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Por Ángeles Netzahualcoyotl

Contla de Juan Cuamatzi, Tlaxcala, 02 de mayo de 2021 [01:11 GMT-5] (Neotraba)

Desde hace unos días, después de regresar del trabajo, me sentía más agotado de lo normal. Se paralizaba todo mi cuerpo, me dolían las piernas y tenía fiebre, ésta se quitaba solamente cuando dormía. Por el cansancio, era imposible seguir con las labores de la escuela. En esos momentos mi vida era un caos y, por la fatiga, no tenía ganas de nada. Mi vida normal era la universidad, el trabajo, luego ir a casa para limpiar, cenar, terminar uno que otro pendiente del colegio y descansar. Pero en esos días el cansancio era insoportable, me mataba. Por ello, llegando a casa, iba casi de inmediato a mi cama, sin terminar mis tareas.

Luego de mis fatigas eternas, mi mente se convirtió en un pergamino en blanco. En varias semanas no soñé nada, hasta que un día la situación cambió. Soñé con un viejo pozo. Soñé con un bosque durante una mañana increíblemente soleada. Estaba repleto de árboles de tepozán, y junto a mí un largo camino de fresnos. Era un bosque arcano, y sentí que ahí se ocultaban o guardaban secretos, que con el tiempo y la confianza del bosque se me revelarían. El silencio se perdía cuando el viento chocaba en las ramas de los árboles. Debía ser otoño, el aire era suave y tibio, caían de los árboles gran cantidad de hojas. Miré un rato la vereda de fresnos.

Por la curiosidad de mi sueño, caminé. Las hojas eran tan abundantes que me impedían prácticamente avanzar, ya que mis pies se sumergían en ellas y quedaban temporalmente apresados. Al final de la travesía, se encontraba un viejo pozo, era tan viejo que la cuerda para sacar el agua estaba desgastada y la polea oxidada. El hermetismo del bosque se perdió, en cuanto escuché una voz que decía: “Entra, salta, no pasa nada, ya está seco, el agujero no está profundo”. Miré por todos lados para identificar la voz, me asomé por el boquete del pozo, la profundidad no daba fin. Me pareció tan familiar y atractiva esa voz, era la voz de una mujer: suave, delicada. Miré por todos lados, pero no encontré a nadie. A lo lejos vi pájaros volando entre los árboles que salían disparados como si algo los asustara. De pronto sonó la alarma, desperté a medias, observé el reloj que está encima de la mesa de noche, eran las seis de la mañana.

De regreso del trabajo, la lluvia y el viento azotaban la noche. Llegué a casa con la misma fatiga de los días anteriores, sólo tenía fuerzas para dormir. Me dirigí a mi habitación. No pasó tanto tiempo para que mis párpados se cerraran. Volví a soñar con el bosque, pero esta vez no tenía que caminar hasta el pozo, estaba junto a él. El sueño era igual, los mismos árboles y la misma espesura del viento, excepto que, cerca de mí se encontraba una mujer hermosa.

Su piel se contrastaba con el brillo del sol, sus cabellos negros llegaban a la cintura, su cuerpo era como reloj de arena, era tan perfecta. Sin embargo, en sus ojos cafés se manifestaban tristeza. Me observó por unos segundos y me dijo: “ven, acércate, no tengas miedo, no seas tímido”. No había conocido a una mujer tan vigorosa y atractiva. Me acerqué a ella, puso su cintura junto a mi cuerpo, luego me besó la boca. Tomó mis manos para dirigirlos a sus grandes pechos. Su cuerpo era un hilo conductor, pues en un parpadeo nos encontrábamos en mi habitación. Aquella mujer me quitó la ropa con tanto pudor. Su vagina y pechos acariciaron todo mi cuerpo y el roce de su piel era perfume para mi talle.

Mientras nos penetrábamos, me pregunté por un momento si era un sueño o era realidad pero, para ser sincero, no me interesó que fuera fantasía, necesitaba tanto las caricias de una mujer. Al despertar mis sábanas estaban mojadas de semen, eso no era extraño. Un sueño húmedo, pensé. Lo que no me explicaba por qué mi almohada y habitación olían a lirios.

