Querer y no encontrar
Una reseña del poemario Cánticos de San Juan de la Cruz: Sus cantos ofrecen imágenes de exaltación desde lugares poco habituales para la poesía mística; la negación, la oscuridad y lo pastoril. Por Juan Jesús Jiménez

Una reseña del poemario Cánticos de San Juan de la Cruz: Sus cantos ofrecen imágenes de exaltación desde lugares poco habituales para la poesía mística; la negación, la oscuridad y lo pastoril. Por Juan Jesús Jiménez

Por Juan Jesús Jiménez
Puebla, México, 10 de octubre de 2025 (Neotraba)
El nombre de Juan de Yepes y Álvarez ha sido devorado desde hace mucho por la huella legendaria que sobre él reposa. En el estudio posterior que su lectura exige, Cánticos demuestra en un par de líneas, la solidez y complejidad estética que muchos autores sólo sueñan y en el mejor de los casos, se vuelve su meta en el largo plazo. Juan de la Cruz por su nombre monástico, nombrado santo desde 1726 por Benedicto XIII, y reconocido como doctor de la iglesia católica desde 1926 por Pío XI, es el Atlas en que descansa la poesía mística hispana. El referente inmediato de poetas religiosos. Y uno de los mejores poetas que ha otorgado la hispanidad, en mi opinión.
La antología que contempla esta reseña corresponde a Cánticos, en su primera edición de 2024 a cargo de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, en su colección “Epifanías”. Portada en negro con blanco, como la fotografía desenfocada de algo parecido a una luz o fulgor, detalles en un rojo vivo que encuadra en título y formato la obra de Juan de Yepes. Casi al final de esta serie de reseñas, puedo decir que es una de las ediciones que más me gustan.
En una muy resumida nota biográfica; se sitúa su nacimiento en 1542 en la provincia de Ávila en España. Hijo de tejedores y sin educación formal hasta el año de 1559, cuando un doctor encargado de vigilar el voluntariado de Juan lo recomienda en el colegio Jesuita de Medina del Campo. Ahí aprendió sobre teología y poesía romance; quizá entre sus referentes más cercanos se encuentran Virgilio, Horacio, Tito Livio, Séneca, Cicerón. En 1563 entraría al Convento de Santa Ana, de la Orden de los Carmelitas, donde fue conocido como Juan de Santo Matía. Biógrafos y cronistas coinciden en que después de ser aceptado en la orden, Juan de Yepes escribió una carta a su madre con parte de su obra poética hasta el momento, pero que hasta ahora se considera como una leyenda debido a que nadie ha podido rastrear esa carta.
Sin embargo, la Orden de los Carmelitas consideraron que su educación no era suficiente como para ser ordenado sacerdote, siendo enviado en 1564 a la Universidad de Salamanca hasta el otoño de 1567. Se especula que aquí entró en contacto con la filosofía escolástica y diversos enfoques de la mística como una materia formal. Y que aquí comienza a reunir los elementos estéticos de su poesía.
El mismo otoño en que es ordenado como sacerdote y vuelve a Medina del Campo para oficiar su primera misa, Pedro de Orozco, amigo suyo desde la infancia, lo presenta ante Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, conocida simplemente en el folklore católico como Santa Teresa de Jesús. Monja de la Orden de los Carmelitas que estaba en Medina del Campo para fundar su segundo convento en una reforma de la orden, misma que hoy en día se le conoce como Orden de los Carmelitas Descalzos. La razón del cisma; el papa Eugenio IV promulgó en 1432 una serie de modificaciones al código y reglas de muchas órdenes religiosas, entre ellas la de Carmelitas, para hacer de la vida religiosa una más accesible y llevadera, motivo por el cuál en 1562, Teresa Sánchez de Cepeda propone una orden de Carmelitas mucho más fiel a su concepción original de 1209. Y en su deseo de extender esta misma reforma en la orden a su homóloga masculina, su principal colaborador Antonio de Jesús, le recomienda hablar con Juan de Yepes.
En el año de 1568, Juan de Yepes regresó a Salamanca dejando sus estudios de Bachiller inconclusos, pues recibió una carta de Teresa Sánchez de Cepeda para reunirse en Medina del Campo. La razón era la apertura de un nuevo convento femenino y la instrucción de Juan de Yepes en la Orden de Carmelitas Descalzos, donde cambiaría su nombre de Juan de Santo Matía a Juan de la Cruz. Bajo ese nombre se convertiría en subprior y maestro de novicios en Medina del Campo y en el colegio de la Universidad de Alcalá de Henares en 1570, y de la que eventualmente se convertiría en rector en 1571.
