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Por Carmen Ávila

Saltillo, Coahuila, 17 de febrero de 2022 [02:14 GMT-5] (Neotraba)

II*

Traducción a un escrito del Rabino Löwe, Praga siglo XIV

Praga, República Checa, julio de 2007

Rabí Moshé fue un hombre santo que enloqueció por su ansia de saberlo todo y de aprender tantos libros además de las Sagradas Escrituras. Pensó, como lo han pensado siempre tantos hombres en los momentos de dificultad, que el mundo estaba corrompido y lleno de sufrimiento, entonces quiso que todo pereciera para que hubiera un nuevo comienzo. Para esto debía decir en voz alta el nombre “del que no debe ser nombrado”, la Cábala tendría un nuevo orden, se formaría otro universo y otra historia. Rabí Moshé no terminó su empresa, pasó noches enteras recitando palabras en hebreo, yiddish, arameo… no conforme con eso, compró diccionarios en todos los idiomas vivos y en todas las lenguas muertas y leyó en voz alta las palabras de cada uno. Se le acabó la voz, se le atrofió la lengua, no comió. La muerte tocó a su puerta cuando era tan flaco que ni siquiera tuvo las fuerzas de levantarse para abrirle. La muerte tuvo que entrar por la ventana, Rabí Moshé sólo balbuceaba palabras ininteligibles.
     Aunque Rabí Moshé hubiera tenido la vida entera para decir todas las palabras que componen el nombre del Todopoderoso, faltaría una eternidad para decir todas las que aún no se han dicho, otra para las que nunca diremos, porque aún no existen y no se han inventado las cosas que llevarán sus nombres. Y una última eternidad de silencio, para las que perecieron ante la derrota del olvido.

*Del libro Postales del Exilio (2013)

15.3 Abril**

Su recuerdo es una pordiosera que me persigue, es la peste, un cubetazo de sal en la cara.
     Despacio, entrelazo una conversación con las agujas del silencio. Las paredes de la azotea se desprenden en gajos, nos incendien [piano…piano…dulce] “Qué” pregunto, él niega con la cabeza. Sus ojos sin color, una piel que absorbe mi saliva.
     Duele la zozobra en los pulmones, el frío que llega entre sus dedos.
     En esa cantina oscura bailaban hombres con maquillaje barato, pelo largo mal teñido y grasiento, silicones reventándoles el pecho, música de Madonna. Un beso reclamó mi útero, las camas que pudimos despedazar hasta dejar astillas, lana desparramada en el piso, resortes oxidados.
     Alguna vez hubo una ventana enorme donde podía caber el mundo, un restaurante, la espera, un vaso de leche ácida me descomponía los dientes y el paladar, que él tocó con la punta de su lengua. Una iglesia rosa, unas montañas como lejanos espejismos y el frío. Iba a terminar el año, pero hoy es abril, abril es el mes más cruel entre los meses: “breeding lilacs out of the dead land, mixing memory and desire”.La pureza todavía sigue calcinándome los labios.

**Del Libro La máquina de vivir (2009)


Carmen Ávila. Foto cortesía de la autora.

Carmen Ávila (Saltillo, 1981). Doctora en Política Pública. Recibió el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2010, el Premio Nacional de Cuento Rafael Ramírez Heredia en el 2013, el Premio Dolores Castro en dos disciplinas (poesía y ensayo) en el 2017, así como el de poesía en los XII Juegos Florales Ramon López Velarde 2019. Libros: Mercedes del 63 y otros cuentos (2006), La máquina de vivir (2008), Praga como un cuerpo (2009), Postales del Exilio (2013), Terrible Extrañeza (2013), El barco de los insomnes (2016), El Virus de Munch (2017), Ciudades Visibles (2017), Hipocampo/Hippocampus (2019), Gobelino Medieval-The Lady and the Unicorn (2020). Foto cortesía de la autora.


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