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Por Juan Jesús Jiménez

Puebla, México, 17 de enero de 2022 [02:00 GMT-5] (Neotraba)

¿Tiene relación con la columna? Probablemente no. La pregunta real sería: ¿debería? A veces es mejor solo disfrutar de canciones al azar. Gracias algoritmo de Youtube: https://youtu.be/0Ko0OYBPFMQ.

¿Quién eres tú? No importa cuánto quiera apartarme de la pregunta, parece volver –y espero que siga así. Sin embargo, creo que he prestado más atención a las nociones individuales que hacen que nosotros, podamos separarnos de otros; algo curioso que ocurre es que, aunque lo intentemos, el contexto que nos rodea, termina por manifestarse en lo que pensamos o hacemos.

La mexicanidad en especial, delimita todo el mundo de contextos en el millón de kilómetros cuadrados –y otros espacios alrededor del mundo– que engloban al México convulso que vivimos. Aquí, en un país que varía hasta los ingredientes de una quesadilla entre un estado y otro; donde la dificultad separa el esfuerzo y el acceso a la educación; patria a veces absoluta, otras, transparente, muchas dividida y muy pocas olvidada.

México ha sido desde siempre el punto de contacto accidental, entre la hispanidad y el resto del mundo; al llegar los conquistadores, a su arribo a costas mexicanas, el acto diplomático ocurrió por suerte, después de hallar a un viejo náufrago y conocer la extensión del mundo al que habían llegado de imprevisto. Los primeros pasos del mestizaje marcaban su andar entre el tanteo de Cortés hasta llegar a lo que se convertiría en Villa Rica. Mataron, conquistaron. La historia de estos eventos, por desgracia, solo ha sido contada por la sangre de voces silenciadas, resonando la crueldad de extranjeros que no reconocían en ellos, las manos barbáricas que denunciaban en los interminables relatos sobre las ciudades de sacrificio.

Con la colonia, como una de las primeras; puertos, mercados, proyectos y planeaciones salían de aquí como una extensión de aquella España tan añeja y quebradiza que se quedó pegada a los libros de historia. No es sorpresa saber que, por ello mismo, los ideales de autonomía se dispersaran muy rápido en el norte del continente, por letrados elitistas y pobres diablos. Años de guerra, muchos otros más de estabilización contaron para que un espacio tan pequeño como una silla, se llenara de polvo y sangre, desde que fue perseguida hasta los confines de la tierra –páramos que ahora conocemos como Chihuaha– hasta que una pata de palo abrió una decena trágica. Lesiones que aún ahora son reconocibles, perpetuaron el dolor de la pérdida como parte de algo mucho más grande, en la voz de algunos que sin avisar cortaron el país como un pastel, englobando los cachos desperdigados con el nombre de México.

Incluso a finales del mundo moderno, justo antes de que la idea del mundo estallara junto con las bombas nucleares, el paso más próximo a la modernidad americana era México, en las innovaciones que eran contadas aquí como un chiste o una baratija que no tendrían lugar en la cotidianidad. Codeando con un mundo en vías de globalización, pero cada vez menos considerado con las partes que lo forman. Viendo en el espejo un país herido por el pasado, siempre vuelto hacia sí mismo, impotente de saber que apenas y podría salvar a los hijos que puede ver, mientras que los que se pierden entre montañas y su sombra, serían devorados por el tiempo en que tardan en desaparecer por la enfermedad o la adversidad. Concentrado en puntos alejados, extraños unos para otros, untados como una mermelada mal hecha en relieves todavía más dispares. Desde esa perspectiva, parece justo que la gente tienda a separarse en la homogeneidad indecisa de un pensamiento, una motivación.

