¿Te gustó? ¡Comparte!
Irás y no volverás foto de Mitzi Hernández
Irás y no volverás foto de Mitzi Hernández

 

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

 

A José Luis Esteban.

 

Vicente Quirarte dijo en una entrevista (clic) que no hay libros viejos, sólo leídos. Verdad que comparto. La vida física de un libro bien cuidado puede superar a varias generaciones en edad y tener más valor histórico que el de un puñado de hombres entregado al sistema.

Es una idea romántica pensar en los libros de páginas amarillas oscurecidas: prueba inconfundible de su degradación en el tiempo. Son varias las manos que dejaron sus huellas en las hojas y aún más las mentes que se contagiaron de imaginación a través de la lectura de un solo hombre, “Oye, fíjate que leí un libro que trata de…”. Ciertamente, detrás de un lector asiduo hay un coleccionista de libros: compañero de cama, transporte, escuela, cafetería, parque o lo que sea.

 

Leer es vivir y cuidar de un libro es cuidar la vida y propia y a su vez ofrecerla a alguien más.

 

Eso sí: es importante aclarar que no son objetos de veneración, todo lo contrario: se les debe llevar bajo el brazo y permitir que las esquinas se atrofien, subrayarle las frases más contundentes siempre es bueno, hacerle anotaciones es vital: son la prueba irrefutable de nuestra estancia en sus hojas, y cuando se vuelva a él, releer esas notas es viajar al pasado o visitar a alguien que ya no somos.

 

Las bibliotecas son clave para su preservación. Existen las propias, las que hacemos crecer con los años, colocamos los ejemplares en estantes, cajas, sobre un mueble, en el piso o donde sea finalmente representan el hogar; y las públicas: moradas colectivas, recintos que al incluir un nuevo libro en su catálogo están dando pie a la embarcación de un autor por aguas interminables. De más está decir que las bibliotecas de hoy serán los vestigios de nuestro futuro.

 

Es importante hacer mención de la mítica biblioteca de Alejandría, fundada en el periodo helenístico de la ciudad, del IV a.C. (a.C. = antes de la era común, no antes de Cristo) al I a.C.: se dice que la información que almacenaban los rollos era tan basta que personas de todo el Mediterráneo viajaban sólo para acceder a ella. Su pérdida se suscitó junto con la decadencia de Alejandría; tradicionalmente (lo expreso así porque muchos de los datos que expongo se han puesto en duda) se cree que su pérdida comenzó con un incendio, cuando Julio Cesar peleaba contra los oponentes al trono de Egipto, y el declive continuó hasta el S. I d.C., con la invasión árabe que representó el fin de la ciudad.

La pérdida del lugar significó un retroceso en el desarrollo de las ciencias y artes, hay que recordar que en la antigüedad un libro era escrito a mano en papiro y constaba de un único ejemplar.[1]

 

En Puebla contamos con la biblioteca “José María Lafragua”, que fue fundada el 16 de septiembre de 1885 en el marco de las celebraciones del 75 aniversario del comienzo de la lucha de independencia, aunque sus orígenes datan del siglo XVI, con la fundación del Colegio del Espíritu Santo por parte de la compañía de Jesús y la instauración de una “librería de libros”[2], colegio que posteriormente -hacía el S. XIX- pasaría a llamarse Colegio del Estado de Puebla, hoy BUAP.

 

La biblioteca recibió su nombre en honor a un personaje clave en su consolidación: José María Lafragua (1813-1875), estudiante de Leyes que se hizo bibliotecario del Colegio con tan sólo 16 años. Tiempo después donó a la biblioteca parte de sus libros. El acervo histórico es tal que actualmente se cuenta con cartas escritas por José María Morelos y Pavón, un Breviario francés del S. XIV, códices indígenas de Oaxaca, entre muchos otros manuscritos extraños.

Mi texto de esta quincena nació por un regalo: Irás y no volverás, de José Emilio Pacheco, se trata de la primera impresión en Ediciones Era (la publicación original es del FCE en 1973) en agosto de 1985, un mes antes del temblor sobre el que Pacheco escribiría tanto. Son tan sólo 67 páginas con la siempre poderosa fuerza narrativa de JEP.

 

Mi biblioteca personal también cuenta con una versión de La ciudad y los perros en pasta dura impresa en 1980, El desfile del amor, primera reimpresión en ediciones era en 1989, una trilogía de novelas de André Maurois, en ediciones GP que data de 1967, la primera edición de La última noche del tigre, de Cristina Pacheco, y la joya de la corona: la primera edición (1968) del primer libro de Mario Vargas Llosa: Los jefes, antología de cuentos.

 

Se trata de un salón de voces silenciadas a las que saco del letargo cuando regreso a ellas.

 

[1] Los datos fueron tomados directamente de: http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/la-biblioteca-de-alejandria_8593/6

[2] Esto según se relata en la historia del sitio, disponible en el portal electrónico de la biblioteca: http://www.lafragua.buap.mx/

¿Te gustó? ¡Comparte!