólo diez pasos, pero se sentía como un maratón. Uno en el que yo iba perdiendo. Inhalaba y exhalaba, con agotamiento y sé que no me veía bien, pero tampoco tenía ganas de hacerlo.

Dejo el recuerdo de lado y siento el aire escapar entre mis labios, para volver a entrar por mi nariz. Así todo el día, todo el tiempo, trabajo de tiempo completo.

El gato que está a mi lado suspira, sus pequeños pulmones también trabajan, su nariz rosada se arruga cuando olfatea con interés el aire, su pecho también se infla y me resulta tan frágil. ¿Así seré yo? Seguramente.

El reflejo de su fragilidad me dirige a la mía, su pequeñez hace que yo me encoja de miedo. Porque si mis ojos lo ven así, ¿habrá ojos que me vean igual a mí? Debo decir que sí. Ser débil no parece una buena cualidad y aún así me aferro a ella, se ha instalado en el fondo de mi pecho, como un grito que lucha por salir aunque no sea lo suficientemente fuerte.

Cuando pongo mi mano sobre sus costillas puedo sentir otro suspiro tambaleante. Le desagrada el contacto pero me lo permite, hasta la siguiente respiración, donde me mira y se mueve, incómodo. Lo dejo respirar en paz.

Me recuerda a mí cuando se estremece al contacto, tímido, asustado. No lo necesita el, no lo quiere. Lo único que veo en sus ojos azules es pánico que podría desatarse en cualquier momento, de cualquier forma. Y sé que así luzco yo, más a menudo de lo que me gustaría.

Suspiro, luego cierro los ojos. Tal vez sea hora de dormir y seguir haciéndolo, porque no quiero morir. Pero ahora lo dejo todo en piloto automático, esa es la forma en que el oxígeno entra a mi cuerpo cuando yo no lo controlo, es maravilloso. Y de nuevo algo que no solemos cuestionar, ¿tan malo es acostumbrarse?

Yo suelo hacerlo, amoldarme al tiempo y dejar que este se diluya, como si no me importara perderlo en pequeñeces. Hacer lo mismo cada día es en realidad una forma de desperdiciarlo, porque el que los días sean iguales implica que nunca voy a hacer nada nuevo. Respiraré cada día en el mismo lugar y, tal vez, en algún momento, llegue a molestarme.

Por la mañana despertaré con alergias, lo cual significa que mi nariz estará congestionada. Ese problema decido dejarlo en manos de mi yo del futuro y me duermo.


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