¿Te gustó? ¡Comparte!

Por Juan Carlos Recinos

Los poemas aquí presentados pertenecen al libro Nagara (2018)

14 de octubre de 2021 [02:30 GMT-5] (Neotraba)

En esta casa todo se ha cumplido

Todo lo que se puede amar lo amé contigo,
en tu sangre arraigué, lo moriré contigo.

Enriqueta Ochoa
En las paredes de esta casa, la luz atrae sombras con la avidez de un atardecer que se inclina a la noche. El hallazgo del fuego mantiene el curso del agua desde el principio. El silencio inaugura otro recuerdo para todos, cumplió con el cambio de estación. No fue suficiente la mentira para anegar este fuego en la noche. En la mesa, las ausencias explican este desamparo. ¿El amor es una invención de Dios? Oigo la voz de Vyasa. Su certeza es el principio de estas ruinas, el testimonio que constituye el silencio de esta casa. Soy fiel, pero ya no dispongo de amor, no hay exaltación en este éxodo. Nunca volveré a este mausoleo frío, nada me pertenece. No hay dioses en el umbral ni espíritus que expliquen mi trayecto. ¿Exilio o fracaso la conciencia de mi tiempo donde se consume la última señal del fuego? El mundo fue perfecto, la luz clarísima. Todo fue visible. Nada fue cuestionable en ese horizonte.

De Nagara

Nana para Elliot Naguib

Duermes. En tus sueños, la luz enloquecida. Indeciso, me acerco y rozo tu frente. Todo fluye, hijo mío, nada es pleno en este momento. Poso la mirada en la claridad inconquistable de tu cuarto. Desciendo a ti con la fuerza prodigiosa de un árbol que tiembla e ignoras existe. Los días son olvido, fragmentos de vida en una región sin patria. La ciudad es un cúmulo de voces, donde el fuego moldea ídolos y profecías. Aquí, Dios está ebrio de visiones. Tu primer llanto inauguró el mundo, reino de profetas falsos. Después, recuerdo tu primer dibujo en una pequeña lámina. Ahí conocí la angustia. Un nuevo mundo tu primer paisaje. Hijo mío, nombrarte, de repente se parece al repliegue de la vista, al abandono del día bajo la lluvia. Asciende, consuma los secretos más hondos que forjó Dios al principio. El mundo tiene la blancura de la nieve. Ignora que duermes. Permanezco en silencio. Observo tu rostro. Acaricio tus manos y sonríes. En la mirada se desliza el agua. Quizá estamos ya separados por un hilo de sombra y cada uno está en su propia luz. Duerme, hijo mío, hasta entonces, la luz en ti.

De Nagara

Primeras lluvias

Mi abuela, pequeña e invencible, siempre contemplaba la tarde para anunciar en un grito la lluvia precoz. Rara vez, imposibilitada por la enfermedad, no brindaba ese grito. En la humedad de la tarde, ella se alzaba como un ave en el patio y todos se aglutinaban ante su figura de niña hermosa. Nubes grises, pájaros en vuelo, remolinos de polvo. Mi madre, a lo lejos soportaba en silencio el milagro de mi abuela. La lluvia, como quien escucha una canción inesperada, invadía los recovecos de la casa. La danza de ella –dice mi madre– era un adiós que cargaba el temporal de ese año, un recuerdo que aún habitamos desde la infancia. La primera lluvia que trajo la desolación a mi madre, llegó en abril bajo el signo de Aries. Con ella los funerales, las veladoras, los retratos viejos, el silencio, largas oraciones que no terminan pero sirven para aligerar el desconsuelo. Madre, hoy llueve y tu cabello es una sombra inmensa que se entrecruza en el espejo, con tus huellas más hondas de la mirada. Cierro los ojos en el silencio de esta casa vacía, como en la primera infancia. Danzo como mi abuela en el patio donde se ahogan todos los sueños. Mi madre danza en silencio. En cada movimiento disimula los recuerdos de aquellos días. Un grito involuntario y el milagro sucede. Afuera llueve.

