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AMLO, ¿perdón?
AMLO, ¿perdón?

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

Hace unos días, el presidente Andrés Manuel López Obrador se refirió en un video a la carta que le había mandado al rey de España y al Papa Francisco para solicitarles “un relato de agravios y que se pida perdón a los pueblos originarios” por las matanzas perpetradas durante la conquista. ¿Es un acto irrisorio, como se ha expuesto en redes? ¿Y lo es también de pena ajena, al grado de arrobar la cuenta del Gobierno de España para pedir perdón por los desbarates de un presidente que “no me representa”? Es difícil no verlo de otra forma después de años de ridículo tras ridículo propiciado por nuestro anterior jefe de estado. Lo cierto es que en un primer momento la noticia parece una locura, ¿solicitar una disculpa por un suceso que cumple 500 años este 2019?

Al analizarlo en este contexto, el acto oral o escrito de pedir perdón parece insignificante por no reparar ningún daño ni regresar las cosas a su estado inicial. Incluso, en ciertos contextos podría no ser más que un acto diplomático poco sincero (como podría ocurrir si nuestro presidente pide perdón a los pueblos indígenas, como ha anunciado que lo hará, pero continúa con los proyectos –al menos sin un estudio de impacto ambiental y social– del Tren Maya o la termoeléctrica de Morelos).

Y sin embargo, pedir perdón es un acto necesario entre sociedades, más allá de remitirme a los ejemplos difundidos en redes sociales (como el perdón que el gobierno de Alemania ofreció por el holocausto) hay un asunto en la sociedad mexicana que justifica la necesidad de esa disculpa: la conquista de “México” –un conjunto de diversas comunidades prehispánicas distintas entre sí– es un lastre con el que cargamos por la construcción discursiva del despojo sangriento que sufrimos por parte de los españoles: salvajes violadores que la corona mandó al nuevo mundo por ser la peor lacra de su sociedad (presos, bandidos, carentes de escrúpulos y de todo rasgo de moral). He perdido la cuenta de cuantas veces he escuchado a otros decir algo similar a lo anterior.

Pues bien, ¿qué pasaría si a quienes creen lo anterior alguna autoridad académica les dijera que Hernán Cortés, lejos de los adjetivos de salvaje y usurpador, fue un hombre aceptablemente letrado, buen estratega militar, ambicioso y capaz de hacer amplias descripciones dirigidas al rey Carlos V de objetos completamente ajenos a un español, como los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl (y eso: tenía comunicación con el rey de España) y sobre todo no iba matando a cuanto indígena se le aparecía?

Estoy consciente de que resulta poco creíble, pero la realidad histórica está más cerca de esto último que de lo primero, o no, todo depende de la fuente a la que se acuda. Aquí la primera explicación de nuestra visión sobre la conquista: este suceso –y en general todo acontecimiento– lo conocemos a través textos y otro tipo de vestigios que el pasado nos arroja.

Según el propio Cortés en sus cartas de relación fue un esforzado vasallo fiel a la corona y a Dios, al punto de hacer todo en nombre de ellos dos (importante recordar lo que dijo Andrés Manuel en el citado video: la conquista se hizo con la espada y la cruz). Según Bernal Díaz del Castillo, soldado raso que muchos años después de los sucesos escribió Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, se trata de un conquistador a veces visionario y astuto, otras “sagaz y mañoso” y también falto de planeación, estrategia o precaución. Según Fray Bartolomé de las Casas (quien no participó en la conquista) fue un hombre vil que perpetró grandes faltas y cometió las peores atrocidades para con los habitantes de las diferentes comunidades por las que pasó, esta es la perspectiva que perduró en los primeros niveles educativos.

¿Entonces quién es el verdadero Cortés? A 500 años de conquista el verdadero Hernán Cortés es el de los restos que yacen en la iglesia Jesús de Nazareno, en la CDMX, pues aunque murió en España pidió que sus restos fueran regresados a la Nueva España. Lo anterior no es sarcasmo, la figura del conquistador no es más que una construcción discursiva, es decir, una aproximación, pero no la realidad. Lo que en educación básica se nos enseñó de él es una visión elegida a conveniencia del sistema educativo, esto es: a conveniencia de la construcción histórica que una nación decide crear y cultivar en su población joven.

Repudiamos la conquista porque se nos dijo que fue una matanza del pobre indio inocente, que en realidad es otra construcción que inició con las cartas de Cristóbal Colón y cobró fuerza en la Brevísima relación de la destrucción de las indias, y que de ésta no vino nada bueno. Lo interesante es la fuerza de la lengua en nuestra vida: es tanta que con ella basta para crearnos un resentimiento por algo que ocurrió hace 5 siglos. Se trata de una herida que no ha terminado de cerrar, pero lo cierto es que la mezcla de culturas y la imposición de unas sobre otros es un hecho histórico no sólo para América. Lejos de si esto fue bueno o malo, entender que la realidad histórica es más compleja y difícil de construir (o acaso imposible) da la posibilidad de quitarnos un peso de encima.

Al considerar esto vale la pena plantear lo siguiente: si la visión negativa que tenemos de la conquista se la debemos a la construcción discursiva del sistema educativo, ¿cómo deconstruir esa visión? A través de otro discurso, por eso, la posibilidad de que España se hubiera disculpado, idea ya liquidada por su gobierno, abría una puerta en pro del progreso de una nación con una herida abierta.

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Desde 2016 hago un intento de columna con cierta periodicidad, primero, para el modesto sitio que coordino junto con mis amigos y luego, desde diciembre de ese año, para Neotraba, mi casa. La columna siguió durante casi dos años, hasta octubre del año pasado en que por causas escolares no pude continuarla. Sin embargo, la necesidad de explorar las enormes posibilidades que la columna periodística ofrece, además del ritmo de escritura al que obliga y el esfuerzo de mantener una idea durante días en la cabeza para luego plasmarla, me obligaron a buscar mi camino de vuelta en este ejercicio, la idea es la misma: escribir de todo lo que se me ocurra y pueda.

Estoy consciente de que en el periodo mencionado no contaba con lectores y tampoco creo contar con ellos ahora, sé que estas líneas realmente no merecen mucha atención de nadie, y en el mejor de los casos, publicar una columna es lanzar un grito al infinito cibernético. Que así sea. La consigna de José Emilio Pacheco siempre me acompaña: escribe aunque nadie lo lea. A eso añadiría: escribe por el puro acto de entregar tu alma a un par de líneas que bien se pueden quedar en un cajón o trascender –aparentemente– en un espacio en la red. No es más que eso.

Si existiera un lector que siguiera mis columnas pasadas no puedo más que llamarlo posible lector, pues no tengo certeza de que exista, en todo caso, este mensaje es para él, y también el compromiso de que mi columna regresará en periodos quincenales.

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