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Por Juan Jesús Jiménez

Puebla, México, 8 de febrero de 2021 [00:02 GMT-5] (Neotraba)

Llámeme “amargado”, “chairo en formación” o el insulto comunista que quiera: no me gusta San Valentín.

En gran parte es por la forma en que se nos vende el amor en un solo día, pero otra parte tiene que ver con el romance tóxico que vemos en cartulinas, globos, regalos y cuánta tontería se pueda meter en una caja con chocolates. Pero creo que al decirlo de esa forma se puede malentender: no me desagrada que las personas tengan formas materiales de expresar simpatía o cariño, siempre y cuando, dichas formas tengan un significado en un contexto cerrado y no uno global.

De hecho, me encantan los detalles, son cosas que pueden ser muy pequeñas y que siempre mueven algo extraño en nosotros. Y es, incluso, un principio humano buscar significados que –más o menos complejos– construyen una visión del mundo. Así como una serpiente tiene una connotación de peligro, guardar la flor favorita de una persona que estimamos tiene un significado de cercanía con alguien. Conocer a una persona, implica formar un contexto único, o como lo expresó Cortázar en Rayuela: Sacarlo de sus casillas, definirlo, de nuevo, y mejor.

Mi enojo es con los súper contextos que nosotros, como parte de una sociedad globalizada, adoptamos y consumimos. Lo conocemos como romance y creemos que es una parte inherente al enamoramiento, siendo que a la larga, fomentan el desarrollo de un pensamiento extralimitado a roles específicos que fingen como una respuesta de y no, para un cuestionamiento abierto y vibrante como lo es la definición de amar y querer.

Eso lo comenté hace un tiempo en otra columna, así que no hablaremos de eso por el momento. Hoy, que es una fecha horrible y perfecta para derramar bilis productiva, toca explorar los contenidos que favorecen relaciones violentas y disfuncionales –como en 50 sombras de Grey– o en un género relativamente nuevo: el fanfic.

Por si ha tenido la fortuna de no leer o escribir en Wattpad, le explico: un fanfic es literalmente lo que dice su nombre –traducido al español, claro– ficción de un fan, y ha sido muy popular con el surgimiento de bandas fugaces –como los extintos One Direction– o nuevas celebridades –como los iconos del K-pop.

No es secreto que uno no espera seriedad ni obras maestras del siglo cuando entra a esta página, sabiendo que gran parte de los usuarios son jóvenes no mayores a 20 años, que desconocen mucho de lo que la literatura puede hacer y peor aún, las formas que los construyen como humanos desde siempre. Recursos como el de _Rayita_ –como sustitución del nombre del lector– es algo común: hacer del lector una parte activa de forma explícita para que se enganche a los acontecimientos narrados.

Portada de Ruedas de Amor de Eyli Rodriguez
Portada de Ruedas de Amor de Eyli Rodriguez

Precisamente, en estos textos donde _Rayita_ es el personaje principal, se develan las visiones malformadas del romance, de todo ese contexto global que para una relación saludable no sirven. Acciones como la violencia pasiva/agresiva, engaños, desventuras y deconstrucciones innecesarias de cosas cotidianas, son los tópicos generales en una historia que se repite constantemente con distintos nombres y localidades. Él (quien usualmente es el artista base del fanfic) un rockstar que va a la misma escuela de la protagonista (que tiende a ser este estereotipo americano del nerd antisocial) son dos personas tan distintas, que el amor es inevitable (aunque nunca queden claras las razones por las cuales se manifiesta este sentimiento). Puede ocurrir también que sea un hombre el protagonista, el género es indistinto realmente.

Tal vez, de forma inconsciente, se plasma una parte tóxica del amor. O incluso con toda la intención del autor, estas cualidades se perciben como una virtud de la cual, de forma inexplicable, nos atraen como espectadores. Incluso las partes que implican la sumisión o las características de manipulación de uno a otro se pintan como algo romántico, erótico y hasta ideal en una relación. Cosa que, de forma realista, no ayudan en nada a los fines del feminismo ni de la humanidad en sí, solo los entorpece al normalizar algo que hace daño.

Y lo sé, pueden decir: Pero tú mismo has dicho que la literatura es ficción por sí sola, no busca ser una brújula moral, pero recordemos que esto, por más que pretenda serlo, no es literatura, son historias, fantasías con un personaje del momento o con arquetipos atractivos para la población juvenil, pero nada más.

Son estas historias las que –como la cabeza de la gorgona– sobrevuelan la tierra y desperdigan en el suelo las ideas que guían al colectivo a estos contextos globales que mencioné al principio; donde una rosa, más allá de ser un detalle vacío, no es nada más. Tomar significados ya existentes, solo hace que una vez consumidos, pierdan un valor de interacción en la pareja y que, claro, no forme ningún tipo de lazo importante del que un recuerdo pueda tener relevancia. Al terminar todo, la rosa que se regaló, las cartas y los chocolates, serán otro tipo de basura enterrada en el vertedero.

Seguir amoríos como los de _Rayita_ no tiene otro futuro más que el daño –a veces físico– a la persona que asuma estas construcciones como una verdad y un ideal. Por eso no me gustan los fanfic, porque a diferencia de la literatura, surge de un impulso por escribir y no un análisis sobre las cosas que forman el amor.

Portada de El último solsticio de Mila Gómez
Portada de El último solsticio de Mila Gómez

Hay tantas cosas que hablar sobre amar, sobre entregarse a una persona sin condición alguna y hacerlo porque hay una confianza plena, saber de los procesos que rodean a reimaginar el mundo junto a alguien y crecer casi desde cero; gran parte de eso, se pierde, entre páginas y textos interminables donde el amor, o bien debe ser sufrimiento, o bien, producto de un capricho que se sale de las manos.

Los fanfic, a mi parecer, son solo un refuerzo negativo de las cosas que el mercado y la sociedad nos han dado como una verdad innegable y de la que no podemos escapar; pero en eso se equivocan, realmente podemos salir de esta realidad prefabricada y eso, de una forma muy extraña de emancipación, es amar.


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