Es en 1575 que el Capítulo General de la Orden del Monte Carmelo, al ver el amplio y rápido crecimiento de la orden reformada de Teresa Sánchez de Cepeda, decide suprimir todas las fundaciones sin autorización del Capítulo General en toda Andalucía. Apresando o recluyendo a la mayoría de administrativos y colaboradores de la orden reformada. En al menos dos ocasiones entre 1575 y 1578, al negarse a dejar su cargo o rechazar su orden reformada, recluido cerca de un año en varios conventos al cargo de la Orden de Carmelitas Calzados, donde se le ofreció su expiación a cambio de renegar de su orden Descalza y al negarse, fue encontrado culpable de desobediencia y libertinaje.
Durante su cautiverio entre los muchos castigos a los que fue expuesto por la orden Calzada se cuentan: la privación del alimento, flagelación, humillación pública. Sin mencionar que la celda destinada para su castigo era una habitación oscura, sin ventilación en la que, además, Juan de Yepes era encerrado por largos periodos de tiempo sin ninguna posibilidad de aseo propio o de su celda. Y aun así se dice que, en estas condiciones inmundas, Juan de Yepes entraba en profundos períodos de éxtasis religioso mientras oraba y que pese a reportarse enfermo, nunca desistió de sus rutinas de oración. Tanto así que, durante su encarcelamiento, un guardia se apiada de él al escucharlo orar y le ofrece una túnica nueva junto a papel y una pluma.
Y si bien en agosto de 1578 lograría escapar con ayuda de una orden franciscana de monjas, es en este punto crítico de la vida de Juan de Yepes que se escribe gran parte de la obra recopilada en la antología. Música miserable en su origen. Poesía escrita en una celda –¿y qué poética no es construida así?– en la sublimación de lo inmaterial. Música.
Juan de Yepes y Álvarez
La obra recopilada en esta antología comprende; “Romances sobre el Evangelio”, “Canciones entre el Alma y el Esposo”, “Cánticos”, “Coplas”, y “Monte de Perfección”. Y si observamos con atención, todas las estructuras empleadas son musicales. Esto se debe por completo al contexto en que es enmarcada la obra de Juan de Yepes, en plena explosión de los Siglos de Oro con exploraciones culturales y estilísticas de la ronda, los sonetos y la lírica latina.
Juan de Yepes y Álvarez, aunque sin nombramiento como Bachiller, contaba para 1578 con un amplio conocimiento de todas las formas poéticas consideradas cultas, estudio teológico y filosófico necesario para producir el contenido de su obra. Que, si bien hasta podría considerarse mucho más cobijada por la escolástica que con la poética de los Siglos de Oro, conjunta el canon religioso en interpretaciones personales y globales de lo que, para Juan de Yepes, conjura la magnificencia divina. “Romances sobre el evangelio” expone muy bien este sentido personal e interpretativo.
En nueve poemas, Juan de Yepes hace un recorrido por el milagro de la encarnación de Dios. Y sólo en nueve poemas resume la obra de otros doctores de la iglesia. Cómo explicar, a consideración del autor, cómo es que funciona uno de los misterios y dogmas de la religión católica; el Dios único y trino. O como la concepción de la creación como la manifestación de Dios en sí mismo. La diferenciación del alma, la comprensión de la imposibilidad de entendimiento de Dios o de su voluntad y, por último; ¿por qué el milagro de encarnación es el más grande de todos?
Consideremos que hay doctores de la iglesia católica que dedican toda su vida a sólo uno de estos cuestionamientos. Y Juan de Yepes los resuelve desde la experiencia y la observación. Cómo hacer que la creación sea esposa de una parte de Dios.
Además, sea por efecto del contexto en que escribe el autor, o por un acto intencional e inteligible de él, enmarcar la reflexión en un romance me parece algo extraordinario. Pues era una estructura considerada en ese entonces como algo popular pues recolectaba experiencias banales, poco provechosas o evidentes del pecado. Y Juan de Yepes la usa para explicar a Dios. En otras palabras, la banalidad exhorta al espíritu a su éxtasis, a su comunión con Dios.
