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Puebla, México, 19 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 7 minutos

Perdía el tiempo siendo una intención de mis padres por formar una familia, en vez de ir a un concierto de Sabina. El Caso de la Rubia Platino

En el hiato más obsesivo –con muchas notas al pie– y desencajado –entre lo que imaginé que sería mi vida a este punto– de mi –absurda– necesidad de autosabotaje, releo al impostor –del que formaré parte para el siguiente que me relea– de hace medio año y digo: ¿En qué estaba? ¡Ah, sí! Mitos, y en particular; Babel.

En general, los mitos abrahámicos, son un muy buen referente sobre cómo es que funciona un mito en la construcción de una episteme. A la par de tener un rasgo reconocible inverosímil, confluyen en tantos discursos como interpretaciones puede generar. Babel, tal y como sucede en el mito, es el punto –no el único– donde la humanidad –occidental, claro– toma postura respecto a su naturaleza: nosotros, la especie humana, hemos alcanzado tal grado de especialización comunicativa que, tal y como hace Dios con su obra, decidimos hacer de nuestra creación un experimento del que somos objeto de estudio y evaluación.

Quizá este rasgo soberbio del ser humano sea algo característico de nuestra especie, como si el reconocimiento del ego llevara, inequívocamente, a una concepción errónea del mundo –la verdad es que no creo tener el estómago para decidir si es verdad o no.

Y Babel puede ser leída de muchas formas también. Si lo vemos como un testimonio histórico, probablemente no podamos asegurar que se trate de un testimonio fiable, que, quizá, lo que podemos recuperar del mito es la experiencia de una tribu del oriente próximo, o varias de ellas incluso, en contacto con muchas otras que no pudieron vencer la barrera social de la organización jerárquica. Mientras que, si lo leemos desde un punto de vista intertextual, podríamos inferir que la variedad de lenguas que estropean la construcción de la torre, se trata de un símil entre la segregación cultural de los pueblos hebreos frente a los cananeos –mencionó estos por la cercanía geográfica y porque, en gran parte de la tradición judeocristiana, son un pueblo enemistado con Dios–, y que la destrucción de la torre no es otra cosa, sino, la destrucción del vínculo entre ambos pueblos. Ambas lecturas tienen sentido, son demostrables y debatibles. ¿Cuál lectura tomamos por correcta?

La respuesta es simple: nadie sabe. Y como toda reducción al absurdo lleva a cualquier –y también la más divertida, errática e improbable– respuesta, inferimos de un mito un discurso que nos haga tener la razón. En la literatura –no dudo que en cualquier disciplina del arte también– suele pasar mucho. Y los elementos que usamos para validar nuestra postura, delatan la intención que tenemos para interpretar un texto.

Una especie de maraña del subconsciente –el de Lacan, porque el de Jung es muy abstracto, y el de Freud es muy conductista– que encamina la interpretación de una obra a la interpretación del mundo detrás de la obra.

Volviendo a Babel; si yo quisiera usar ese mito para justificar no trabajar en equipo, podría decir de mi interpretación que, la razón por la cual Babel colapsa es la cooperación entre muchos, por lo que quiere decir que, convenientemente para mí, Babel explica cómo es que hacer una labor grupal lleva al fracaso de la tarea en cuestión.

Esto se explica cómo la apropiación de un mito, proceso que es posible, sin lugar a dudas, por la ideologización de un concepto global. Es lo que tiene la posmodernidad, por fortuna y desgracia, no hay muchas cosas propias.

Creo que este punto de inflexión es del cual parte el estudio de los mitos en la actualidad. Una especie de hermenéutica –en su disciplina clásica– de recolectar lecturas distintas, para la construcción de una interpretación general, global. Y quizá así se le puede comprender por qué la actualidad demanda tener una cultura de consumo rápido. Es probable que, con suficiente empeño, un canal en redes sociales pueda sintetizar esta interpretación global de un mito para producir contenido en torno a ello.