De Nagara

Autorretrato

Mi sombra es un dibujo que llevo conmigo como un recuerdo del naufragio. Una plegaria esconde y vacila los días que no se nombrarán: “Dichoso el pájaro que desde el principio conoce la migración”. Nada es gratuito. Todo porvenir dura un instante. Sin embargo, de esta voluntad sumisa, nada resiste la última luz donde el ojo es un punto blanco, una coincidencia del tiempo. El fuego dará testimonio de estos días inmolados. No digan nada.

De Nagara 

Tríptico del fuego a Luis Alberto Arellano

I

(Primera advertencia)

En ti, Luis Alberto, confluye un discurso de pájaros de otros tiempos. En tus ojos navega una sombra. Un cauce de tu sangre lleva ese niño que contempla como construyes las naves para disfrutar el destino. No somos inmortales, ni ingenieros, ni políticos, no somos un accidente del universo. Somos el enigma de Dios.

II

(Hoja en blanco)

Nadie va a dibujar tu nombre, Luis Alberto. No sirve de mucho dibujar el miedo que te ató. Aquí el tiempo ha cumplido su propósito. No hay engaños. Ayer, tu corazón se extravió en la misma luz que nos va a mirar partir siempre de casa. Esta realidad hiere a los que sueñan, a los que aguardan otro día. Aquí no hay ritual para prolongar tu vida, solo una hoja en blanco donde la luz parece mutilar tu sombra. No hay frontera sin sosiego. En el tiempo nada falta. La palabra voracidad, es el reflejo de una partitura. Ahí se arremolinan presagios que ceden a la claridad de estas palabras que deletrean tu nombre. No me consta, pero mi madre afirma que alguien ha inventado nuestros destinos. El sonido del viento se avecina como una necesidad. Todo es muy común en estas ruinas donde vivimos. Todo lo que nos rodea también emigra. En esta casa, la memoria transita sin esfuerzo, tirita la forma del rostro. No hay resurrección en este combate. No hay proeza contra el fuego que florece esta mañana. Dice Juan Bañuelos que nadie nos despierte. Ayer, Luis Alberto, el día era todavía.

III

(Carta de despedida)

Luis Alberto, la vida es la forma más extraña de amar. No hay asombro ni justicia por lo que tenemos y luego lloramos. ¿Quiénes son los que se van? ¿Los que duermen el silencio de la piedra? ¿Los que ignoran nuestros nombres? Ningún signo resistirá esta música que nos lastima. No hay historia que nos acompañe a decir adiós, todo rehúye como hace tiempo, como una palabra falsa, aterradora y sin oficio. No hay solución para el juicio final en esta vaga forma del fuego, largo exilio frente a esta luz remotísima. He recibido consejos de otros equilibristas para complacer a los santos de la literatura. Pero esta multiplicidad de mi vida yo la conjuro. No es un fracaso, ni soberbia. Amar en estos tiempos es custodiar el fuego del enemigo.

A Luis Alberto Arellano 1976-2016
De Nagara 


Juan Carlos Recinos. Foto cortesía del autor.

Juan Carlos Recinos (Pichucalco, Chiapas, 1984). Poeta, ensayista, traductor y fotógrafo. Licenciado en Ciencias de la Educación por la Universidad Vizcaya de las Américas. Fue becario del FECA del Estado de Colima en poesía, 2012, y ensayo, 2018. Ha traducido a Georges Schehadé, Saint-John Perse, a Yves Bonnefoy, Fernando Pessoa y Nuno Júdice. Textos suyos han sido publicados en México y en el extranjero. Parte de su obra ha sido traducida al maya, catalán, italiano y parcialmente al portugués, francés e inglés. Recientemente fue incluido en la Enciclopedia de la Literatura en México. Escribe la columna La Espiral de Elliot y Arca. Actualmente cursa un posgrado en educación. Libros: Cantos Peregrinos (2008), Cartografía íntima (2015), Nagara (2018) y Jericó (2019). 


¿Te gustó? ¡Comparte!