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Por Karime Montesinos (@krmxnt)

Puebla, México, 09 de marzo de 2021 [01:15 GMT-6] (Neotraba)

Para mamá, deseándole que se recupere pronto.

Odio los campamentos: todos los que se relacionen con llenarte los ojos de ceniza de la fogata y risas mientras derrites bombones, pero con un vacío extraño en la noche. Los que tengan que ver con la familia, en general.

Los campamentos siempre me han parecido extraños –desde que nos espantaron estando en uno–, pero el del sábado lo fue aún más.

Acostumbramos a hacerlo en bosques, parques o hasta en playas, pero todos estos lugares están cerrados y es una lástima para mamá, porque ella adora acampar. Siempre que se acerca un fin de año, sugiere lo mismo: tomar un viaje de por lo menos cuatro horas para admirar el olor de las hojas de los árboles y comer pavo bajo la despejada noche, con un frío que hace gemir hasta al viento.

Pero esta vez, mamá estaba harta de la pandemia, del cubrebocas y de que su teléfono no lea su huella digital –porque pasa todo el día lavándose las manos y poniéndose gel antibacterial. Así, decidió hacer su propio campamento, arriba, en el techo. Ella y yo lo planeamos por casi dos semanas para que saliera perfecto: compramos ingredientes, luces solares para adornar y pusimos la casa de campaña roja desde la tarde. Decidimos no poner una fogata, a ella le daba pereza hacerla y yo sugerí que contaminaba más de lo que quisiera.

Comimos, bebimos, cantamos las canciones de 31 minutos que mi sobrina acostumbra a escuchar y bailar.

Mi muñeca me habló. Me dijo cosas que no puedo repetir, porque me habla sólo a mí.

En la velada sonó alrededor de 20 veces y mamá nunca se cansó de cantarla.

Yo comía afuera de la casa de campaña, sin chamarra ni guantes. Ella me aventó una sábana a la cara. Reí inmediatamente.

“Tápate, hace chingos de frío y te vas a morir. Te vas a joder los pulmones.”

Respondí que de todas formas me iba a morir de algo, que no importaba. Me mentó la madre y se enojó un poco conmigo mientras comía su ramen. Luego hizo un puchero como de niña, y vi tanto parecido en ella con mi sobrina pequeña.

La miré y dije que, cuando ella muriera, yo recordaría esos momentos con cariño, que deseaba que no muriera tan pronto como mi abuela y que viviera conmigo cien años más, aunque ella no quisiera. Me mentó la madre de nuevo, y ahí supe que no es más que una niña atrapada en el cuerpo de una mamá grosera y sarcástica, pero de un chingo de carácter. Actúa como mi hermano cuando no le sirvo la chingada gelatina en las mañanas, o cuando uno le dice que se esté quieto.

La alegré un poco con unos bombones derretidos en la estufa y le serví más ramen. Cuando terminó de comer, nos metimos todos a ver una película en su celular. Nos tapamos y esperábamos a que la comida bajara un poco de nuestros estómagos para comer dulces y yo, por supuesto, más ramen.

Pero no hubo nada de eso. Habíamos planeado dormirnos hasta después del amanecer y terminamos durmiendo a las tres de la mañana. Mamá no durmió, su dolor en el estómago por su hernia umbilical fue demasiado fuerte. Me despertó a las 7 de la mañana para decirme que iba a urgencias porque el dolor la estaba inmovilizando.

Después de cuatro años de tener esa hernia, decidió ir al hospital. Pensó que regresaría ese mismo día por la tarde. Pero no. Jaque mate, la operarían de urgencia. Yo no sabía nada de ella, me mantuve incomunicada por un día completo, con unos nervios terribles.

Mi hermano y yo, cansados por no dormir lo suficiente, decidimos hacer lo que teníamos que hacer: levantar la casa de campaña y todo el desmadre que habíamos dejado de basura en el techo. Pero, parece que el quehacer no es igual si ella no está. Sonó tan vacío recoger la basura sin hacerlo al compás de la música de Juan Gabriel que ella suele poner y cantar.

Si nosotros nos hubiéramos casado en aquel tiempo cuando yo te lo propuse, no estarías hoy sufriendo ni llorando.

Escucharla quejándose toda la madrugada no era buena señal. Las secuelas de COVID-19 también le afectan: las piernas y manos se le hincharon, y todo era peor con su hernia umbilical.

Yo sollozaba por dentro mientras la escuchaba medio llorar. Me recordó a junio del año pasado. Escuché esos quejidos antes, por la bocina del teléfono.

Fue demasiado extraño. Unas horas antes estaba bien, y horas después su ombligo se había hinchado. Tenía miedo, por supuesto. Ahora está bien. Fue operada y todo salió perfecto.

Cuando regrese a casa, le haré otro campamento en el techo. Uno con menos comidas y grasas. Con el mismo entusiasmo, pero cuidando su pequeño estómago de bebé.

Mamá, el campamento te espera. Vuelve pronto. Todos te extrañan, pero más yo.


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