Puebla, México, 16 de abril de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 7 minutos

En su libro Todo lo que sé sobre novela negra, P. D. James nos dice que “el asesinato sigue siendo el crimen por excelencia y provoca una repugnancia, una fascinación y un miedo atávicos”. Así, es más probable que un lector se sienta menos interesado en un robo que en saber cuál de los herederos vertió arsénico en la copa de su tía millonaria. Desafortunadamente, los hechos que nos entregan este tipo de narraciones no son exclusivos de sus páginas: lo vemos en las noticias, en el boca a boca, en publicaciones de redes sociales. Y como sucede con un cuento o con una novela, dichos acontecimientos son los que más llaman la atención. Es por lo definitivo, porque la violencia de los atacantes no sólo provocó lesiones o la pérdida de un patrimonio, sino que ha escalado hasta desembocar en la muerte de su víctima.

Siendo la realidad la sustancia de la que abreva la literatura, nuestro país no permanece ajeno a tales acontecimientos, y autoras como Salud Ochoa los llevan hasta su obra en diversos títulos, por ejemplo, Autopsia de un amor, que llega a engrosar la Colección Contemporáneas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Desde sus primeras páginas, Autopsia de un amor, el cual se presentó el pasado 27 de marzo en el marco de la Feria Nacional del Libro de la BUAP (FENALI), atrae nuestro interés, mostrándonos un féretro negro que desciende a las entrañas de la tierra. Se trata de la fiscala Roxana Terrazas, quien investigaba los asesinatos de tres mujeres, acontecidos en meses anteriores. Los personajes presentes en el cementerio son el reflejo de la cotidianidad de Roxana, de una vida dedicada por completo al trabajo, donde no existen ni familiares ni una pareja. Ahí están el fiscal general y el jefe Vaqueiro; Elisa, Violeta y Mauricio, periodista, agente de policía y médico forense, respectivamente.

Durante la presentación de Autopsia de un amor en la FENALI 2026. Foto de Ricardo Castillo
Durante la presentación de Autopsia de un amor en la FENALI 2026. Foto de Ricardo Castillo

A lo largo de las siguientes páginas, nos encontramos con los crímenes en los que trabajaba Roxana: Alicia, muerta por una bala calibre .45 que explota en su cabeza; Fanny, quien a finales de abril recibe un ataque con fuego y un aroma intenso que le moja el vestido –un galón de gasolina–; Oscar Margolis, cuya cabeza descansa sobre el pecho de una mujer rubia, Alicia, en el interior de una camioneta Honda; Luisa Avilés, embarazada, a quien se le estranguló con un objeto tipo cordón.

No es la primera vez que Salud aborda una temática relacionada con lo que acontece en su estado natal, Chihuahua; en su opinión, es necesario visibilizarlo, y ya en El halcón blanco, novela editada por Nitro Press a finales de 2023, lo había hecho, llevando al papel una trama donde una agente especializada en delitos contra la mujer investiga la desaparición de niñas y adolescentes que tienen en común ser hijas de empleadas de la maquila.

En principio y a diferencia de lo anterior, los delitos que conforman la trama de Autopsia de un amor parecen no guardar conexión. Según palabras de la autora, el libro está conformado por una serie de cuentos; sin embargo, su pluma pronto va urdiendo un tejido en el que los acontecimientos se conectan a través de parentescos e infidelidades, de relaciones comerciales y de empleado–empleador, todo en un territorio si bien lejos del centro del país, próximo a través de un solo click. Salud nombra lugares como el Paseo Simón Bolívar, la calle y la iglesia de San Charbel, o la ciudad de Ojinaga, situada a orillas del Río Bravo según la información que puede obtenerse en internet.

