Puebla, México, 17 de abril de 2026 (Neotraba)

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Y el servidor que alberga a este espacio (seguramente) también es propiedad del Señor Matanza: https://youtu.be/10-HCvXR2iM?list=RD10-HCvXR2iM

Hace no mucho, para evitar reconocer que no recuerdo la última vez que me senté a escribir, hablamos de la forma en que las instituciones criminales son legitimadas por el estado al magnificarlo. Pensé que aquello quedaría enterrado por el momento, y entonces fui al cine. Me alegra que la bofetada haya venido de un lugar tan significativo para mí –quizá en otro momento haga una nota sobre el cine como un espacio de significación y no como un espacio capital–, pues aquello fue como reencontrarse con alguien, muchos años después de haber peleado, para reírse de las cosas que los separaron pero no volver a ser amigos tan cercanos como antes.

Mi padre, el historiador crónico más improbable que conozco, quiso ir a ver la película sobre los juicios de Nuremberg. Mi opinión al respecto no vale ni una nota al pie[1], basta con decir que la película cumple con asignar una trama a un evento que tuvo muchas otras detrás, pero que no logra encajar con la seriedad de un documental, ni la solemnidad de un drama. Pero, incluso con la actuación medianera de Malek, creo que el mensaje de la película fue claro: la próxima vez que un mensaje de odio sea propagado, no será mediante el uso de la fuerza o los campos de concentración. Hay mucha paja por quemar, así que iremos por partes.

(U.S.)tedes los grises

Es innegable que el mensaje anti fascista de la película es un piedrazo a la actual administración. No he investigado mucho más sobre el o los directores de la película, ni sobre su postura sobre la postura actual del gobierno estadounidense respecto al fenómeno de migración –y el mundo en general[2], pero no hace falta mucho tiempo para enlazar la imagen del psiquiatra con la de alguien que reconoce que la política de su país no es precisamente un buen ejemplo a seguir. Y me parece excelente que alguien que se sabe en el atril mediático, use su alcance para transmitir una propuesta crítica de la realidad. Pero, por desgracia, creo que la película lava las manos de muchos.

En resumen, el conflicto de la película recae en el hecho de que la ley se vale de vacíos en el lenguaje para validar una acción absurda. Primero con el juez que pretende llevar a juicio internacional a los generales nazis, y luego con la defensa de los generales que se valen de su ignorancia de lo que ocurría en los campos de concentración. Y para que la película no se convierta en una parodia de Sherlock Holmes, tratan de mostrarnos el dilema moral de que al menos uno de los generales nazi juzgados en Nuremberg, Göring, interpretado magistralmente por Russel Crowe, trasciende su condición como un genocida por su convicción patriótica. Y aunque al final, de forma extraña, demuestran que Göring era y siempre fue un genocida consciente de su impacto, la mitad de la película parece más una serie de notas apologéticas de su actuar.

El error no es presentar a un general nazi como una persona que fue presa de un discurso convincente para actuar de una forma horrible, no lo es tampoco presentar a este ser humano como alguien que pareciera regirse por conceptos como el honor o el afecto familiar, el error de la película es evadir el paralelo de esa figura con una existente en Estados Unidos. Porque si bien, yo como un latinoamericano que no es especialmente afecto a ese país, puedo reconocer ese mensaje, o como alguien como las personas detrás de la película, también pueden reconocerlo, una persona que ya está metida en una retórica de odio, no se dará cuenta del mensaje porque, tal cual lo muestra la película, hay dos bandos claros: ellos, los malvados que hicieron posibles los campos de exterminio; y nosotros, los héroes que hicimos posible su ejecución. Dispuestos a hacer una crítica sobre la situación actual, creo que conviene comprometerse en el medio con el mensaje.

Californication

Esto no sería particularmente nuevo en el cine estadounidense. Es lo que tiene convertir una expresión artística en una industria tan obligada a ser redituable. El ejemplo más notorio y reciente es Una Batalla Tras Otra: otra película que también decide tener un mensaje en contra de los diversos problemas de tolerancia que tiene Estados Unidos, pero en una caricatura de las posturas que toma y usa para subvertir la realidad. Ya le tocará su turno en el matadero. Dejémoslo en que, después de ver la película, la conversación en torno a ella termina muy rápido. Esto demuestra que, si algo ha perfeccionado Estados Unidos, es la forma de explotar el capitalismo al punto de mermar los medios para criticarlo.

