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Por Yesenia Raquel Cabrera Barrios

Tlaxcala, Tlaxcala, 12 de febrero de 2021 [00:03 GMT-5] (Neotraba)

Menos mal que no podemos oír nuestros gritos en los sueños ajenos.

Edward Gorey

Lalo y Karen parecían la pareja perfecta, pero sus conocidos sabían que no era así. En casa, en todo aquello que no exhibían al público, a nadie, la pasaban muy mal. Lalo culpaba a Karen por todo lo que había perdido en su vida, ya fuera amigos, familia o fortuna. Karen, por su parte, lo detestaba por haber hecho que cargara en su vientre a tres hijos a los que no soportaba ver. El varón, quien ya contaba diez años, era muy pálido y su rostro estaba marcado por las ojeras. Las niñas, más grandes por un año, gemelas, eran también repulsivas. Para empezar, una no había crecido de manera normal, pues una extraña enfermedad la hacía parecer de cinco años.

Una de sus amistades, una mujer larguirucha y fofa, que se enorgullecía de nunca haber tenido hijos, les recomendó a una “nana” que podía ayudarles con el problema de sus hijos, a disminuir su carga.

Lois, originaria de algún pueblo desconocido del norte, se presentó en la casa de la familia. La esposa expuso, como con todos los psicólogos a los que había ido, el martirio que sufría todos los días al estar a cargo de semejantes criaturas. Eran para ella un castigo de índole divino. Lalo se limitó a culpar a sus hijos por todo el dolor que sentía Karen. Lois escuchó a los padres abatidos, luego se puso a vagabundear por la casa.

La recorrió con interés pronunciado, deteniéndose en los detalles que encontraba interesantes, ya fuera una escultura de mármol que representaba a un general griego, o con el delicado mantel del comedor, tejido a mano. Lois aspiraba los aromas de los muebles de estilo victoriano, y la madera que aún lucía apiñada junto a la chimenea. Sintió que esa casa guardaba tantos secretos que tardaría años en descubrirlos todos. Pero tenía una misión más importante, así que dirigió sus pasos hacia las escaleras, agarrándose con delicadeza del barandal, tratando de sentir cada veta de la madera y los murmullos escondidos en cada pliegue. Al fin se encontró con un corredor oscuro, infinito desde su perspectiva. La primera habitación pertenecía a los niños. La puerta chirrió al abrirse, y Lois se encontró en una estancia lúgubre, los pocos muebles apenas podían vislumbrarse, como si toda la habitación estuviera a punto de difuminarse ante su mirada. En las paredes yacían algunos retratos. Era una pareja de ancianos, sus abuelos, pensó, aunque sus ojos habían sido ocultos por garabatos. Fue entonces cuando descubrió cuatro mesas colocadas en las esquinas del cuarto; sobre ellas, espejos que daban al centro de la habitación. Lois trató de no perderse en los reflejos, y enfocó su mirada en el techo, del que parecían colgar largas telarañas, aunque Lois sabía lo que eran: cordones umbilicales, frescos, demasiado frescos. Qué angelitos tan delicados tienen ustedes, señores míos.

Los padres no podían guardar las apariencias, el asco que sentían al entrar a la habitación de sus hijos era evidente. Mientras esperaban en el umbral, murmuraban frases como: “Éramos más felices antes de tener hijos”, “¿Por qué ha caído sobre nosotros esta maldición”, “Qué asqueroso es el hecho de concebir”, “Si pudiéramos librarnos de esta carga”, “Oh, señor, si tan solo pudiéramos librarnos de ella”.

“¿Y los niños, dónde están?”. “Todavía en la escuela. Permanecen en ella el mayor tiempo posible, así lo hemos dispuesto”, respondieron los padres. Después la llevaron a la sala, donde le explicaron lo que necesitaban.

Lois salió a la tarde gris que ya presagiaba tormenta, y desplegó su palma en el aire, prometiendo ver a los atribulados padres al día siguiente.

No necesitó tocar el timbre, pues Lalo y Karen, los padres sufrientes, espiaban por la ventana, esperando la llegada de la nana. Lois llegó con unos minutos de antelación, y cuando le abrieron la puerta se disculpó por ello. Los padres solo atinaban a sonreír, invitándola a pasar cuanto antes. Mientras ella volvía a aclimatarse a la casa, los padres siguieron con su cantaleta: “Somos tan desdichados, ya no podemos hacer lo que tanto nos gusta”, “Queremos viajar, pasear en paz por la calle sin que nadie nos moleste”, “Siempre es lo mismo, todos nos felicitan por tener unos hijos ejemplares pero desconocen la verdad, lo que es criar hijos monstruosos, educarlos así, ser padres de la maldad”, “Si lo descubrieran nos señalaría todo el mundo, la familia de la perversión, la familia torcida, dirían”. Lois, quien apenas había podido quitarse el abrigo, veía a los padres con un gesto que parecía decirles: sí, sí, entiendo, para eso estoy aquí, no se preocupen más.

La noche estaba ya muy avanzada. Lois no había visto a nadie en las calles mientras se dirigía a la casa de Lalo y Karen. Pero era necesario hacerlo en la oscuridad. El trabajo así lo exigía. Ella se guardaba de expresar sus opiniones en voz alta, pero sentía que los padres exageraban. Había familias que tenían a hijos perversos, desviados, monstruos de verdad, pero ella todavía no había visto a los niños de Lalo y Karen, y ya estaba segura de que no hallaría más que a pequeñitos normales, algo solitarios, tal vez, pero encantadores.