La mexicanidad pues, podríamos considerarla como el producto de toda la sangre e historias que se cuelan pobremente en los honores de los lunes. Pero, dejaríamos fuera lo presente, cada una de las cosas que podrían pasar como anécdotas del periódico; el recuento de los daños colaterales en un tiroteo, la obra de mexicanos en las islas culturales en el mundo, el submundo del narco, el orgullo por un logro ajeno, muertes, vida, palidez y esperanza. México es un país de contrastes muy marcados, basta con echar la mirada a las conversaciones diarias. México es también un país de cotidianeidad, acciones que con el paso del tiempo son costumbres.

Ahora que lo pienso, sería más sencillo decir lo que no es México, antes de intentar generalizar lo que ocurre aquí. Pero ese no es el caso, no ahora al menos. El motivo de escribir esta muy breve introducción a la mexicanidad, no es otro más que ver cómo crece el mexicano en relación a lo que escribe; ¿será que siempre pensamos en la muerte como decía Rulfo?

En parte sí. Pero creo que el concepto de la muerte puede ser mucho más incluyente si se comprende que como tal, el mexicano no piensa en la muerte, sino en el fin. Es coincidente que el fin de todo ser humano sea la muerte, pero no quiere decir que toda historia cierre todos los detalles con precisión. El ser humano conoce cosas porque las cuenta, es claro, pero la forma en que los mexicanos contamos cosas puede resultar en conexiones intermitentes de eventos azarosos, o de un recuerdo que pasa y siembra en la conversación. Cuando quiera demostrar esto, basta con pasar en el parque, y escuchar discretamente las conversaciones ajenas; ¿Te acuerdas de cuando murió Clarita?”, dirá uno, “qué si me voy a acordar…” será contestado.

Podemos explicar esto en el detalle de que, en toda la historia como país, México llegó tarde a etapas que un montón de viejos amargados realizaron sin éxito en sus propios países, dejándonos –a México como a toda Latinoamérica– el eco de su propio fracaso para que aprendiéramos de ello. Pensamos en el final porque fue todo lo que conocimos. Nunca cruzamos el umbral del progreso, él nos cruzó a nosotros mucho antes de poder mirar a las calles y ver que una tiendita había sido cambiada por un oxxo.

El mexicano, por mera inercia cultural, escribe desde lo ya hecho, como si supiéramos que todo lo que escribimos, todo lo que puede ser, ha sido y ha fallado. No siempre, claro, pero gran parte de la literatura del siglo XX persiguió esa línea inescapable de que lo ya nos rebasó, de ahí que podamos identificar la proliferación del cuento y la poesía. Pues, ¿qué género puede expresar algo breve sino uno igual de breve? El cuento como pilar del desarrollo literario de México y Latinoamérica, puede ser producto de la traslación incompleta de un evento; no necesitamos saber el desarrollo para comprender un viaje del punto A al punto B, como en una novela; lo importante es el punto, la dirección pero no el trayecto, el cuento lleva ventaja sobre la novela porque da por entendido los detalles que componen la obra.

La poesía por su parte, siempre ha tenido movimiento en esta parte del mundo, no uno mecánico y rígido como la contraparte europea, sino uno despreocupado y juguetón; perfecto para caminar fotografías pequeñas de momentos enormes, sin separarse del todo de la tradición, claro.

Además, como presas de la interculturalidad, los mexicanos tenemos la capacidad de reconocer en otro un nuestro, del que se expiden nuevas concepciones o interpretaciones de lo ya existente, de modo que cuando un mexicano quiere hablar sobre el paso de la globalización, escribe algo como el romance de Carlos con Mariana, o cuando queremos recordar historias de caciques y muertos, tengamos la idea de Comala. La identidad mexicana varía porque así lo hacen los identificados, en crecimiento constante.

Claro que reconozco que este pequeño análisis está hecho de la revisión de autores que conozco, de lo que he leído y que, por ello, puede ser incompleta; reconozco –y espero– que estás visiones no son fijas, el México del siglo XX no es el mismo que el del siglo XXI, pero para hablar de la literatura mexicana actual, ya habrá otras voces que me ayuden. Tomen esta columna como introducción a un tema muy profundo.


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