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Ciudad de México, 14 de diciembre de 2023 (Neotraba)

Unas palabras para Anatoli Lokachtchouk, el artista ucraniano laureado por el Ministerio de Cultura Ruso, no sólo porque hizo una inmensa aportación a la acrobacia y el clown en México sino en virtud de que gracias a la maestra y coreógrafa Farahilda Sevilla yo fui el conducto para que viniera a la Muestra Nacional de Teatro efectuada en la ciudad de Culiacán en 1990, en donde estuvo al borde de la muerte y sin embargo se quedó en México desde entonces para compartir su maestría con cientos de alumnos de todo el país y otras partes del mundo.

En los 90 era un hombre maduro muy bien parecido con excelente condición física (en apariencia como se verá enseguida), y gracias a Farahilda pudo dar su taller de acrobacia sin hablar una palabra de español. 30 años en México y nunca aprendió realmente nuestro idioma porque lo suyo era la gramática del cuerpo y la prosodia del movimiento. Si el clown y el arte circense se valorara por estos lares con la misma balanza que se hace en Europa, particularmente en Rusia, la estancia de Anatoli en el Centro Nacional de las Artes podría compararse con la tarea pedagógica de Seki Sano. Más en la nopalera los artistas circenses son parte de la farándula no del dominio artístico.

Gabriel Macotela y Anatoli Lokachtchouk. Foto de Enid Hernández tomada de la cuenta de Anatoli Lokachtchouk
Gabriel Macotela y Anatoli Lokachtchouk. Foto de Enid Hernández tomada de la cuenta de Anatoli Lokachtchouk

Gracias a Anatoli –y a Roberto Ciulli–, el de la voz pudo apreciar la técnica y la filosofía que hay en el clown más el vigor y el balance interior que se requiere para tirarse una maroma triple a 20 metros de altura. En el circo, decía Anatoli, la técnica se aprende repitiéndola una y mil veces, hasta que el cuerpo sepa por sí mismo lo que debe hacer para no terminar destripado. Lo digo así porque en Culiacán me llamó una madrugada Farahilda para decirme que Anatoli estaba en urgencias de algún hospital y debían operarlo de inmediato porque el Artista Laureado se enamoró del jugo de naranja, y su estómago, acostumbrado a la dieta de la perestroika (papas y té), tuvo un colapso intestinal que casi le cuesta la vida.

Afortunadamente tuvo 30 años más para volverse una referencia en el arte del malabar y la payasada entendida como un acto artístico, como un ejercicio de la imaginación burlesca, en la Escuela Nacional de Teatro del INBA, donde recibió una ofensa tan fuerte para él que hoy está muerto. Espero que la alumna con sobrepeso de la ENAT que lo acusó de acoso sexual el año del #MeToo, porque percibió una “mirada lasciva” de parte de su maestro, tenga al menos diarrea perene porque le fastidio la vida a un hombre que marcó un antes y un después en el clown nacional, con su ensamble, Escuadrón Jitomate Bola, y entrenando a docenas, acaso cientos de acróbatas y payasos contemporáneos, sin la menor falta de respeto a la integridad del alumno, como lo comprueba el homenaje que le hicieron este año otros de sus estudiantes, en desagravio por la ofensa recibida.

Foto de Chris Johnson a través de Unsplash
Foto de Chris Johnson a través de Unsplash

Anatoli estaba tan angustiado por la denuncia que me habló por teléfono para pedirme que hablara con su mujer al respecto porque con la pena su español no daba para una conversación de ese tipo. Por supuesto que entre los usos y costumbres de la ENAT estuvo el acoso, la burla, el ninguneo, el patriarcado de algunos maestros. Naturalmente las y los estudiantes que lo padecieron tenían toda la razón de denunciarlo, pero si revisamos qué pasó con todo aquel tendedero de la infamia el resultado es tan parecido a las denuncias de todo tipo que ha hecho el ciudadano presidente de la República, que asombra, porque los resultados de esas denuncias a nivel nacional solo tienen a un preso en la cárcel: Lozoya, y seguro sale de ahí cuando se acabe el sexenio. Por los que sí acosaron en la ENAT resultaron estigmatizados maestros ejemplares, como Mauricio Jiménez, que ante la justa ira feminista mantenía a sus alumnas a un metro de distancia. Como no había acoso sexual lo tacharon de autoritario e impositivo. El caso es que se cambiaron autoridades en la ENAT se abrieron juicios y no ha sucedido nada. Ni acusaciones formales sustentada en hechos comprobables ni la mínima disculpa por haber destruido la honorabilidad de los maestros que no acosaron a nadie. Porque los acosadores deben estar en la cárcel. Pero los maestros cabales merecen un respeto que están buscando en otra parte. Lo siento Lidia (Margules), heredaste un nido de avispas.

Anatoli, como te dije en el speaker la última vez que hablamos a través de tu mujer, tu honor está a salvo en la enorme cantidad de alumnos que aprendieron contigo la calidad física y humana que se requiere para ser un clown de verdad.


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