Al día siguiente no fui a la universidad, tampoco al trabajo, me sentía cada vez más agotado, debía descansar. La fiebre había aumentado y llamé al doctor. El médico le dijo a mi madre que yo necesitaba reposo para recuperar fuerzas, después de la vida tan estresante que llevaba. Durante el día no hice más que pensar en aquella joven, e ir a la cocina para tomar un poco de agua. Al salir de la cocina, me encontré con mi madre quien me preguntó si estaba mejor, ya que, según dijo, mi cuerpo tenía la apariencia de un hombre viejo. Le contesté que el descanso me hacía bien.

De nuevo me dirigí a la cama, el imán del sueño consumió mis ojos y todo mi cuerpo. En esos minutos volví a estar en el bosque, me pareció espléndido. Permanecían los mismos tepozanes y fresnos, lo curioso es que el viento tenía un aroma a lirios. En esos instantes, estaba ella, algo alejada del pozo, pensé que tal vez al llegar junto a la joven, de nuevo volveríamos a tener sexo como el día anterior, así que caminé para encontrarla. Estaba ahí, de espaldas. Junto a la mujer permanecía un gato, sentado sobre la cubierta del pozo, no tenía un ojo, se notaba que lo habían lastimado no hacía mucho, dado que la sangre de su pelusa estaba fresca.

El felino me miró fijamente y me dijo: “Llora porque quiere entrar al pozo y tiene miedo, se le cayó un anillo desde hace tiempo, ha esperado que se consuma el agua para que lo pueda sacar. ¿Tú no quisieras ir con ella?” Le contesté al gato: “Si los dos entramos al pozo, moriremos por la profundidad, el golpe puede ser atroz”. “Querido amigo, no pasa nada, soy un gatito frágil. Alguna vez salté y no me ocurrió nada. Fui por el anillo, pero hay tantos que no sé cuál sea el de ella. Te aseguro que, al saltar, tu cansancio se acabará, tu vida tomará el mismo curso de siempre”.

No sé la causa, pero no dudé. Me acerqué a la joven, la tomé de una mano. Ambos subimos sobre la cubierta del pozo. Ella saltó primero y después yo, imaginaba que después del salto acabaríamos en mi cama, al fin y al cabo, todo era un sueño, ¿o no era así? Cuando nos deslizábamos dentro del pozo, para llegar a tierra, el viento soplaba tan fuerte que volábamos como plumas de aves sobre el aire. Llegamos a la profundidad del agujero y en ese momento ella desapareció, no podía creer lo que pasaba. La mujer desapareció en el aire, mientras que el maldito gato se fue. En el piso busqué el supuesto anillo, aunque nunca encontré nada.

—¿Cuándo estás durmiendo, alguna vez has sentido que mueres? ¡No, no lo creo, qué va! Nunca has soñado, a lo mejor nunca has dormido.

La madre de Luis no volvió hablar con él desde ayer, explicaba. Con toda seguridad, les decía a los policías, su hijo debería estar en la habitación, ya que un día antes lo había visitado el doctor porque tenía fiebre. No lo podía creer. Buscaron al joven en el trabajo, en la escuela; preguntaron a sus amigos y compañeros por su paradero. Fue una gran búsqueda, incluso salió en los medios de comunicación.

Pasaron días, no lo encontraban. Después de varias semanas la habitación del muchacho comenzaba a tener un olor a lirios. Confundidos porque nadie se encontraba adentro, la familia decidió mover y sacar todos los muebles y las pertenencias de Luis para descubrir de dónde salía el aroma. Del cuarto sacaron un librero, la mesita de noche, el armario, un sillón, pero cada que sacaban mueble por mueble, la fragancia era más fuerte.

Al quitar la cama, la alfombra apareció desgastada y con gusanos de tierra por todos lados, así que la levantaron. También quitaron el piso hasta llegar a la tierra. Olía entre carne echada a perder y tierra húmeda, el olor comenzó a ser insoportable. Había un agujero escondido entre tablas de madera. Al quitarlas, se escapaba un olor nauseabundo. Era un pozo viejo que llevaba escondido por varios años en la casa.

Pasaron una lámpara, la oscuridad se perdía, en el fondo de este había un cadáver. Ahí estaba Luis, muerto en lo más profundo.


Ángeles Netzahualcoyotl. Es originaria de Contla de Juan Cuamatzi. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura hispanoamericana en la facultad de Filosofía y Letras de la UATx. Actualmente se desempeña como docente de Educación media superior. Ángeles es narradora y poeta.


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