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Por Karime Montesinos

Puebla, México, 24 de julio de 2021 [GMT-5] (Neotraba)

Algunas veces me pasa que… escribir. Un castigo abrumador para una mente vacía como la mía.

Consulto a Google, como todos. Escribo en su buscador: “¿Qué escribir para mi próxima columna?” y no recibo ningún resultado, obviamente. Se supone que recibiría algo, algo como una respuesta inútil, o un sitio igual a Wikipedia para mis colapsos de escritura.

Busco respuestas donde no las hay, ni puede haberlas. Y en mi mente no puedo encontrarlas tampoco.

Todas las semanas, estoy en constante desacuerdo con mi forma de pensar. Mis amigos son víctima de eso, de mi bipolaridad y ambivalencia provocadora de sus muecas cuando les digo que amo escribir y, más tarde, decir que odio hacerlo porque mi cabeza está en llamas y no se me ocurre nada.

Antes, podía escribir poesías –o algo parecido– pero mis juramentos hacia el amor y todo lo amado, se lo llevó la pandemia y los septiembres inhóspitos, así mi sentido del olfato. Pero ese al menos regresó.

Debo hacer una rutina para poder escribir. En ella está incluida lloriquear porque, de otro modo, las palabras no me salen.

Pongo una playlist específica para poder sacar lo que tengo dentro. La primera canción de la lista –o interludio, mejor dicho– es I’ve Never Felt So Alone de Labrinth. Dura un minuto con treintaitrés segundos y, aunque la repita 8 veces más, o ponga un loop de una hora de la canción, sólo obtengo a cambio insignificancias en forma de gotas, pero ningún pensamiento.

Para escribir esta columna, no me vi en la necesidad de llorar, pero sí debo admitir la culpa de haber reproducido la misma canción por costumbre, comodidad donde me he refugiado y no he podido salir porque quizás me agrada. Una comodidad donde a veces cuesta reconocer lo malo de estar en ella, y recibir miradas raras de quienes viven conmigo cuando me ven frente al computador, ansiada por querer recibir epifanías para contar.

Lo más incómodo para mí se volvió insignificante. Quizás porque le doy más importancia a lo más insípido del mundo. A los mensajes nunca respondidos por la indiferencia injusta, a las rosas marchitas de cada mes, a mi miedo por las cadenas en mi cuello, a el amor verdadero.

Así que quizás, la culpa sea mía. No escojo la canción correcta para escribir. Pero espero que por lo menos, algún día, encuentre la correcta y siga en mi búsqueda irreparable de los lloriqueos semanales.


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