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Por Carlos Bortoni (@_bortoni)

Ciudad de México, 28 de julio de 2022 [00:01 GMT-5] (Neotraba)

Ahora te llamas Jonás– le dije al desconocido, que esperaba a mi izquierda en la barra del café, y moví las manos trazando un ademán que invitaba a la resignación.

Segundos antes, la barista, que recibía los pedidos –y los vasos con el nombre del cliente anotado en ellos– del cajero, terminó de preparar un café grande, frío, con cacao, naranja y jengibre y con cinco pedidos a la espera de ser despachados, apuró la lectura del nombre anotado en el vaso. ¿Jonás?– preguntó. ¿Jonás?– volvió a preguntar cuando nadie respondió. Jaime– dijo el desconocido que esperaba a mi izquierda. La barista miro el vaso con más ganas de encontrar ‘Jaime’ escrito en él, que de rectificar lo que acababa de leer. ¡Jaime!– dijo y puso el vaso frente al sujeto que la había corregido, para regresar a los cinco pedidos que tenía pendientes.

Ahora te llamas Jonás– le dije al desconocido y moví las manos trazando un ademán que invitaba a la resignación, antes de que diera media vuelta y saliera de aquel lugar. Mi intervención lo sacó de donde fuera que se encontrara. Me miró enfadado, no dijo nada, dio media vuelta y se marchó.


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