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Mérida, Yucatán, 27 de agosto de 2025 (Neotraba)

La autora teje en Familias perfectas una constelación de relatos donde lo siniestro se filtra en los intersticios de la vida cotidiana, revelando las fisuras del sujeto moderno atrapado entre el mandato social y su propia pulsión.

La obra dialoga con la tradición literaria del gótico doméstico, desde Shirley Jackson hasta Mariana Enríquez, donde el hogar se convierte en escenario de lo ominoso, pero también con la teoría psicoanalítica de Jacques Lacan, especialmente en su exploración del deseo como falta y la función del Padre simbólico. La violencia aquí no es espectacular, sino íntima, casi burocrática: una madre que médica a su hija para manipular al marido en “A los doce años”, un niño que internaliza la ausencia paterna en “Solsticio. 24 pies de eslora”, una sociedad que ritualiza la crueldad en “Excursión escolar”.

El relato que abre el libro, “Solsticio. 24 pies de eslora”, opera como una metáfora lacaniana perfecta: Tony, de once años, hereda un barco que lleva el nombre de un ciclo natural “Solsticio”, herencia marcada por la pérdida. El padre muerto es un significante vacío, y el tío Manolo, aunque presente, no logra ocupar su lugar. Cuando Tony dice “Quiero ser como tú” y Manolo responde “¿Quieres ser médico? –No, pescador” (p. 7), se expone el fracaso de la identificación. Tony no quiere ser médico (el deseo del Otro), pero tampoco puede ser pescador (su propio deseo), porque ambos roles están contaminados por la sombra del padre. La escena culmina con la tormenta –lo Real lacaniano irrumpiendo– donde el mar embravecido simboliza aquello que no puede ser simbolizado: la angustia ante la falta.

En “Sobrevivencia”, Castro construye un mundo postapocalíptico donde los parques, antes espacios de juego, son ahora territorios salvajes invadidos por panteras y monos. La escena clave ocurre cuando Isela, la protagonista, mata a la pantera que ataca a su madre: “La bala la atravesó en el aire. Su cuerpo negro lustroso se desplomó sobre la tierra al caer” (p. 27). Aquí, la pantera funciona como objeto ‘a’, aquello que atrae y amenaza al mismo tiempo. Su perfume “agradable, atrayente, letárgico”, es el goce que no puede ser domesticado, lo que Lacan llamaría jouissance. La ciudad, con sus reglas colapsadas, representa el ‘gran Otro’ en ruinas, y la familia de Isela intenta sobrevivir no solo a las bestias, sino al horror de un orden simbólico desvanecido.

“Excursión escolar” es quizá el relato más perturbador, donde Castro lleva al extremo la idea de la ley como violencia estructurante. Los niños asisten a una ejecución pública como parte de un “acto cívico”, y el momento en que arrojan piedras al condenado: “El cuerpo del hombre sangraba y se dislocó. Las piedras, una tras otra, atizaban su cabeza” (p. 78) –evoca el concepto de Freud sobre el origen de la civilización en el crimen colectivo (Tótem y tabú). El Dron Verdugo, supuesta encarnación de la justicia, fracasa en su función (“giraba enloquecido sobre su órbita”), dejando al descubierto que la ley no es más que una ficción sostenida por el goce de la multitud.

En “Tenemos un trato”, Castro aborda el tema de la maternidad como fantasía edípica. Teresa, la narradora, ayuda a su amiga Lucy a “adoptar” un bebé en condiciones dudosas, y la escena en que la madre biológica llora mientras Esperanza le entrega el dinero sacó de su brasier una bolsita de plástico con billetes (p. 86) recuerda a los intercambios perversos de Dorothy Allison en Bastard Out of Carolina. El relato cuestiona la idea lacaniana del Nombre-del-Padre: el niño robado, Francisco, crecerá en una familia que no es la suya, pero ¿acaso hay alguna familia que no esté fundada en una ficción? 

El libro no es perfecto. En “Como tú y yo”, la metáfora del cuadro “un viejo flaco y un niño con cara de tonto” (p. 94) –resulta demasiado explícita, como si Castro desconfiara de la capacidad del lector para descifrar lo simbólico. Y en “Un cuento inglés”, el tono se pierde en una nostalgia que no termina de cuajar. Pero estos deslices son menores frente a la potencia de los mejores relatos, donde Castro demuestra un oído finísimo para el horror cotidiano.

Familias perfectas es un libro que podría dialogar con El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite (por su exploración de la memoria y el trauma), con Los peligros de fumar en la cama de Mariana Enríquez (por su mezcla de realismo y terror), y hasta con Las teorías salvajes de Pola Oloixarac (por su uso de la teoría como narrativa). Pero su verdadera fuerza está en cómo logra, sin estridencias, mostrar que la familia no es un refugio, sino el primer campo de batalla donde se libra la guerra del deseo.


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