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Fuente foto de Óscar Alarcón
Fuente foto de Óscar Alarcón

 

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

 

Estoy sentado en una de las muchas bancas oliva que hay por aquí. No pienso en nada en específico. Sólo observo el cielo pálido, las nubes que cubren las torres de la catedral, siempre acompañada de un devoto local o de un turista güero, que levanta la mirada para apreciarlas, observar las campanas, las tonalidades grisáceas de la pared, la cruz como punto máximo, el musgo que se filtra entre la piedra.

A mi lado un mujer se sienta, los dos muchachos que la acompañan permanecen parados: «Má, voy por un cigarro, ahorita vengo», toma de la mano a su compañero y éste complementa: «No tardamos, señora». Se dirigen al portal Iturbide, esquina con Reforma y la 3 poniente. A mi izquierda un chico manda mensajes de voz, su novia le celebra los chistes gastados. Se aproxima un hombre a pedir limosna, la ropa roída, los ojos tísicos: «Hermano, no soy de aquí, apóyame con algo, por favor», niego con la cabeza, él la baja, da la vuelta y se acerca a otras personas. Veo su espalda, su acento latino resuena en mis oídos. Alzo involuntariamente la mirada ante la primera gota de agua que se anuncia provocadora, y mientras veo los faroles cagados en el tiempo por los pichones.

 

 

Por todos lados la gente se toma fotos. En la fuente de San Miguel es donde más se reúnen, construcción barroca, sombría por donde se le vea pero cálida. Me siento dentro de ésta cuando las gotas bajan por mi cabello. Todos corren a los portales. Yo permanezco.

 

 

Vine aquí por una razón: sueño con ver el pasado frente a mis ojos. Pienso que tal vez la lluvia pueda desenterrarlo, sí, sueño con eso y no me importa si suena o no patético. Estoy en espera de que algo así pase. Con mi vista entrecerrada, parpadeando para sacar el agua, volteo hacia todos lados, pero nada se aparece. Aún no pierdo la esperanza, sueño con que esta lluvia me abra un hueco en el tiempo y me muestre este espacio de casi 500 años. Quiero ver al Zócalo sin este piso irregular, con leves grietas que me muestran la tierra áspera por la que la gente caminaba.

 

 

Quizá es jueves, veo a los nativos vendiéndoles a los españoles frijol, aguacate, chile, jitomate, calabaza, pulque natural, productos de barro, canastas, objetos de madera… el mercado náhuatl, como se le recuerda.

 

 

El cielo se ensaña. La fuente se comienza a desbordar, el agua cae al piso y se pierde con el resto que se abre paso hacia los extremos. Me imagino por unos instantes la otra fuente, la que estuvo en el extremo Este, puesta ahí a manera de servicio de agua potable, ¿los españoles venían y acarreaban su agua o mandaban a sus sirvientes? Me parece ver a la vieja catedral, situada en donde ahora está el atrio de la actual, con su techo de paja, mucho más pequeña, modesta al igual que las columnas de los portales: de madera. El Cabildo y el edificio del tribunal, ambos en el portal Hidalgo; las calles aledañas sin la mezcolanza de arquitecturas de hoy. El lugar lleno de españoles bien posicionados socialmente. Puebla de los ángeles: prototipo de ciudad europea, fundada en 1531, con el Zócalo presente desde sus primeros días aunque no con ese nombre. Pensada como una ciudad exclusiva para españoles, situada aquí gracias a su posición geográfica y al buen clima.

 

Posteriormente, Puebla de Zaragoza: lugar de paso entre Veracruz: puerto histórico, primeras tierras en ver a Cortés, a Maximiliano de Habsburgo junto con su hermosa mujer Carlota, el destierro de Díaz, a los grandes botes trasatlánticos, tierras asediadas por el crimen; y la Ciudad de México: lago subterráneo, tierra azteca, centro del país, monstruo sobrepoblado. Sí, justo en medio está Puebla, conservadora aún después de la independencia, heroica gracias al azar, los volcanes ensimismándola.

 

Aquí, en mi zócalo, veo cuando le colocan la fuente de San Miguel, fecha registrada: 1777. Está justo en medio, el corazón del corazón. 77 años antes de que el expresidente Baltazar Furlong le mandara a poner las bancas olivo, los jardines, algunos árboles y el piso.

 

 

Plaza principal, Plaza de armas, Plaza pública, Plaza mayor, Jardín central, Jardín Juárez, Jardín de la Constitución. ¿En qué momentos tuvo cada uno de estos nombres? ¿Todos al mismo tiempo? ¿Quién lo recuerda, quién lo sabe, quién lo enseña?

 

 

No he visto nada. Sigo en el presente, con este ambiente gris, apenas visible a través de la lluvia que no cesa. Plaza del mismo tamaño que el resto de las manzanas, inspiradas en su construcción por el nuevo arte renacentista. Aquí se llevaron ejecuciones dictaminadas por la santa Inquisición, ¿cierto?

 

 

Zócalo foto de Mitzi Hernández
Zócalo foto de Mitzi Hernández

 

 

“Ahí te veo, en el zócalo. Mero en la fuente”. Aquí, donde estuvieron políticos de ambos bandos, Manuel Ávila Camacho conoció bien este lugar. La historia se pierde, no es cierto eso de la lluvia, al contrario, diluye la memoria. ¿Quién en esta, nuestra ciudad, se interesa en este nuestro Zócalo? ¿O es que sólo representa un punto de reunión, una plaza para caminar, comprarle un juguete en domingo al niño que lleva mucho rato pidiéndolo y tomarse una selfie en las letras gigantes que dicen Puebla?

 

Al medio día, los hombres de traje que bajan de Reforma la atraviesan con el celular en la mano, el bolero, el único en varias calles, los ve nostálgico, recuerda cuando era joven y le pedían grasa por montones, cuando muera, ¿nos quedaremos sin un trozo del zócalo? Después de todo, es por partes como se pierde la identidad de un sitio.

 

Al menos, por ahora no estoy solo. Un pichón se posa sobre un faro, con todo y la lluvia no pierde su pose, observa discretamente lo mismo que yo, piensa en su ciudad arrancada a los españoles, ahora de millones de poblanos. Alza el vuelo y le susurra algo a la catedral que, naturalmente, no alcanzo a oír. Sólo escucho el golpeteo del agua, bajo los ojos, veo las gotas estrellándose, el sonido, me imagino que son los cañonazos del ejército francés. Ese día también llovió.

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