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Lucy y el monstruo
Lucy y el monstruo

 

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

 

Para Ana Perusquía y sus lecciones sobre cómo debería ser la universidad.

Y para Vanessa Belén.

 

Una idea que se ha tratado de desterrar desde la modernidad es la del sentido pedagógico que debe poseer la literatura (a Platón no le gustaría esto). Defender lo anterior a capa y espada ayuda a disipar varias problemáticas. Hace unos meses, por ejemplo, Mario Vargas Llosa desató una polémica –qué raro– al refutar el análisis que Laura Freixas le hizo a Lolita, de Nabokov (clic) descalificando la obra como objeto de sacralización por la fuerte carga machista que posee.

Pero la literatura no tiene un fin de enseñanza, o la intención de plasmar realidades idílicas, y, como escribió Vargas Llosa en su columna de El País: “…ella [la literatura] no es moral ni inmoral, sino genuina, subversiva, incontrolable, o postiza y convencional, mejor dicho muerta” (clic).

 

Sin embargo, con la literatura infantil no ocurre lo mismo, y es que ahí sí es de vital importancia para el autor –y primer receptor, que no es el niño sino el que le dará el libro a éste–  entender qué connotaciones podría tener el texto en el lector infantil; es decir: en esta literatura sí existe cierta característica pedagógica, y si no, al menos sí un criterio de qué mostrarle al niño y qué no. Es importante tener en cuenta lo anterior al analizar un texto de este tipo –o destinado a este público.

 

Hace unos días, un usuario en Facebook publicó –horrorizado– la foto del cuento “Lucy y el monstruo”, de Ricardo Bernal (aquí el texto), que aparece en los libros de quinto de primaria. Los comentarios en redes sociales han ido desde los que están igualmente indignados hasta los que dicen que no es para tanto. La polémica creció tanto que ocupó espacio en algunos diarios nacionales (clic). El cuento, que es epistolar por estar constituido en dos cartas, trata de una niña, Lucy, que le ha escrito a su monstruo que ya no le teme, pues se ha dado cuenta de que en realidad no existe. La segunda parte consta de la respuesta del monstruo:

 

“¿Cómo que no existo? […] ¿Acaso no me inventaste tú misma el día de tu cumpleaños número siete? ¿Acaso no platicabas conmigo todas las noches y te asustabas con los extraños ruidos de mis tripas?”. Menciona también que se irá del cuarto de Lucy, pues la encontró muerta: “Seguramente te mató el miedo y yo ya no puedo comerte pues no me gusta el sabor de los niños muertos. Lo único que hice fue regresar al clóset y llorar de tristeza hasta quedarme dormido…”.

 

La controversia abre la pregunta: ¿qué sí es para niños?, y, más que dar una respuesta contundente, me parece que podría derivar en dar un verdadero fomento a la lectura desde la infancia: si esto no es para mi hijo, ¿qué le puedo dar a leer entonces?

 

Lucy y el monstruo de Ricardo Bernal imagen tomada de la cuenta Clausinea en Twitter
Lucy y el monstruo de Ricardo Bernal imagen tomada de la cuenta Clausinea en Twitter

 

Personalmente creo que el cuento está muy bien escrito –y eso de demuestra en el hecho de que haya despertado algo en el usuario de redes que desató la controversia– pero también que es adecuado para un niño de 11 años: es cierto, el cuento probablemente asuste a los alumnos que lo lean, así como seguramente también les gustará. No es una elección poco premeditada insertar un texto de terror en un libro de lecturas escolares, y tampoco es algo nuevo, por el contrario, es algo, más o menos común; en otras ediciones han colocado “Tiempo libre”, de Guillermo Samperio (clic), también un relato de miedo que narra el día en que un hombre es devorado por las letras de un periódico hasta convertirse en éste; y de igual manera fue colocado en un libro de quinto de primaria, si bien es un cuento un tanto menos espeluznante que el de Bernal, sí abruma, y por la sencillez narrativa logra enganchar fácilmente a un niño. Tampoco es coincidencia que ambos cuentos estén destinados a públicos de entre 10 y 12 años, y no a alguien de 2do o 3ro de primaria, más bien habla del nivel de conocimientos de los editores: aún con una diferencia de pocos años entre unos y otros, el grado de abstracción e influencia cambia (basta recordar que el desarrollo en la infancia es constante y relativamente rápido).