Hay algo que tiene el autor con la imagen del matrimonio. Lo vimos en “Romances sobre el Evangelio”, pero el mismo tema se repite en “Canciones entre el Alma y el Esposo”, admitiendo dos lecturas; la primera de ellas es que seguimos la analogía propuesta en “Romances sobre el Evangelio”, o sea que la creación es la esposa del Dios trino y el alma una extensión de la misma; la segunda que tanto la figura del Esposo como de la Esposa, son manifestaciones del ser que experimenta a Dios.
En la primera lectura, el poema es uno romántico. Una profesión de fidelidad, caótica pero sincera. En la segunda, el poema es uno semierótico. Una proyección desesperada por la necesidad de experimentar al amante, uno que es lejano en distancia y presente en memoria.
Puede que esta visión se deba a su instrucción como sacerdote. Pues el matrimonio es concebido como gracia en nombre y favor de Dios, en las concepciones más conservadoras del matrimonio dentro del catolicismo. Creo, sin embargo, que recuperar la imagen del matrimonio en la obra de Juan de Santo Matía, tiene qué ver más con la conexión que tiene el concepto del matrimonio por sí mismo; dos seres que se unen por plena decisión y convencimiento sin más razón que su deseo por estar juntos –claro, en concepto. Y de esa forma, el matrimonio del alma con su Esposo, Dios, adquiere las mismas virtudes y condiciones.
“Cánticos” revela además parte de su posicionamiento respecto a la experimentación de la fe. Casi siempre siendo esta tortuosa o recriminatoria. Sus cantos, muy cercanos en forma a sonetos, ofrecen imágenes de exaltación desde lugares poco habituales para la poesía mística; la negación, la oscuridad y lo pastoril. Nuevamente, la selección de enfoques de los que parte la reflexión religiosa me parece fascinantes.
La noche innegablemente se ha usado a lo largo del tiempo como una referencia de lo oculto y lo prohibido, Juan de Santo Matía lo usa en cambio, como espacio en el que ocurre la pasión y éxtasis del alma, sí desde una perspectiva oculta y ominosa, pero purgada de su mirada maligna. La oscuridad es otro concepto relacionado a la ausencia de Dios, y en “Cánticos” esa oscuridad es usada como medio de adoración a Dios, un llamado para ser la antorcha que acabe con la oscuridad. Y lo pastoril en su concepción medieval –mucho más cercana a Juan de Santo Matía que la naciente modernidad–, era algo sucio y sin valor por sí mismo, pero aquí hay un poema entero dedicado a la figura del pastor, como en un rechazo de la tradición desde la tradición.
Su trabajo en “Coplas” y “Monte de Perfección”, los sitúo juntos por su proximidad temática. Y porque pienso que estos dos fragmentos de su obra son el ápice. Ambas hablan de una cualidad inefable y contradictoria en el deseo por explicar la experiencia de Dios. Ambas parten de paradojas para ejemplificar la distancia entre el deseo y el espíritu. Y ambas hacen gala de su convicción de fe.
“Monte de Perfección” es un caligrama que ilustra la comprensión de Juan de la Cruz, a la orden que pertenece y a su origen en el Monte Carmelo. Su estructura escala junto al lector. La base, sólida y repleta de detalles, explica al hombre frente a Dios. De los tres pilares que forman, encontramos la renuncia del deseo por comprender o explicar la experiencia de comunión. En el marco de este proceso están las virtudes del espíritu santo, como si fueran necesarias para llegar a la cúspide, que claro, adquiere la forma de una hostia en la indicación que da inicio a la orden, y guardando en su interior la promesa del profeso a la orden.
Realmente no es extraño presenciar este tipo de estructuras en la poética contemporánea a Juan de la Cruz, sin embargo, la forma que adopta éste es poco usual; siendo que la mayoría hacen una referencia directa a un elemento sacro, aquí es un monte. De adoración, pero terrenal al fin de cuentas. Y es en los detalles presentes que se completa la imagen interpretativa de elementos religiosos.
“Coplas” recoge los poemas de Juan de la Cruz en una experimentación casi tortuosa del éxtasis, pero que sigue en todo momento la concepción de toda su obra; la comunión exige su contemplación desde lo banal. El dios de Juan de la Cruz desea ser encontrado ocultándose.