Lois subió las escaleras y entró silenciosamente al cuarto de los niños. Los espejos seguían en las esquinas de la habitación, pero ahora también pudo ver una gran cama en la que descansaban unas gemelas y un niño más pequeño. Lo que había pensado: eran deliciosos. Sus padres no eran más que unos quejicas que los acusaban injustamente.

Los padres aguardaban impacientes detrás de Lois, pero ella necesitaba trabajar a solas, así que los despidió amablemente, pidiéndoles que fueran a dormir. No funcionaría si estaban despiertos. No debían preocuparse, al terminar su trabajo no tendrían ya noticias de sus hijos… ni de ella.

Lalo y Karen despertaron al mismo tiempo. No se habían sentido tan bien en años. Se sentían más felices y ligeros, como si la carga que habían llevado durante años, de pronto, hubiera desaparecido. Con cierto temor, los padres se acercaron al cuarto de los niños, y abrieron la puerta. Los espejos permanecían, pero no así la cama, ni los niños. Tampoco había rastro de Lois.

La mañana era gris, como otras tantas en la ciudad, pero para Karen y Lalo era perfecta, el sol atravesaba las nubes y les caldeaba los huesos. El viento gélido les refrescaba apenas el rostro, sin dejarles las mejillas rojas ni lastimadas. Y el sonido de los automóviles, que siempre tocaban la bocina, que siempre chirriaban como máquinas traqueteantes, ahora no era para ellos sino el canto de las cigarras.

Llegaron a un parque donde los niños solían jugar por las tardes, pero a esas horas no había nadie, ni siquiera niñeras empujando tristes carriolas. La pareja, más feliz de lo que nunca había estado en su vida, se adentró en el parque y tuvo su primera sorpresa.

¡Oh, era lo que más deseaban!, en un rincón junto a un banco de arena, una de las gemelas yacía bocabajo, o eso les pareció a Lalo y a Karen, pues descubrieron que la cabeza de la niña estaba enterrada. Su cuerpo, cortado por la mitad. Los goterones de sangre eran absorbidos por la arena, haciendo un plop que a los padres les pareció delicioso. Unos metros más allá, hacia las resbaladillas, estaba tendido el cuerpo del pequeño. No tenía ojos sino flores llenando sus cuencas vacías. Sus manos aferraban unos zapatos de niña, los de su hermana mayor. A la pequeña, la deforme, la encontraron colgada de una rama, atada de los pies. No parecía una niña sino una muñeca de porcelana rota. Tenía los ojos pintados de rojo, la boca llena de sangre y en sus manos sostenía lo que parecían los restos de fetos mordisqueados. Los padres, como si de un festival de primavera se tratara, miraban con satisfacción los cuerpos de sus hijos; entonces, dieron vuelta y caminaron muy alegres hacia su hogar.

En el viento parecía ondear una voz, con un rumor ininteligible, algo parecido a “hu-um-shuman-roxt-qlem”, “hu-hum-shuman-roxt-qlem”, pero ni Lalo ni Karen hicieron caso. Tenían muchos días por delante, y los cuerpos de sus hijos tardarían días en descomponerse del todo. Podían repetir el espectáculo hasta que se hartaran.

Lois sonreía. Estaba parada justo al centro de la recámara de los niños. Eran tres, y la acompañaban en su felicidad. No tendrían por qué preocuparse más: podían sonreír todo lo que quisieran, sus padres ya no escaparían de los espejos, ellos los verían, jugueteando en medio de sus ensoñaciones, y cuando se cansaran siempre podían ir al parque y pasar el día saltando y jugando y cantando las canciones que Lois, su nana, su nueva mamá, les enseñara. Mientras tanto, ya tenían una nueva tonada que practicar: “hu-um-shuman-roxt-qlem”.


Yesenia Raquel Cabrera Barrios. Foto cortesía de Gaby Conde
Yesenia Raquel Cabrera Barrios. Foto cortesía de Gaby Conde

Yesenia Raquel Cabrera Barrios nació en Tlaxcala en octubre de 1996. Desde entonces no ha parado de amar los meses otoñales, el pan de muerto, las fiestas de Halloween y de Día de Muertos por igual. Ha participado en algunos talleres de narrativa, como los impartidos por Ricardo Chávez Castañeda (ITC, 2014-2018).

Asimismo ha sido ponente en instituciones como la UATx y la UNAM, en el marco de su Congreso de Literatura Gótica. Entre sus aficiones se encuentra la escultura y la pintura, además de la literatura. Obra suya puede apreciarse en el libro Ya no hay tokiotas (Itc, 2016). Ha sido becaria de Interfaz (2018) y del Fonca (2018-2019)

Actualmente escribe los libros Sueño Arlequino y Malleus Maleficarum.

En la creación literaria prefiere la narrativa, especialmente la del género de terror. Sus influencias abarcan desde Lovecraft, Stephen King, Arthur Machen, Lisa Morton, Adela Fernández o Guadalupe Dueñas. Ha merecido el Premio Estatal de Cuento “Beatriz Espejo” 2018 con el cuentario Los pequeños macabros.


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