 

Continuación de Lucy y el monstruo
Continuación de Lucy y el monstruo

 

El niño de 11 años que llega a una lectura está preparado para asimilar su contenido como algo que está fuera de su realidad, y aunque un niño menor también es capaz de esto, el proceso es más consciente, esto, por supuesto, sin dejar de lado elementos que hagan que el niño se identifique: todo infante le ha tenido miedo a cosas irracionales, como Lucy con el monstruo que ella misma creó: “¿Acaso no me inventaste tú misma el día de tu cumpleaños número siete?”, y ciertamente todo niño crea sus propios mundos que van difuminándose conforme crece, y a la par de este desarrollo, el lector está más preparado para recibir elementos fantásticos en las narraciones, como que el monstruo en realidad sí exista y decida no comerse a la niña por haber muerto de miedo; un lector más cercanos a la pubertad que a la niñez ya está preparado para recibir estos detalles sin tomarlos como algo completamente real, es decir: el grado de abstracción del niño está cada vez más cercano al del lector juvenil: elementos fantásticos que lo identifiquen y al mismo tiempo lo alejen de su realidad inmediata.

 

Por eso es un acierto colocarlo para chicos de 5to y no en grados inferiores, en donde necesitan lecturas que estén en el seno de su realidad (conflictos familiares, aventuras con el hermano u otro familiar) y que incluso puedan generar cuestiones morales: un poco el carácter pedagógico. Conforme el lector va creciendo la barrera entro lo que es para niños y lo que no se vuelve más difusa.

 

Sobre el asunto, Bernal escribió en un post en Facebook (clic) que originalmente no estaba escrito para niños y que un comité integrado por algunos profesores de la Escuela Mexicana de Escritores, invitados por la SEP, decidió incluir el texto. Si fue escrito o no pensando en un público infantil no importa tanto dado el resultado: una obra bastante cercana a los conflictos a los que se enfrenta un niño que cada vez entiende más el mundo: Lucy deja entrever que posiblemente no viva con su mamá (habla sólo de su papá y cuando grita en las noches, el único que se despierta es el papá), asunto que retrata una cuestión de las últimas décadas: las familias monoparentales son cada vez más frecuentes; es probable que su papá sea un hombre duro, el fragmento “No quiero que mi papi se despierte y me regañe” parece indicar eso.

 

Los usuarios de internet han argumentado que el cuento tiene un trasfondo de pederastia, francamente no entiendo de dónde sale eso; si bien es cierto que cada obra tiene sus propias interpretaciones, en algunos el significado no va más allá de lo que se pronuncia literalmente. Que hay obras profundamente simbolistas, eso es cierto, basta pensar en Moby Dick, mucho se ha hablado de que la caza de la ballena blanca es en realidad la búsqueda de Dios o la lucha contra el feroz capitalismo (esto último lo abogan los marxistas); pero hay obras con las que no es necesario ir más allá, obras en donde un monstruo del armario no es más que un monstruo del armario, y si acaso simboliza los miedos de todo un niño, como ya lo he dicho, no un pederasta.

 

Pienso que la polémica deja ver la profunda escasez de lecturas desde la infancia que tuvieron las personas que desataron la controversia, y no sólo ellos, muchísimos mexicanos, por no decir la mayoría, y producto de esa escasez son los juicios apresurados y moralistas que emiten en torno a un texto bien logrado. Hasta hace unos meses creía que un niño podía leer lo que fuera porque yo llegué a la literatura hasta los 12 años y fui un lector más o menos precoz, al igual que muchas personas, pero no debemos buscar la sucesión de casos particulares, ni censurar lecturas dado un juicio personal.

 

El Fondo de Cultura Económica, en su sección infantil, ha dividido sus libros en dos: “Para los que empiezan a leer” y “Para los grandes lectores”, el acierto se da en no clasificar sus lecturas en años sino en la madurez del lector infantil, y en “Para los grandes lectores” se pueden encontrar lecturas mucho más crudas que la referida; En la oscuridad, por ejemplo, es un libro que trata de una niña que es abandonada por su mamá y no le queda más que vivir con otras niñas de la calle, por supuesto en condición marginal, para que meses después encuentre a su madre cargando a un bebé que parece ser su hijo; insisto: conforme el lector crece la barrera entre lo que es para niños y lo que no se vuelve más difusa.

 

Pero algo bueno puede salir de todo esto: replantearse qué significa la escuela, la primaria, cuestionándola y buscando una mejoría en pro de la infancia, y en tiempos en los que se aproxima un cambio de sexenio, que nos deja una incongruente y descarada Reforma Educativa, puede servir de mucho.

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