(Voz indistinta en off, póngale el nombre que quiera: Palinuro, Giovanni Giorgio, José Arcadio Buendía –Segundo, por supuesto–, Dios, el gato de Dios…): ¿Cómo Destripando la Historia?

Si algo he descubierto en internet, es que nada es nuevo bajo el sol. Destripando la Historia[1] es un canal de videos en Youtube que, de un tiempo a la fecha, ha musicalizado síntesis de mitos, cuentos y elementos de la cultura pop[2]. Y funciona como un ejemplo extraordinario para comprender cómo es que un mito sirve como medio de exposición entre una episteme, y la gente que crea ese espacio en la interpretación de textos. Porque, por más neutrales que pueda parecer un contenido, cualquiera, eventualmente encuentran la barrera más grande en la adaptación de contenido: el significado. Y usaré de referente su adaptación del mito de Gilgamesh –porque me gusta, claro, pero también porque creo que es un buen ejemplo de la barrera interpretativa. Así que es conveniente tener el video a la mano: Gilgamesh | Destripando la Historia. Dicho esto, asumiré que su lectura continúa después de ver el video.

Fuera de las referencias pop –y una evidente base en “YMCA” de Village People que, dicho sea de paso, baila entre lo profundamente heterosexual y el ícono queer–, los colores, la música, la historia es simple: una épica en que seguimos las proezas del rey Gilgamesh a lo largo de su vida. Pero opaca el texto original del que sale, texto que por su distancia histórica y hasta geográfica, se vuelve un espejismo difuso de una cosa casi imaginaria. Y olvidamos que lo que ahora permite ponerle sintetizadores y el sonido pegajoso de una trompeta, fue en algún momento, lejano pero real, la base de muchos otros mitos y sistemas de pensamiento que confluyen en la vida de una sociedad entera. Y la lectura general, si bien, es de gran utilidad para saber de la existencia de algo como la Épica de Gilgamesh, no permite comprender la complejidad de la historia que retoma.

En algo que dentro del video es hasta motivo de un chiste, el rechazo de Gilgamesh a la diosa Ishtar, en el texto se puede leer como un rechazo con origen en el ego del rey, un punto de evolución en la historia del rey. O, también, puede interpretarse como el rechazo del rey a su propio deseo y ambición mortal, al ser Ishtar diosa del erotismo y la fertilidad, que, en todo caso, apunta de igual forma a la evolución del rey en su labor. Pero al generalizar un mito, extendiendo su alcance, pero no su profundidad, el asunto es un chiste –muy bueno, la verdad. Creo que es importante volver a ese punto. Sí, usar estos medios globales para aprender sobre más mitos, pero profundizar en ellos, dotar de una interpretación propia a una lectura. Leer, en pocas palabras.

Epílogo en la papelera

Al terminar la columna, en su relectura, me di cuenta de que la conclusión es un abismo inmenso. En parte porque no es mi intención dejar el tema. Aún falta mucho qué apuntar sobre cómo es que nos contamos el mundo, sólo que por ahora tengo otros temas en mente. Es como un grillete auto impuesto. El asunto es que, por el momento, dejaré maridar el asunto de los mitos, al menos hasta que pueda solucionar algunas dudas personales que tengo respecto al tema –cómo responder: ¿Qué hay de diferente entre Ulises y Odiseo?

En otros apuntes, la semana en que escribo este epílogo de papel arrugado, Joaquín Sabina anunció su retiro y Neotraba cumplió 15 años. Coincidencia. No tengo idea. Pero sí creo, que es un buen detalle que así sea. Si por alguien conocí a Sabina fue por el editor de la revista, y quién, con mucho gusto, reconozco como un amigo a quien le debo mucho, entre ello: este espacio en que escribo –y a veces no por mucho tiempo– las cosas que pasan por mi escritorio.

Larga y neotrábica vida a esta bellísima revista.


[1] Ojalá pudiera decir que me pagan por hacer mención de ellos. Pero como no es así, que chinguen a su madre. Aunque me gusta su adaptación del mito de Gilgamesh.

[2] Ninguno, jamás, como “Barbi Superestar”.


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