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Por Camila R. H.

Puebla, México, 16 de octubre de 2021 [02:30 GMT–5] (Neotraba)

A veces me gusta ir por la vida fingiendo saber lo que hago, funciona al menos una tercera parte del tiempo. El resto me queda para reflexionar en mis vacíos y proceder a ahogarme en mi inconsciencia. Pero, si no lo tomamos en cuenta, qué más da. 

Y cuando interpreto el papel de persona con todos los asuntos arreglados me da por ser valiente, lo cual tiende a concluir en un muy cobarde “al final me eché para atrás”. Porque soy inherentemente yo, sostengo mis cualidades como la carga más pesada en la espalda y mis debilidades se atan a mis tobillos.

Igualmente, una en un millón, la ocasión se presenta. O eso me gusta decir para no quedar mal y admitir las dificultades detrás de tomar una decisión que apunta a desestabilizar mi perfectamente organizada rutina. Pero, de nuevo, ¿quién está contando? Yo no –las matemáticas no son mi fuerte–, y si puedo ignorarme tan siquiera tres segundos, con mis miedos en mute, mis razonamientos bajo la almohada y la boca seca, entonces casi soy persona. 

El resto del tiempo soy el equivalente a una planta falsa. 

El punto –si hay uno– es que, en mis ausencias lógicas o en mis oportunidades vivenciales, me di a la tarea cruel, injustificada e increíblemente dolorosa de socializar. A veces también me gusta ser el antagonista de mi propia vida. Probablemente suena peor de lo que es. Bueno, para quienes no son yo, es prácticamente un lunes.

También me gusta hacerlo sonar como un hito, qué mentira. Si se trata simplemente de la siguiente sucesión de eventos (des)afortunados.

Durante las últimas dos semanas de julio dije: “deberíamos hacer amigos” y mi –única– amiga respondió: “sí, es verdad”. Porque ahora nos damos el lujo de compartir compañeros de clase, advertencia: serios problemas de codependencia. Mentira, sólo bromeo.

Procedimos a ignorar nuestras propias palabras con excusas vagas como: no hay nadie que nos pueda caer bien. Alguien le dio la razón a alguien, por el mero afán de procrastinar. Pero un día, seguramente uno bueno, alguien le dijo a alguien: ya deberíamos hacer amigos. Y sonó como ultimátum. Entonces decidimos escucharnos.

Pronto y sorprendentemente, nos descubrimos como personas bastante apáticas. Me permito echarle la culpa a la mala costumbre de declararnos todas nuestras opiniones honestas la una a la otra. O, seguramente mucho más, a ser terribles con las interacciones sociales. Un constante: ponle una carita feliz para no sonar mal. Y las caritas felices ni siquiera suenan.

Después de una gran aventura, no de las buenas aventuras, más bien de esas que apuntan directas al precipicio, logré (casi logramos, hubo algunos obstáculos) entablar conversaciones (en plural) con alguien a quien –redobles de tambor– no detesto. Y espero que ella no me deteste a mí después de este texto.

Tomándolo en serio, a menudo olvido cuán complicado es socializar. La gran palabra, la montaña, el reto y la necesidad impuesta. Requiere más energía de la que tengo disponible, me carcome la voluntad cuando se queda por mucho tiempo. Al marcharse siempre deja la sensación de haber quemado todo a su paso. Es insoportable e incomprensible.

Un enigma para el cual me armé de herramientas. Ases escondidos en el bolsillo como vales de despensa, son mentiras discretas o verdades omitidas. No hacen daño, pero me cubren la espalda cuando ya no me quedan palabras para decir.

Son, en su mayoría, un repertorio completo de stickers que no dicen nada, pero con eso dicen suficiente. Me albergo en sus ambigüedades, escondiendo mi inhabilidad para el proceso de conocer a alguien y disimulando la escasez de significado en mis: ya sé.

Conocer a alguien es, en conclusión, un dolor de cabeza. Pero, ocasionalmente, muy de vez en cuando, acaba valiendo la pena. Y hasta resulta gratificante, sobre todo cuando trae como parte del trato leer Wicked. O cuando desenmascara mi fanatismo por las caritas felices después de un mensaje cortante.


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