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Por Camila R. H.

Puebla, México, 19 de mayo de 2022 [00:00 GMT-5] (Neotraba)

¿Existe algo peor que un día lluvioso? Sí, obviamente: un día lluvioso de funeral. Gotitas frías se acumulan en su cabello y le escurren por la nariz, cayendo directas al pasto descuidado del cementerio. Se pregunta, como todos los demás, si estará llorando. La melancolía de un suceso que acaba de pasar es ahora su sello personal.

Qué cosa tan atroz es la muerte. Siempre un paso por delante, nunca disponible emocionalmente para perdonar vidas y, por cómo se ven las cosas, una gran aficionada del café de mala calidad. Porque sí, los funerales son el peor evento social, pero ¿la comida debe ser así de terrible?

Además, debería haber alguna prohibición en contra de las conchas como el pan estándar para despedir a un muerto. Sin miedo a ser exagerada puede afirmar que no hay peor pan.

No hay peor nada. Esto es lo peor, todo esto.

La ropa se le seca disparejamente cuando, con ese mismo propósito, se para junto al calentador eléctrico. Escucha su ciclo de encendido, al principio rechina, al final amenaza con causar un corto. Tan aterrador e irónicamente acorde a la ambientación tétrica de sus ropajes oscuros y el aire cargado de luto.

El último pedazo de su concha de chocolate es un reto personal. Lo engulle y se lo baja, lamentablemente, con un trago del café desabrido. Entonces se otorga el privilegio de hartarse; ya no puede seguir imaginando a la muerte. Ni quiere.

Está en un tipo de película de terror mala, donde el único recurso de susto son marionetas de caras horribles apareciendo en la pantalla sin previo aviso. Así se siente la muerte, pisándole la cola del vestido negro, apareciéndose frente a sus ojos opacos.

Sube las escaleras a base de pisotones para anunciar su presencia. La funeraria le responde con crujidos poco amables. Todo apesta a incienso y a muerte.

Se mete al baño y se sienta sobre la tapa del inodoro. La funeraria funciona también como una casa, de esas antiguas con paredes altas y ventanas estrechas. Incluso tiene una bañera en lugar de regadera, como si una doncella de cuento viviera ahí.

Ya no se aguanta ni a sí misma de tanto estar pensando. —¿Quién habrá aceptado vivir en una casa de muertos? —pregunta al aire, en la confidencia del baño solitario.

—Tal vez los muertos —le responde el baño.
—Santo infierno —maldice, como quien acaba de rezar un par de rosarios—. Una creería que los muertos tienen más educación.
—Ah, no soy un muerto —una cabeza asoma por encima del borde de la bañera, esa es la voz del baño y tiene el cabello rosa chillón—. Pero si vivo aquí, quizás sea un fantasma.
—No, no tienes aura de fantasma —le responde, tranquila en su cómodo asiento antihigiénico—. Aunque sí de imbécil.
—¿Cómo es un aura de fantasma? —pregunta, de un lado su cabeza, del otro sus pies sin zapatos—. Espera, ¿estás de luto? Disculpa mi imbecilidad, te ofrezco mi más sentido pésame —dice, con su evidente ironía y su agraciada burla.
—Pregúntaselo a buzzfeed, pero te voy diciendo que no encajas en ningún arquetipo de ser del inframundo semitransparente.
—¿Entonces tú sí? —devuelve, con una ceja por encima del nivel normal para las cejas.
—Sí, por supuesto —saca el celular de entre el suéter y el vestido—. Mira, según buzzfeed mi aura fantasmagórica es de “flamante homosexual”.
—Uhm —exclama, leyendo la descripción del quizz—. No sé por qué, pero se ve apropiado. ¿Lo compartiste en Facebook?

La voz del baño no sólo tiene cabeza y pies con calcetines dispares, también tiene el resto del cuerpo; se lo muestra parándose. Es un foco rosa neón que desentona con la casa antigua y el cadáver del piso de abajo.

—Sí, lo compartí —responde al final.
—Ah, ¿y cómo te busco? Así te demuestro mi naturaleza fantasmal
.

Le sonríe. Si está coqueteando, no es nada discreta y, si no está coqueteando, es una total cretina, después de todo siguen en un funeral. La muerte de su madre no es precisamente la excusa ideal para ligar con alguien.

—Déjame apostar —pide, mirándola a los ojos—, porque de seguro te sale “flamante homosexual”.
—Mírate, una charla en el baño de mi casa y ya vas por ahí llamándome gay —al sonreír se le hacen hoyuelos.
—Tengo pase para ser una maleducada, se murió mi mamá.


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