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Por Iván Gómez (@sanchessinz)

A ustedes no les pega tanto porque aún son jóvenes, pero cuando crezcan, entonces vaya que lo van a sentir. Parafraseo a mi profesora de introducción a la Teoría Literaria cuando nos hablaba de la letrilla y ponía como ejemplo “Aprended, flores, en mí”, de Luis de Góngora. Cito un fragmento:

Aprended, flores, en mí, / lo que va de ayer a hoy, / que ayer maravilla fui / y hoy sombra mía aun no soy. // La aurora que ayer me dio cuna / a noche ataúd me dio / sin luz muriera sino / me la presta la luna: / pues de vosotros ninguna / deja de acabar así.

Y tiene razón, personalmente no me cala tan hondo como un poema de amor (digamos “Los amantes”, de Julio Cortázar), de protesta social (“Vámonos patria a caminar”, de Otto René Castillo) o del absurdo (“Destino”, de Leonard Cohen). Pero en la maestra, la reacción era diferente, como si entre su edad y la mía hubiera más que experiencias y mundo vivido: años gastados -y en realidad no es muy grande-, posiblemente la certeza de que el tiempo se esfuma como quien sueña algo que le provoca el llanto y lo olvida a los dos minutos de haber despertado, o como quien ve su vida más cerca del otoño que de la primavera y cada hoja que cae representa una cana o arruga a la cual enfrentar en las mañanas, al contemplarse sin ropa frente al espejo y decir: mierda, ¿y mi juventud a dónde se fue?

Semanas antes, la misma profesora, decidió que debíamos aprendernos poemas para mejorar nuestra capacidad de retención, el primero que escogió fue “Mientras por competir con tu cabello”, también de Góngora y también sobre la edad:

“Mientras por competir con tu cabello / Oro bruñido al sol relumbra en vano, / Mientras con menosprecio en medio el llano / Mira tu blanca frente al lilio bello; // Mientras a cada labio, por cogello, / Siguen más ojos que al clavel temprano, / Y mientras triunfa con desdén lozano / Del luciente cristal tu gentil cuello, // Goza cuello, cabello, labio y frente, / Antes que lo que fue en tu edad dorada / Oro, lilio, clavel, cristal luciente, // No sólo en plata o vïola troncada / Se vuelva, más tú y ello juntamente / En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.”

Entiendo el poema: su significado es desolador y pone reflexivo, pero aún no lo siento. Aunque sí tengo mis propios miedos y leer poemas sobre lo efímero de la existencia los reafirma.

En mi salón de clases tengo dos compañeros (ojalá no lean esto) de 32 y 36 años, por supuesto esas dos edades no reflejan una vida ya mayor, e incluso es común que lleguen a clases con más entusiasmo que muchos de los compañeros que tenemos 18. Y sin embargo, estoy consciente de que no dejan de ser 14 y 18 años de diferencia que no pasan en balde. Me han contado que sí llegan a sentir más cansancio, que muchas veces se topan con el demoledor insomnio y el ejercicio se ha vuelto una necesidad.

Desde luego, crecer no significa martirizar al alma con la idea de la vejez, todo lo contrario, crecer es enfrentarse a nuevas etapas y experiencias y todo lo que eso conlleva, ¿pero qué pasa cuando la enfermedad se asoma desde temprano?, ¿o cuando por más saludable que te mantengas, te das cuenta de que la energía comienza a disminuir y el brío de la juventud ya no es el mismo? ¿O cuando el rostro cambia y poco a poco se forman dos cuevas en los ojos?

No sé si la vejez sea un miedo de las generaciones contemporáneas (nosotros, que cada día optamos más por el aislamiento) o será un tema ontológico. De lo único que estoy seguro es que la poesía es un vistazo a la profundidad del alma; de que aún no siento en mis huesos estos poemas pero entiendo que llegará el momento en el que lo sienta –¿me acordaré de estos momentos o la vida me habrá sumergido en tal vacío existencial que ya no le pondré atención?

Quizá eso explique varias cosas, me explico: esta profesora no es la única que nos ha proyectado poemas sobre el paso del tiempo; me han contado de una maestra que pone a sus alumnos a leer Las travesuras de la niña mala (que si bien es una novela de desamor, abarca tantos años que nos permite ver la vejez de la chilenita, que al principio de la historia se presenta joven y apuesta), en mi experiencia me he topado con un profesor que nos puso a leer un soneto de Alfonso Reyes sobre la muerte. Cito un fragmento:

“Visitación

[…]

Ya no intento eludir su compañía: / mis pasos sigue, transparente y clara / y desde entonces no me desampara / ni me deja de noche ni de día.”

Tal parece que algunos maestros, con sus años y todo, reflejan un poco de su visión del mundo en las lecturas que escogen, y está bien, nos sirve de advertencia.

¿Será que en 10 o 20 años lloraré al releer estos poemas?


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