Judith Castañeda. Foto de Ricardo Castillo
Judith Castañeda. Foto de Ricardo Castillo

Así, los lectores nos encontramos con un libro que es posible leer como una novela, con una cantina donde se escucha la canción de “un tal Pancho Barraza” –intérprete del género regional mexicano–, con la obsesión de Gloria, uno de los personajes, por la música de Alice Cooper, con “la infortunada voz de un cantante de corridos tumbados” que amenaza con quitar una vida si no le es concedido el amor que pide, con las ideas de Juventino Ceballos, quien piensa matar a Fanny, pues si no es suya no será de nadie, “como buen macho que era”, nos dice la voz en tercera persona que narra la mayor parte del libro, excepto por Patear la vida, donde un testigo que vive en situación de calle describe a Elisa, la periodista, como una Catrina, con el rostro pálido, un sombrero de ala ancha y los labios pintados de negro, además de constituir otro de los hilos del entramado de relaciones que es la obra.

Autopsia de un amor, asimismo, se construye con un lenguaje donde lo coloquial y frases llenas de poesía conviven con términos propios de las investigaciones periodísticas y las que tienen como base la medicina, ámbitos conocidos para Salud, cuya primera profesión es la enfermería, además de contar con una maestría en periodismo. Así, su narrativa nos entrega un otoño retenido en el tronco de un sicomoro, un rostro semejante a una granada madura, expuesta, o unas manos que toman a una mujer por la espalda para arrastrarla hacia el pasado, imágenes inmersas en frases como “La cosa es que la pinche chota no aguantó el olor que despedía el difunto” o exclamaciones como “¿El reporte que tienes? Pero fuiste tú el que hizo la necropsia, el que vio el cuerpo, el que examinó los órganos. ¿Por qué hablas ahora de “el reporte que tienes”? ¡Qué rayos está pasando!”, que Violeta le dirige a Mauricio en el fragmento que le da nombre al libro.

Salud Ochoa. Foto de Ricardo Castillo
Salud Ochoa. Foto de Ricardo Castillo

En este punto, llama la atención que la obra pueda contenerse, entera, en una de sus partes. ¿Por qué? Ahí, Mauricio Bernardo practica la autopsia a una mujer de 31 años, con 38 semanas de embarazo. Ante ese cuerpo sin vida, el médico experimenta lo que no había sentido con otros: debilidad, temblor de manos, sudoración. La pérdida del sentido. La diferencia: “Ahora diseccionaba el cuerpo de Luisa y con él su propia historia”. Ahora la violencia no es ajena, ya no atañe al individuo sólo por ser parte de una sociedad. Un feminicidio no consiste más en un maestro que satisface la obsesión que tiene por una alumna, o en un hombre celoso, a quien se le ha interpuesto una demanda por acoso, que termina asesinando a su expareja sin importarle esa orden judicial, después de todo extraños, aunque la pluma de Salud nombre a cada víctima, a cada agresor, separándolos de la bruma del anonimato; aunque Lourdes, El Chubby, Silvana y Josué dejen de ser una frase, como Las muertas de Juárez, y adquieran un cuerpo. Ahora la saña que rodea los crímenes contra las mujeres se ha vuelto personal, y nos afecta, como, se aventura, ocurrió con la fiscala y ciertas personas molestas por los casos que indagaba, según hipótesis de Mauricio.

Este fragmento, asimismo, pone frente a nuestros ojos un aspecto más de la violencia que tiene a una mujer como víctima: el deficiente actuar de muchas autoridades. Dicha arista se encuentra representada, principalmente, por el jefe Vaqueiro, quien exige a Violeta un desempeño sin sentimentalismos, “mucho menos tonterías feministas. Sabes que detesto esas cosas”, le dice, interrumpiendo el reporte del asesinato de una joven que había ido a una fiesta organizada a través de redes sociales.

El mismo Vaqueiro termina la investigación del asesinato de Luisa porque el gobernador declaró ante la prensa que la doctora había muerto por un golpe en la cabeza, esto sin importar los esfuerzos de su agente por descubrir la verdad. “Hablaré personalmente con Roxana para que se dé una conclusión y cerrar el asunto”, escribe Salud, reflejando, además, una corrupción apenas velada; algo que, por desgracia, tampoco es exclusivo de la ficción.


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