San Luis Río Colorado, Sonora, 31 de marzo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 6 minutos

“Vamos a tener que andar con cuidado con ella”, soltó el adulto responsable luego que ELLA escapara llorando del pequeño cuarto ocupado con escritorios, documentos, computadoras y seres indiferentes que se preguntaban qué había querido decir con revictimizarla. “A esa niña le gusta leer, la he visto”, fue el primer comentario luego que ELLA, apenas conteniendo la rabia que la impulsaba a gritar que decía la verdad, dio media vuelta y huyó de la incapacidad y el juicio de los adultos que no pueden entender nada.

Hace unos días despertamos con la realidad estallándonos en la cara. Un chico de quince años había disparado un arma en su escuela terminando con la vida de dos maestras que buscaban cumplir con su trabajo. Facebook se volvió, una vez más, en ágora virtual donde descargar culpas y endilgarlas contra los padres, contra el sistema (lo que sea lo que eso signifique), contra la falta de disciplina, contra los maestros huevones y una extensa lista de posibles culpables. Mientras presenciaba el juicio virtual, pensaba en ello como una historia de Agatha Christie en la que el verdadero culpable siempre era una sorpresa para todos.

Me parece que por fin hemos materializado la idea cíclica de las generaciones incapaces de entender a sus jóvenes. A mi generación y las anteriores sus padres podían deducir su mundo pegando una oreja a la puerta tras la que nos reuníamos o rondando la habitación mientras hablábamos por un teléfono eternamente amarrado a un poste; hoy el mundo de los jóvenes está tan encriptado y lejos de nuestro entendimiento que preferimos satanizarlo y rechazarlo antes que hacer algún esfuerzo por entenderlo. Leo a muchos padres en Facebook aplaudir las medidas del gobierno salvadoreño (y pedir su importación inmediata) al instalar como ministra de educación a una militar que, como primera medida, exigió a los niños asistir a clases con media cabeza rapada y decir “gracias” y “por favor” a los adultos que encuentren a su paso; claro, siempre a los adultos. Desde su “muro” lanzan frases definitivas y educadoras hacia jóvenes que hace rato se fueron de ese espacio virtual que apenas empezamos a entender. Sospecho el porqué de su emoción por la “mano dura”; no nos gusta cómo actúan nuestros jóvenes, pero no queremos asumir la culpa de su crianza, entonces buscamos a nuestro alrededor un ejemplo de ser humano pulcro e intachable y lo encontramos, ¿dónde más?, en el espejo. No adivinamos que intentando educar una generación lo hemos jodido todo, entonces, asustados e impulsados por el ego que no nos cabe en el pecho decidimos: “soy un magnifico ser humano porque mis padres fueron duros conmigo”, e ignorando nuestra época, regresamos a implementar las medidas que ellos encontraron, evadiendo nuestra responsabilidad con esos seres que buscan su lugar en este mundo que les entregamos ya descompuesto.

No lo dudo, seguramente habría más orden en las escuelas si se implementa la “mano dura” contra nuestros jóvenes. Seguramente también tendremos adolescentes robotizados que serán adultos incapaces de actuar por el bien de una comunidad, de su vecino o de sí mismo sin que exista el temor constante de reprobar, ir a la cárcel o arder para siempre en la casa de Mefistófeles.

Me parece que Irene Vallejo da en el clavo cuando dice que “no por eliminar todo lo que nos parezca inapropiado salvaremos a los jóvenes de las malas ideas. Al contrario, los volveremos incapaces de reconocerlas”, y el problema viene, me parece, cuando somos incapaces de abrir los oídos y escuchar alguna vez un corrido tumbado, cuando no podemos deshacernos de los prejuicios para escuchar el podcast o al youtuber de moda, cuando se nos cae de las manos el libro que tiene a los chavos leyendo y que desde mi arrogancia exclamo que eso no es literatura.

Y ni mencionar el aceptar que haya quien quiera hablar con pronombres neutros, como si eso me afectara de alguna manera. No lo hacemos porque eso nos representa un esfuerzo, porque eso nos significa deshacernos de ideas arcaicas que nos han hecho daño por años (porque la palabra deconstruirte nos parece un término mamón de los chamacos de hoy); aunque también nos represente el poder platicar con tu hijo, con tus alumnos, con tus sobrinos, abriendo bien los oídos y ya no desde tu pedestal de adulto, sino desde una igualdad que educa mucho más que la inexistente y arrogante superioridad moral que te dan los años.

ELLA, puedo verla, se aleja como un pequeño ratón huyendo del bibliotecario que le dice que debe leer cinco libros al año porque así lo manda la SEP (más adultos responsables). Durante el día intento adivinar todas las veces que seguramente Él se acercó a alguien pidiendo tímidamente ayuda.

Un buen día aterrizaron en la escuela cinco cajas con libros dentro. Veintiocho días pasaron antes que se decidieran a abrirlas. Cuatro días más corrieron antes que aquel que teme a la niña lectora se diera cuenta que no había razón para regresar las cajas, que no era un error que a mitad del libro las letras estén de cabeza si no que del otro lado una historia distinta espera un lector. Lo escucho y entiendo su terror hacia la niña devoralibros y, en parte, el pavor de los salvadoreños por esas criaturas y su resistencia a pedirles las cosas “por favor”. Inconscientemente (ruegue al dios de su preferencia por que sea inconscientemente) previenen el contagio.

La mañana del tiroteo en Michoacán esperamos en el patio de la escuela a que lleguen los padres y madres de familia que se han citado desde una semana antes a junta; de ciento cincuenta espacios puedo contar dieciséis ocupados por madres, padres o abuelas que hicieron un enorme esfuerzo. Calculo que durará una semana esa avalancha de publicaciones en la que los maestros somos seres casi impolutos y divinos antes de volver a ser huevones revoltosos.

En El Salvador apresaron al primer menor de edad cuando encontraron dibujos alusivos a las Maras en su cuaderno. La siguiente semana a seis más que peleaban en la escuela. Ayer la amiga de la niña comelibros entró a la Dirección con otro reclamo. “¿Segura que no la está influenciando su amiguita?” dijo el adulto responsable. Los otros adultos asintieron. En secreto, la niñacomelibros me cuenta que robó de las cajas almacenadas un par de libros acerca de un tipo que despierta convertido en un insecto: ¿¡se imagina!?, dice riendo y con cara de asco antes de afirmar, entendiéndolo todo: no saben nada, nomás creció y ya. Debemos volver al espejo con los ojos bien abiertos, debemos, como en las historias de Agatha Christie, prestar mucha atención, el culpable de todo puede estar más cerca de lo que creemos.


¿Te gustó? ¡Comparte!