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Por L. Carlos Sánchez

Hermosillo, Sonora, 5 de mayo de 2022 [00:30 GMT-5] (Neotraba)

El canto es el vehículo más óptimo para decir. Las historias y las emociones que convergen, acontecimientos cotidianos. Se canta desde el corrido el suceso aquel que permanece en la memoria como un ícono en el recuerdo. Se canta la desdicha. Al son de guitarras o a capela.

Se canta en las banquetas, en el shawer, en la más imprevista reunión con la raza. Puede ser mientras se entonan las cervezas, o en seco. A veces con el rasgueo de una guitarra, en ocasiones con el único instrumento indispensable: la garganta, ante la más íntima humedad que desciende desde el pecho hacia la panza.

Existen esas agrupaciones que interpretan en escenarios concurridos, las palmas para los del bell canto. Tenemos a los guitarreros de las plazas que pacientes esperan por la llegada del más impulsivo enamorado, tenemos también los indispensables taca taca, en cantinas, con pescado frito.

Así el trajín, desde el deseo de cantar. Hace unos días (en ese lugar ícono de la intelectualidad, de los parroquianos, la diversidad que existe), el underground Pluma Blanca (aquí me quedo) ocurrió el más libertario de los cantos.

Ante nosotros que no fuimos tantos, pero sí atentos, privilegiados por la destreza y el repertorio de los cantantes. Allí o aquí, en la nocturnidad de una caguama corona, el trago light de una pacífico en cuartito.

Guitarra en mano: Heriberto Duarte y Carmina Robles, por orden de aparición. Heriberto Con un flow que contamina. Ese acto desde el impulso al contar sus versos en el estruendo armónico. “Me lo dijo un amigo que está bien metido en esto”.

Carmina Robles, la más sutil y potente de las voces, con iluminación tenue, con rolas desde su autoría, luego los covers que fueron sorpresa. Desde los versos más profundos hasta las estrofas esas que todos aprendimos desde una radio en el patio. “A mi playa nadie viene / estoy solo frente al mar…” El recuento de las compañías donde no estabas tú / sí estabas tú.

Con la energía que se desborda, con la firme y clara convicción de que el único deseo urgente es cantar. En el lugar más random de Hermosillo, Carmina Robles, dixit. Y es un perro que también corresponde a la convocatoria, inherente. Y con los gritos de parroquianos, la banda que se emociona y cuestiona: ¿A poco es que tú cantas?

Porque Carmina y Heriberto son la banda, el barrio, y acuden a la barra del Pluma a tiro por viaje. Entonces ya en el escenario, la impresión inevitable, porque la grandeza en su entrega tiene la textura de lo increíble.

En el sonido de la lira, los acordes que son búsqueda cuasi infinita. Los versos bonitos como el filo de la navaja que desgarra acontecimientos a veces románticos, por momentos lúdicos y desgarradores. En el andamiaje más desprovisto de pretensiones, al cómo caiga y donde te agarre espectador, en el tránsito hacia el baño, con el grito que parecería ser parte del guion: “Otra caguama”.

El privilegio que es fortuna: por estar allí, ser testigo de un concierto que pudiera ser también en el más prestigiado de los foros, porque el nivel es magnánimo, porque la entrega es honesta. En mi consuetudinario escuchar rolas de aquí y de allá, puedo decir que la tesitura interpretativa se empareja con los más grandes roleros, al tú por tú de un Bob Dylan o un Rodrigo González, la Amparo Ochoa o Nina Galindo. Y no exagero. Cada quién en su búsqueda personal, el refrendo del canto inmenso cuando se ejerce con alta pasión. Créanme lo que digo, porque lo viví de frente.

Quiero decir también que la juventud irriga deseo. Que a las ideas no se le cooptan, sino al contrario, se enfundan entonces en su lira, amarran el sonido y un micro, se adhieren al espacio y los cerveceantes nos llenamos de júbilo ante las preguntas de rigor: ¿Qué hace un perro en la cantina, escuchando atento? ¿Cuántas historias se dibujan en las paredes y en los versos que los roleros comparten?

Lo más impresionante de estos mis últimos días lo he vivido allí, en esa generosidad de los que cantaron en el Pluma Blanca. ¿En qué lugar puede habitar más poesía que en una cantina?


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