El arte descafeinado. El arte empaquetado. El arte de la producción en masa. El arte Pop. No sé cómo algo así, de ser un término despectivo para referirse directamente al arte que no es consciente de su impacto social, pasó a ser una etiqueta general de la industria actual del cine. En gran parte se debe a que el interés económico va muy de la mano con el interés político, y la mejor forma de evitar ser llamado un régimen autoritario, es permitir una oposición a modo. Para que el conflicto mediático no pase más allá de una conversación de café. Y no importa cuán bien escrita, dirigida o diseñada sea una película, no dejará de ser un engranaje más en la legitimidad de la represión. Algo que, aunque sea difícil reconocer, no cambiará en el cine estadounidense porque así está diseñado desde un principio: imita la propaganda política para lograr un impacto social. La pregunta obvia que surge de esto es: ¿será acaso momento de ver otras industrias en el cine? Al menos, hasta que el cine hollywoodense rompa su pacto de agresión tersa con el mundo real.

The american idiot

La razón por la cual el cine gringo no puede –ni ha podido– ser uno que se tome en serio su tarea subversiva, la encarna un tipo de unos 110 kilogramos: Donald Trump. En realidad, la naranja mediática, es sólo el síntoma de una enfermedad que nunca se ha ido de Estados Unidos. Pero sirve bien para integrar lo dicho en esta columna: el capital y la política hacen del arte uno menos agresivo. Esto no quiere decir que el cine necesite dejar de ser una industria, por desgracia nos es más sencillo imaginar el fin del mundo que del capitalismo; ni que el cine debe despegarse de su cualidad política como un medio de dispersión masiva; quiere decir que cuando una persona que por sí misma no tiene consciencia del mundo se sienta en el poder, el resultado es que tendrá el toque de Midas. Convertirá todo en oro para su portador, haciendo inútil todo lo que constituya un placer para él.

Donald Trump representa todo lo que está desproporcionado en la autopercepción de su país. Como que las películas que pretenden generar un mensaje contrario al status quo, terminen por resaltar el papel mesiánico que creen tener las personas que lo siguen. Y mientras la industria cultural de Estados Unidos no tome en serio su papel de cuestionar su realidad, la gente que por sí misma no es cercana al arte, nunca llegará a situarse en una postura sobre su propia existencia.

Entre otros problemas, no es una situación de vanidad cultural, sino la extinción de una válvula de escape para la población general porque, si todo lo que puedo consumir, incluso en la contraposición de un mensaje, es la confirmación de la realidad tal y como la conozco, vale mejor la pena perderme en TikTok hasta la madrugada, disfrutar menos mis espacios libres y dedicarme a ser productivo, con la esperanza de encontrar algo mejor al escalar en el esquema social[3]. Mientras el Señor Matanza, desde su comodidad facilitada por la crítica tersa, ordena bombardear una escuela.


[1] Quizá sí. En otro tiempo hubiera puesto el enlace para ir a la Revista Sputnik, pero mi inconstancia allí me habrá valido el exilio, y la verdad hace mucho no redacto una reseña. Si alguno de los editores me lee: perdonen mi ausencia, mi mente no me ha pertenecido en mucho tiempo.

[2] La cuál, si no es obvio por mi postura general en mis columnas, pienso que es, por decir lo menos, estúpida e insuficiente para atender los problemas reales detrás de algo tan complejo como lo es la migración. Por reducirlo a un mensaje que difícilmente alguien podrá leer: jódete MAGA.

[3] Esta columna fue redactada hablando sobre Estados Unidos, pero lo mismo aplica para México. Si dejamos que todo nuestro consumo cultural sea una opinión de “sí” o “no”, el único resultado posible es que miremos al mundo como miramos a la televisión: tan absortos como aburridos, implorando que llegue un comercial o pasen una polémica importante, para tener algo de qué hablar.


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